jueves, 3 de diciembre de 2009

Reformar a México es destruir mitos

¿Por qué es tan difícil reformar a México?
Porque es muy difícil derribar mitos arraigados y reforzados por años de adoctrinamiento.
Este adoctrinamiento está plasmado en la instrucción oficial que durante casi un siglo hemos recibido los mexicanos.
Este adoctrinamiento, que ha troquelado los mitos en las conciencias, se ofrece cada día, desde hace décadas, en las instituciones educativas mexicanas, incluidas las instituciones privadas.
Este adoctrinamiento se refuerza cotidianamente a través de la propaganda, disfrazada de información y análisis, de la mayoría de los medios de comunicación.
Ajustarse a los mitos inoculados por el adoctrinamiento garantiza el éxito - o al menos previene contra el fracaso- en el sector público, en las instituciones y en los ambientes académicos, en el mundo editorial y de los medios de comunicación. De esta forma, hay un nuevo refuerzo para la constelación de mitos: Si te atienes a ellos puedes triunfar, si atacas los mitos tienes el fracaso asegurado. Pierdes la chamba por incómodo, eres condenado al ostracismo y el aislamiento social ("ninguneado"), no puedes ingresar al Sistema Nacional de Investigadores, no te publican, no obtienes ascensos, becas, promociones, no recibes "palmadas en la espalda" (el premio tal o cual; los homenajes, las invitaciones...), no eres funcional; tienes "problemas de actitud".
Los mitos son ilusiones (mentiras glorificadas por el deseo) y somos una sociedad de ilusos que lo que más detesta es que lleguen los insolentes o los iconoclastas o los excéntricos a destruir mitos. (Ver "país de ilusos" en esta misma bitácora).
Uno de los procesos históricos más fascinantes y menos conocidos de la historia mexicana fue la exitosa transformación de Benito Juárez y de la Reforma liberal del siglo XIX en sendos mitos. A 15 años de la muerte de Juárez, el Presidente de México, Porfirio Díaz, lo elevó a los altares, lo hizo mito, del mismo modo que su régimen, con el valioso auxilio de los positivistas mexicanos, había ya logrado hacer del liberalismo una etiqueta mítica que encajaba sin hacer ruido en el discurso del orden y el progreso, en la retórica que justificaba la poca política y la mucha administración.
El liberalismo mexicano del siglo XIX murió cuando se hizo mito retórico, del mismo modo que Benito Juárez (ser humano de carne y hueso, lleno de defectos, que representaba la facción triunfadora del liberalismo mexicano del siglo XIX), se murió definitivamente cuando, a 15 años de su muerte, Porfirio Díaz lo "inmortalizó" haciéndolo mito, estatua de piedra o de bronce, héroe inaccesible al que se recurre retóricamente lo mismo para un barrido que para un fregado (Andrés López, profundamente antiliberal, pudo proclamarse ferviente seguidor de Juárez y prácticamente nadie se llamó a sorpresa o enojo por la falsificación).
Tres ejemplos de mitos que algunos "excéntricos", que desde luego cuentan con toda mi simpatía, han tratado de derribar en días recientes:
-La UNAM es una gran universidad que merece recibir un caudal inagotable de recursos públicos. El mito lo desbarata Santos Mercado en Asuntos Capitales (leer pinchando aquí).
- El campo mexicano no debe incluirse en las reformas estructurales, no se toca. Mito que lamenta Ángel Verdugo en Excélsior hoy (puede leerse pinchando en este otro lugar).
- "México" pide a sus hijos "sacrificarse" por la voz del gobierno (Presidente, senadores, diputados, ¿encuestas?, ¿editoriales en medios de comunicación?) para ocupar puestos de "servicio público". "México" asume, entonces, el carácter de una deidad que habla de forma unívoca y a la que jamás se le puede decir que no. Mito que ataca mordazmente Clotilde Hinojosa en "Asuntos Capitales" (puede leerse aquí).

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jueves, 26 de noviembre de 2009

Dubai, ¿estalla otra burbuja?

