jueves, 3 de diciembre de 2009

Reformar a México es destruir mitos

¿Por qué es tan difícil reformar a México?
Porque es muy difícil derribar mitos arraigados y reforzados por años de adoctrinamiento.
Este adoctrinamiento está plasmado en la instrucción oficial que durante casi un siglo hemos recibido los mexicanos.
Este adoctrinamiento, que ha troquelado los mitos en las conciencias, se ofrece cada día, desde hace décadas, en las instituciones educativas mexicanas, incluidas las instituciones privadas.
Este adoctrinamiento se refuerza cotidianamente a través de la propaganda, disfrazada de información y análisis, de la mayoría de los medios de comunicación.
Ajustarse a los mitos inoculados por el adoctrinamiento garantiza el éxito - o al menos previene contra el fracaso- en el sector público, en las instituciones y en los ambientes académicos, en el mundo editorial y de los medios de comunicación. De esta forma, hay un nuevo refuerzo para la constelación de mitos: Si te atienes a ellos puedes triunfar, si atacas los mitos tienes el fracaso asegurado. Pierdes la chamba por incómodo, eres condenado al ostracismo y el aislamiento social ("ninguneado"), no puedes ingresar al Sistema Nacional de Investigadores, no te publican, no obtienes ascensos, becas, promociones, no recibes "palmadas en la espalda" (el premio tal o cual; los homenajes, las invitaciones...), no eres funcional; tienes "problemas de actitud".
Los mitos son ilusiones (mentiras glorificadas por el deseo) y somos una sociedad de ilusos que lo que más detesta es que lleguen los insolentes o los iconoclastas o los excéntricos a destruir mitos. (Ver "país de ilusos" en esta misma bitácora).
Uno de los procesos históricos más fascinantes y menos conocidos de la historia mexicana fue la exitosa transformación de Benito Juárez y de la Reforma liberal del siglo XIX en sendos mitos. A 15 años de la muerte de Juárez, el Presidente de México, Porfirio Díaz, lo elevó a los altares, lo hizo mito, del mismo modo que su régimen, con el valioso auxilio de los positivistas mexicanos, había ya logrado hacer del liberalismo una etiqueta mítica que encajaba sin hacer ruido en el discurso del orden y el progreso, en la retórica que justificaba la poca política y la mucha administración.
El liberalismo mexicano del siglo XIX murió cuando se hizo mito retórico, del mismo modo que Benito Juárez (ser humano de carne y hueso, lleno de defectos, que representaba la facción triunfadora del liberalismo mexicano del siglo XIX), se murió definitivamente cuando, a 15 años de su muerte, Porfirio Díaz lo "inmortalizó" haciéndolo mito, estatua de piedra o de bronce, héroe inaccesible al que se recurre retóricamente lo mismo para un barrido que para un fregado (Andrés López, profundamente antiliberal, pudo proclamarse ferviente seguidor de Juárez y prácticamente nadie se llamó a sorpresa o enojo por la falsificación).
Tres ejemplos de mitos que algunos "excéntricos", que desde luego cuentan con toda mi simpatía, han tratado de derribar en días recientes:
-La UNAM es una gran universidad que merece recibir un caudal inagotable de recursos públicos. El mito lo desbarata Santos Mercado en Asuntos Capitales (leer pinchando aquí).
- El campo mexicano no debe incluirse en las reformas estructurales, no se toca. Mito que lamenta Ángel Verdugo en Excélsior hoy (puede leerse pinchando en este otro lugar).
- "México" pide a sus hijos "sacrificarse" por la voz del gobierno (Presidente, senadores, diputados, ¿encuestas?, ¿editoriales en medios de comunicación?) para ocupar puestos de "servicio público". "México" asume, entonces, el carácter de una deidad que habla de forma unívoca y a la que jamás se le puede decir que no. Mito que ataca mordazmente Clotilde Hinojosa en "Asuntos Capitales" (puede leerse aquí).

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domingo, 4 de octubre de 2009

Combate a la pobreza: ¿Y si probamos el liberalismo?

El fracaso no es de un gobierno, es de un sistema negado a revisarse y a reinventarse. Desde siempre se combate a la pobreza con la misma receta: el gasto público con fuertes dosis asistencialistas. Se le ataca por sus efectos, no por sus causas. Fijaciones históricas impiden ver en el capitalismo y en la inversión privada la fórmula más eficaz para generar bienestar, oportunidades y desarrollo integral. El modelo liberal requiere de regulación para que el desarrollo se vuelva sustentable y para que el mercado sea realmente un espacio para la libertad de productores y consumidores.


La cita es del artículo de Federico Berrueto, publicado hoy en "Milenio". El articulo es inteligente, provocador, poco convencional y abiertamente liberal. Hay que leerlo.

Aunque no lo dice de forma explícita, Federico deja entender que "Oportunidades" (antes, "Progresa" en tiempos de Zedillo), forma parte de la misma receta de "gasto público con fuertes dosis asistencialistas". No es así. Lo que ha hecho diferente a ese programa, desde su origen, es que sí busca, con un enfoque centrado en las personas no en los colectivos, la superación de la pobreza, no sólo mitigarla.

Lo que logra "Oportunidades", con subsidios enfocados - no generales- y condicionados es que los beneficiarios - que son básicamente, los hijos de las familias pobres considerados individualmente- inviertan en sí mismos mediante salud y educación.

La familia recibe dinero directamente no tanto para resolver su falta de ingresos actual, sino para que los hijos no reproduzcan, en el futuro, el patrón de pobreza. Ejemplo: El programa tiene un sesgo intencional a favor de las niñas que cursan secundaria sobre los niños en el mismo nivel escolar (se recibe un poco más si se trata de una niña que de un niño), porque es sumamente importante que las mujeres NO abandonen sus estudios a esa edad, no formen familias prematuras condenadas a la miseria (porque las madres-niñas difícilmente pueden, a su vez, darle a sus hijos la oportunidad de superar la pobreza, difícilmente pueden liberarse de la sujeción a un "macho", difícilmente tendrán la capacidad de sacar adelante a una familia por sí solas)...El dinero es para que los hijos e hijas estén más años en la escuela, asistan regularmente a los centros de salud y tengan una alimentación básica más sana, o menos nociva para su salud y su desarrollo que la que tendrían de no contar la familia con esos recursos. El trabajo precoz de niños y niñas - para "completar" los ingresos familiares- es el gran enemigo a vencer, porque el trabajo precoz casi infaliblemente condena a la pobreza...

Con todas sus virtudes, comprobadas por investigaciones serias, independientes y tanto nacionales como internacionales, el programa "Oportunidades" NO es, y en esto tiene toda la razón Federico Berrueto, "la" solución a la pobreza. Es una suerte de "second best" (segunda mejor solución), porque la verdadera solución es el liberalismo en serio: capitalismo con libertad de mercados, respeto a los derechos de propiedad, garantía al cumplimiento de los contratos, estado de derecho, regulación que garantice la competencia plena en un terreno nivelado para todos.

La tragedia es que a la hora de la verdad, sólo hay un puñado de liberales en este país. Unos poquitos en los gobiernos (sometidos cotidianamente al escarnio de ciertos medios por ser "neoliberales" y "tecnócratas" desalmados, cuando no presuntos aliados del más odioso imperialismo capitalista y etiquetas por el estilo) que batallan para que sus ideas sean atendidas tanto adentro como fuera del gobierno. Y aún menos liberales entre los negociantes mexicanos (a los que eufemísticamente se llama "empresarios") siempre prestos para pedir "apoyos" del gobierno, para exigir territorios de caza exclusivos (proteccionismo comercial), créditos subsidiados, tratamientos fiscales de privilegio y rentas garantizadas...

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miércoles, 22 de julio de 2009

¿Por qué nos gusta el activismo gubernamental?