Hoy es el día de acción de gracias (thanksgiving day) en los Estados Unidos y sus mercados financieros están cerrados. Pero está muy lejos de ser un día tranquilo para los inversionistas, para las finanzas internacionales y para la economía mundial. Hay una oleada de ventas nerviosas en los mercados electrónicos, en los mercados de Asia y en los de Europa.
Por una parte, un dólar que el miércoles cotizó inusitadamente débil frente al yen, frente al euro, frente al oro, ¡frente al peso mexicano! (ilusión óptica de la relatividad de los tipos de cambio, no hay absolutos: todo se cotiza respecto de otro valor que es igualmente relativo; por ejemplo, el FT señala en su edición de hoy que el yen alcanzó su cotización más alta frente al dólar ¡en 14 años!, pero todo depende del cristal a través del cual se miren las cosas: lo mismo podría decirse que el dólar está en su nivel más bajo de los últimos 14 años frente al yen). El problema es que, a falta de una referencia absoluta (no dependiente) el dólar sigue siendo el referente dominante, por llamarle de alguna forma, en el que cotizamos el petróleo, el oro, las materias primas, las deudas de países y corporaciones multinacionales, los bienes raíces... No podemos quedar impunes cuando la moneda de referencia cae, cae y sigue cayendo...Se multiplican las ilusiones: ganancias ilusorias, avances ilusorios, pérdidas ilusorias, ¿recuperaciones ilusorias?
Por otra parte, en Dubai se han encendido todas las alarmas. El fantasma de un incumplimiento de pagos a tenedores de bonos de Dubai World, la empresa insignia de ese emirato árabe, conmociona porque podría ser la señal de salida para el estallido de otra burbuja especulativa en los mercados internacionales, con efectos en cadena. Dubai es, en términos económicos, el más débil de los emiratos árabes y tiene relativamente poco petróleo, menos del 6 por ciento de sus ingresos provienen de los hidrocarburos, pero es uno de los destinos favoritos de las inversiones de Abu Dabi, el emirato árabe más rico, que posee el 9 por ciento de todo el petróleo del mundo y satisface más del 5 por ciento del consumo mundial de gas natural. Abu Dabi ha tratado de diversificar su petrolizada economía invirtiendo cuantiosos excedentes (fruto de la burbuja de los altos precios del petróleo) en los espectaculares y fastuosos desarrollos turísticos e inmobiliarios de Dubai, que a su vez es el punto de enlace financiero entre el mercado de Londres y el de Singapur, es decir: Una de las principales puertas financieras que unen a Europa con Asia.
El amago de la firma Nakheel, filial de Dubai World, de posponer hasta mayo de 2010 el pago de más de cuatro mil millones de dólares que se vencen en unos días, en diciembre, ha hecho que de nueva cuenta se desplome el apetito de los inversionistas por el riesgo (una forma un tanto equivoca para decir que de pronto se han acordado de que las burbujas estallan violentamente; no es que se hayan vuelto más cautos de súbito, es que de súbito han visto riesgos reales que tenían olvidados), lo que ya le pegó hoy al precio del oro, del petróleo y de otros "refugios" que hace unas horas se consideraban más o menos "seguros". Al decir del FT la huida se está dado hacia los bonos alemanes.
John Gapper, comentarista del FT, comenta en su blog (ver aquí) que el círculo de la crisis (que iría del estallido de la burbuja inmobiliaria en Florida, hace un par de años, al estallido de la burbuja del fastuoso Dubai) se cierra..., con una peligrosa diferencia: En Florida, o en Arizona o en California, hubo un gobierno que respaldó, mal que bien, a los inversionistas atrapados. En Dubai lo más probable es que no lo haya. El propio Gapper recuerda y cita textual la advertencia de Moodys a los inversionistas: "La deuda de Nakheel no es calificada por Moodys...Una reestructuración de sus obligaciones podría indicar que el gobierno (de Dubai) está dispuesto a permitir que esta compañía - relacionada con el propio gobierno- incurra en un incumplimiento de sus obligaciones" con sus acreedores o inversionistas.
Conclusiones: 1. Todo está relacionado pero armar el rompecabezas, con tantas y tan disímiles piezas, dista de ser sencillo. 2. No ha terminado la crisis financiera, crece la percepción de que estamos, como dije hace unos días, ante una crisis de largo aliento, espasmódica, con alzas y bajas, con ilusiones y desilusiones. 3. La debilidad del dólar, que no es más que reflejo de la debilidad de los fundamentos fiscales de la economía estadounidense, hace incómodo el papel del dólar como referencia dominante en la economía mundial y distorsiona las percepciones; la relatividad se vuelve norma, 4. Cuidado con los espejismos, y 5. Si alguien sigue creyendo que esta crisis mundial se resolverá aumentando estímulos fiscales y monetarios, le recomiendo volver a pensarlo.