La fuente de la gráfica (si se pincha en ella se amplia la imagen) es "World Public Opinion" (WPO) un proyecto de cooperación internacional entre más de 25 países surgido del Programa Internacional de Actitudes Políticas de la Universidad de Maryland, Estados Unidos.

Queda claro que (casi) todos, en (casi) todo el mundo, queremos que el gobierno "se mueva más" en tiempos de crisis. Una querencia, si se vale decirlo, no exenta de peligros, dado que por lo general los gobiernos hacen más daño haciendo cosas que dejando de hacerlas.

Pero así como preferimos en el futbol soccer que el portero se mueva cuando enfrenta un tiro penal, como escribí hace unos meses robándole la metáfora a mi amigo Diego Petersen, preferimos (bueno, una mayoría apreciable lo prefiere, según las encuestas que conjuntó WPO alrededor del mundo) gobiernos "activistas" a gobiernos tímidos o pasivos; gobiernos intervencionistas en lugar de gobiernos restringidos a sus funciones básicas: respetar todas las libertades de todos, aplicar justa y oportunamente leyes que son iguales para todos, preservar la integridad física del territorio y de sus habitantes, garantizar los derechos de propiedad y el cumplimiento de los contratos. No más, ni menos.

La comparación de las preferencias sociales en cada país respecto de lo que debe hacer el gobierno y las preferencias de los aficionados al futbol respecto de lo que deben hacer los guardametas ante un tiro penal tiene mucha más "miga" de lo que parece, porque la mayor parte de los tiros penales van al centro del arco, no a la izquierda o a la derecha, y los porteros que permanecen bien plantados en el centro de su portería, sin querer adivinar y anticiparse al tiro penal, suelen parar más penales que los porteros "dinámicos"..., pero los primeros (los "inmóviles" vamos a llamarlos) son también los más criticados por la afición.

"¡Haz algo!, lo que sea, pero ¡haz algo!", "¡muévete, no te quedes ahí, parado como idiota!".

Los lectores, perspicaces, habrán notado que el único país en el que una gran mayoría de la gente (63 por ciento) está totalmente de acuerdo con la forma en la que su gobierno ha enfrentado la crisis ¡es China! Algún ingenuo, o alguien excesivamente malicioso dirá que precisamente por eso, porque (casi) todos los chinos están conformes y hasta felices con su gobierno, en la República Popular China NO les desvelan mucho esas monsergas de la democracia y de los derechos humanos. ¿Para qué democracia, si de antemano todos (o casi todos) estamos de acuerdo?

Y también habrán notado, perspicaces que son los lectores, que el país donde hay más personas que opinan que el gobierno ya fue demasiado lejos en su activismo contra la crisis es, después de la India (?), Estados Unidos: 31 por ciento. Mi hipótesis (para el caso de Estados Unidos, ya que no tengo la menor idea de porqué 37 por ciento de los indios opinan que su gobierno ha hecho "de más" en esta crisis) es que una sabia desconfianza hacia el gobierno - hacia todo gobierno - y una sana repulsión hacia el intervencionismo gubernamental son virtudes características del pueblo estadounidense que, aún en estos tiempos tan proclives al intervencionismo estatal, se preservan (al respecto, basta ver cómo descendió la popularidad de Barack Obama por su activismo en el rescate de General Motors y Chrysler).

Hace un siglo aproximadamente G. K. Chesterton, en su "Ortodoxia", escribió:

"La idea democrática es que el gobierno es algo análogo a escribir uno sus propias cartas de amor o sonarse uno sus propias narices. Cosas que deseamos que los hombres las hagan por sí mismos, aunque las hagan mal. No discuto aquí la exactitud de ninguna de estas concepciones; sé que algunos modernos andan por ahí pidiendo que los científicos les elijan sus esposas y, por lo que sabemos, muy pronto pedirán niñeras que les suenen la nariz".


Bien, cien años después parece que tales "modernos" ya son mayoría: Queremos que el gobierno nos resuelva la vida, aunque el propio gobierno haya sido responsable, antes, con su febril actividad controladora, de habérnosla fastidiado.