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martes, 27 de octubre de 2009

País de ilusos

"El pueblo que no ama la verdad, es el esclavo natural de todos los malvados" : Maquiavelo.

Un mexicano te perdona que le partas la madre, pero no que le rompas sus ilusiones.

El peor pecado que se puede cometer contra un mexicano es romperle las ilusiones. Las ilusiones son algo tan preciado entre nosotros que se vuelven intocables. Habrá, sin duda, algún intelectual orgánico que le de forma y pretextos a esta fenomenología de la ilusión y que descubra - ¡oh, las revelaciones de los “expertos”!- que la ilusión forma parte de las “fibras profundas” del alma del mexicano junto con el maíz y el recurso a las bravatas como sucedáneo de la defensa heroica de la “dignidá”.
En un país de ilusos, como este, a la gente le parece del todo coherente gritar a la vez: “¡No más impuestos!” y “¡ni un peso menos de gasto público!”.
En un país de ilusos como este un doctor en economía, profesor del Colegio de México, puede presumir que aumentar el déficit público no tiene ninguna consecuencia (“no pasa nada” escribe el doctor Gerardo Esquivel en su bitácora en la red), y quedarse tan campante.
En un país de ilusos, como este, resulta perfectamente lógico que el mismo señor que vocifera para que le aumenten los recursos federales al gobierno de la capital, sea el mismo señor que condena cualquier alza de impuestos. Ese mismo señor, Marcelo Ebrard, en 2007 se rasgó las vestiduras porque habría un nuevo impuesto especial a las gasolinas cuya recaudación se destinaría “a los estados”; le mejoró el humor, sin embargo, cuando sus gestores en el Congreso lograron cambiar la redacción y se plasmó que la recaudación del nuevo gravamen se destinaría “a las entidades federativas”. No, pos’ así la cosa cambia. Así, el “gasolinazo” sigue siendo algo malo, pero como que se siente menos.
En un país de ilusos, como este, habrá quien encuentre natural que la supuesta izquierda radical – especialmente sectaria e intolerante- predique en esencia lo mismo que los grandes magnates. Incluso, se aplaudirá la “gallarda” defensa de los ciudadanos que hace un patán con fuero, obstruyendo cualquier discusión racional en la Cámara de Diputados.
El amor a las ilusiones que el mexicano manifestará a lo largo de su vida empieza a cultivarse desde la cuna. En vez de enseñarle a hablar como ser civilizado, al bebé mexicano una legión de parientes, empezando por su abnegada madre, se dedica a convencerlo que está bien decirle “evo” al “huevo”, “guaguá” al “perro”, “la meme” al “sueño” (de adulto se empeñará en decir: “dijieras”, “haiga”, “aclético”, “pecsi”, “cactas” por “captas”, “chopita” por “sopa” y exigirá que se le entienda de inmediato; quien ose corregirle su tartamudeante y pobre léxico recibirá, fulminante, la condena: “¡…che mamón!”).
Poco después, sabios programas de televisión didácticos, como el dominical de Chabelo (un señor de la tercera edad que habla como niño mimado y se viste con pantaloncitos cortos), le enseñarán que “aquí todos ganan”… aunque pierdan. En la escuela, le inocularán la ilusión de que entendimientos dispares y esfuerzos diferentes deben dar, siempre, resultados iguales (“¡es lo justo!”) porque aquí no tenemos esas odiosas costumbres extranjeras de reconocer a cada cual según sus méritos.
Para tercer año de primaria nuestro futuro iluso mexicano ya sabrá pelear con los maestros una mejor calificación alegando que hizo su “mejor esfuerzo”, igualito que los jugadores de la selección nacional. Más tarde, amparado en la ilusión de que “no hay que dejarse” atropellará a cualquiera que ose contradecirle. Y vivirá, llenito de ilusiones, pensando que es un signo de distinción escupir en la calle y convencido de que es normal ganar dinero sin trabajar o que trabajar consiste en “hacerla” lo que, a su vez, consiste en obtener una plaza inamovible que le hace acreedor a una paga periódica (paga de la cual se quejará amargamente, no importa cuál sea el monto de la misma, ni mucho menos cuán improductiva sea su presencia en el denominado “centro de trabajo”, porque siempre habrá alguien, real o imaginario, que gana más y eso “¡no es justo!”).
Por eso, porque vivimos en un país de ilusos, y porque en tal país no hay peor ofensa que romperle las ilusiones a alguien, los políticos mexicanos deben hacer malabarismo y medio - ¡pobres!- para mantener vivas las ilusiones: ¿Más déficit?, “¡No hay fijón, no pasa nada, ya lo dijo un doctor en economía, que crioque hasta premio noble es!”, ¿más gasto?, “pos’ pa’ luego es tarde, namás dínganme (sic) ónde van a poner la llave pa’ que me salpique”.
Ilusiones:
· Un día de estos vamos a volver a tener petróleo a raudales y los precios internacionales del petróleo van a estar por las nubes; este bendito país y estos lindos – e ilusos – compatriotas no merecen menos.
· Si yo fuera diputado quitaba todos los impuestos y sólo le cobraba un IVA choncho a los del billete.
· Me voy a ganar el Melate, ora sí mi reina, y vas a ver ton’s quién sigue siendo el rey.
· ¿A ver qué tiene el tal Juanito que no tenga yo?, si me lo propongo puedo llegar a ser “el preciso”, lo que pasa es que me da flojera tanta alharaca.
· Me vale, pos ni que me hubiera robado tanto como roba tanto “inche corructo” del gobierno.
· ¿Y qué?, ¿a poco manejar medio pasado es peor que bombardear Irak?
· No, si vas a ver, en el Senado les van a enseñar cómo hacerle para tener mucha más lana y no subir el IVA. Beltrones sí sabe.