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jueves, 16 de julio de 2009

Algo acerca de la vapuleada ciencia económica

Con su habitual elegancia estilística, y con un poco del humor británico al que nos tiene acostumbrados, The Economist trata de responder la pregunta que sin duda inquieta a miles hoy en el mundo: Esta crisis ¿demuestra la inutilidad de la economía y de los economistas?

Vale la pena leer, como siempre, este fino análisis. Cierto, una ciencia arrogante y sus clérigos han recibido una dura lección de humildad, pero la mayor parte de la sabiduría económica acumulada por siglos permanece incólume y la mayor parte de los principios básicos de la economía funcionan igual que siempre lo han hecho.

Otro punto importante que The Economist aclara: Sólo los ignorantes o los intoxicados de ideología pueden sostener que esta crisis ha mellado, siquiera, el paradigma del mercado libre.

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martes, 7 de julio de 2009

La larga agonía de los medios impresos

El "duo dinámico" de la Universidad de Chicago, Gary Becker y Richard Posner, se ocupó hace unos días del acelerado declinar de los medios impresos, especialmente de los grandes diarios en papel para los cuales el avasallador avance de la internet se ha conjuntado con la recesión mundial y sus calamidades.

Ambos, el gran economista y el gran jurista (un juez que sabe de economía y que tal vez por eso no ha sido propuesto para la Suprema Corte), reconocen que los periódicos tradicionales en todo el mundo pasan por algo que, más que un episodio de crisis, tiene todas las características de la agonía. Pero ambos, también, no pueden ocultar su resistencia profunda frente a este fenómeno de destrucción creativa.

Por ejemplo, Posner propone algunas prohibiciones absurdas (como los enlaces o vínculos en los sitios de la red que remiten a otras fuentes de información) en su afán de proteger a los venerables diarios impresos. Esta propuesta revela que Posner no entiende muy bien que la moneda de cambio en la red se llama tráfico y que quien quiera preservarse inmaculado y no ofrecer contenidos gratuitos en la red puede hacerlo (lo trató de hacer el NYT y fracasó ante la competencia; en México lo han hecho los diarios del grupo Reforma y han visto en pocos años que sus competidores en la red, como El Universal o Milenio, les comen literalmente el jugoso mercado publicitario que representan los cientos de miles de navegantes en la red a la busca de noticias y de información).

Por su parte, Becker insinúa que si bien la red está abierta para todos, y ha derrumbado las barreras de entrada al negocio de los medios y de la información - debido al abatimiento brutal de costos que supone la red frente a los medios impresos-, los contenidos en la red no tienen la misma garantía que permite confiar al lector en la veracidad y precisión de la información que ofrecen los contenidos en grandes diarios venerables, como New York Times, Washington Post, Wall Street Journal o Financial Times. Es una objeción válida, aunque esos mismos diarios venerables no están exentos de fallas - algunas veces muy graves - en materia de veracidad y acuciosidad de la información. Eso, por no hablar de muchos otros diarios a lo largo y ancho del mundo que cotidianamente tergiversan, engañan o desinforman, por incompetencia, por razones comerciales o por razones político-ideológicas. Es el lector, y debiera saberlo Becker, quien debe aprender a distinguir el trigo de la paja y de la cizaña. ¿O acaso un liberal como Becker propondría que alguna entidad reguladora sancionara qué podemos y qué no podemos leer y ver en la red? Lo dudo.

Para leer en extenso las opiniones de Becker este es el vínculo. Y para leer las opiniones de Posner el vínculo es este otro (espero que el juez agradezca en vez de lamentar que le mande lectores con el uso de los enlaces, je , je).

Una interesante critica a las opiniones de Posner y Becker por parte de un español liberal (en el sentido europeo y correcto del adjetivo) puede leerse en Libertad Digital, pinchando - nótese el verbo- aquí.. Por cierto, Daniel Rodriguez Herrera, el liberal español autor de la crítica, pone esta leyenda al final de todos sus artículos: El autor autoriza a todo aquel que quiera hacerlo, incluidas las empresas de press-clipping, a reproducir este artículo, con la condición de que se cite a Libertad Digital como sitio original de publicación. Además, niega a la FAPE o cualquier otra entidad la autoridad para cobrar a las citadas compañías o cualquier otra persona o entidad por dichas reproducciones. , lo que demuestra su postura liberal (alguno dirá que "ultraliberal") en la materia.

Por último, me permito comentar algo de mi experiencia personal como director general de un medio impreso: Ese negocio está herido de muerte y su salida más inteligente es apostarle al periodismo (en la red) no al periódico de papel. Tal vez la agonía será muy larga, de años, porque hay múltiples formas de eludir el desenlace fatal pero esas mismas fórmulas - como la comercialización más o menos descarada de los contenidos, engañando o pretendiendo engañar a los lectores- matan al periodismo - y a las libertades democráticas que el periodismo debería garantizar- tratando de salvarle la vida al periódico de papel.

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miércoles, 10 de junio de 2009

Una responsabilidad personal

Se cuenta que Francisco de Borja al término del largo viaje escoltando el cadáver de la reina Isabel de Portugal hasta su destino final en Granada, fue conminado a jurar, como correspondía a quien conoció de cerca y en vida a la bella soberana, que los restos mortales que acompañó – despojos ya putrefactos- correspondían en efecto a los de la reina fallecida. Guardó silencio. De nuevo se le urgió a jurar, respiró hondo y dijo: “Sí, juro; pero también juro que jamás volveré a servir a señor que se me pueda morir”.

Por su parte, Francisco de Quevedo escribiría a la vista de Roma en ruinas un inolvidable soneto del que cito la primera cuarteta:

“Buscas en Roma, ¡oh peregrino!,
Y en Roma misma a Roma no hallas;
Cadáver son las que ostentó murallas;
Y tumba de si propio el Aventino”.


Este artículo y el de mañana serán los dos últimos que publicaré en El Economista por decisión libérrima, personal y de la cual respondo yo, nadie más.

Desde luego, seguiré escribiendo a diario no sólo estas “Ideas al vuelo” sino varios comentarios breves a lo largo del día que publicaré, como he venido haciendo desde hace varios años, en esta bitácora. También se seguirán publicando en Asuntos Capitales.

¿Por qué dejar de publicar en El Economista?

Bien, porque Roma ya no es Roma y porque Isabel de Portugal ya no es quien era.

Durante 20 años, con aciertos y errores, incluso en medio de lamentables desencuentros entre algunos de sus socios fundadores, El Economista estuvo animado por una invariable convicción liberal, en el sentido clásico del término. De esa congruencia da cuenta el estupendo libro que escribió Bruno Donatello con motivo del 20 aniversario del periódico.

El azar – aunque el azar no es causa de nada, dicen – hizo que al cumplir sus 20 años el periódico cambiase de dueños y la nave viró de rumbo, no sé si hacia un puerto más promisorio o hacia mares más pródigos, pero ya no con ese talante liberal auténtico, tan escaso en México y en un medio poco afecto a enaltecer la libertad personal porque hacerlo conlleva la carga ineludible de la responsabilidad.

Concluiré mañana dando pistas de los nuevos derroteros que emprenderé en esta aventura libre y personal: liberal.

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domingo, 12 de abril de 2009

Regulación: Ni puritana, ni anarquista

Por eludir el alcoholímetro en la ciudad de México un joven ebrio causó la muerte de un policía que intentó detenerlo. Convendrán los lectores conmigo que esta tragedia NO puede ser atribuida a la regulación – representada por el alcoholímetro, entre otros mecanismos, reglas e instituciones-, ni a una omisión de los reguladores, sino a una conducta delictiva del ebrio que es punible de acuerdo con las leyes.