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miércoles, 3 de diciembre de 2008

Bienes raíces: precios, ilusiones, migración

A pesar del estallido de la burbuja de los activos inmobiliarios en los Estados Unidos, y de la crisis global subsecuente, persisten algunas ilusiones respecto del futuro de los precios en el mercado de los bienes raíces.


Es probable que quienes tienen un auto relativamente nuevo de General Motors, de Ford o de Chrysler tiendan a ver con mayor benevolencia la posibilidad de un rescate de dichas firmas, a cargo de los contribuyentes, que aquellos que poseen autos de otros fabricantes, como Honda, Toyota o Volkswagen.
Y no sólo por razones más o menos prácticas (por ejemplo, el temor a que sus vehículos se descontinúen y pierdan valor en el mercado), sino a causa de un fenómeno que algunos psicólogos bautizaron, hace años, como el disgusto a experimentar una "disonancia cognitiva" entre lo que se hizo ayer y lo que se sabe hoy. A nadie le gusta pensar de sí mismo como alguien tonto que compró un automóvil malo (o menos bueno que otros) en términos de calidad-precio.
El mismo fenómeno psicológico se verifica en los Estados Unidos entre quienes adquirieron en los últimos años bienes raíces, con o sin créditos hipotecarios, a precios que hoy se han desplomado. Persiste la ilusión, entre muchos propietarios atribulados, de que los precios se recuperarán y de que en el largo plazo sus propiedades seguirán revaluándose a un ritmo anual similar al del período 2002-2007. Así lo indican algunas encuestas de opinión.
Pero la fría lógica señala que – salvo excepciones que obedecerían a otros factores, como una localización afortunada- no sucederá ninguno de esos dos eventos.
1. El promedio de los precios inmobiliarios en los Estados Unidos aún deberá bajar entre 20 y 30 por ciento para que el mercado encuentre un "piso" en el que la demanda justifique nuevas inversiones masivas en construcción.
2. La tendencia de largo plazo de la demanda en el mercado inmobiliario en Estados Unidos, especialmente en vivienda, es hacia la desaceleración, a causa de un contundente hecho demográfico: el envejecimiento de la población.
El único factor que podría generar un mayor crecimiento del mercado (otra vez a tasas promedio de 4% anual o más por encima de la inflación) sería que el gobierno de Estados Unidos promoviera una radical apertura de sus fronteras a la entrada de jóvenes trabajadores extranjeros más o menos calificados.

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