Los puritanos, que en el fondo son idealistas furibundos, dirán que si se prohibiera absolutamente la producción, distribución y venta de bebidas alcohólicas esa tragedia se habría evitado. Falso. La prohibición absoluta de bebidas alcohólicas causaría más tragedias, similares y de otra naturaleza: criminalidad incentivada por el altísimo atractivo económico de los negocios ilícitos (como sucede con el narcotráfico), producción y tráfico de bebidas adulteradas y un largo rosario de desgracias; además de que ninguna autoridad tendría control sobre en dónde se vende alcohol, a quién se le vende y demás.

Los anarquistas, que también son idealistas furibundos, dirán que el alcoholímetro no debe existir porque genera tal temor en los conductores que, por eludir ese control, acaban cometiendo estupideces o porque vuelve a los conductores irresponsables (“el gobierno se ocupará de que yo no maneje ebrio”). Falso. No podemos saber el número – de lo que pudo ser y se evitó no queda registro-, pero un control como el del alcoholímetro, con todas sus limitaciones y errores, evita muchas tragedias.

Podemos aplicar criterios análogos al papel de las regulaciones o de la falta de regulaciones en la gestación de la crisis financiera global; así como a los actos y a las omisiones de los reguladores.

Los puritanos querrán borrar de la faz de la tierra no sólo los productos financieros complejos – digamos, los derivados-, sino incluso la noción misma de apalancamiento; los anarquistas insistirán que hay que dejar que todos y en todo nos “auto-regulemos” . Ambos son extremos abominables.

La clave filosófica de la regulación está en el reconocimiento de la libertad y de su permanente consecuencia: la responsabilidad. La libertad es personal, la responsabilidad es personal. “El que la hace, la paga porque fue libre para hacerla”.

La regulación no debe socializar lo que es personal: la responsabilidad. La regulación no debe permitir que una entidad se vuelva tan grande que no pueda pagar por sus culpas. Lo “demasiado grande” se vuelve no-imputable. Como un monstruo irracional. A tales engendros no se les “regula”; se le pone una camisa de fuerza y punto.

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domingo, 14 de septiembre de 2008

El mito genial de la competitividad (22 de agosto)

¿"Competitividad" es una etiqueta confortable para ocultar la incompetencia?, ¿por qué la palabra "competitividad" es políticamente correcta y la palabra "productividad" es políticamente incómoda y hasta incorrecta?, ¿se trata de que "México Pyme S.A. de C.V." gane en el futuro una medallita de bronce en algún listado de países, a golpe de subsidios, apoyos, estímulos, cabildeos legislativos, discursos y argucias proteccionistas?



Tengo entendido que la medalla de oro que ganó un mexicano en China compitiendo es un logro individual. No es fácil, ante esa "odiosa muestra de individualismo" (talento, capacidad y esfuerzo personales), que el gobierno, los políticos o alguna entidad abstracta y colectiva – por ejemplo, una hipotética ONG promotora de la competitividad deportiva de México- se cuelguen la medallita y la presuman.

Nadie, que yo sepa, puede decir: "Fulano ganó el oro para México porque nosotros, en la legislatura número tantos, aprobamos visionariamente tantos miles de millones de pesos de estímulos al deporte en el presupuesto de egresos".

Tampoco nadie, que yo sepa, puede decir: "Este es el resultado del trabajo que ha llevado a cabo la banca de fomento (Bancode, Banco Nacional de la Competitividad Deportiva, cuyo lema es 'hemos abaratado el oro para que no sufras más') gracias a los créditos preferenciales otorgados para estimular la competitividad de los pequeños y medianos atletas nacionales".

Ni siquiera algún político, que yo sepa, puede asegurar que la medalla es el fruto de la defensa férrea de la soberanía nacional frente a las acechanzas de "extraños enemigos" que osaban "profanar con sus plantas" los suelos – y los subsuelos- de la patria.

Hay miles de mexicanos triunfando individualmente en México y en el mundo. Brillantes ingenieros, médicos, economistas, matemáticos, biólogos, físicos. Me atrevo a decir que ninguna de esas historias de éxito se forjó eludiendo los rigores de la competencia pareja, con reglas iguales para todos los competidores y con un terreno de juego más o menos igual para todos.

Esto quiere decir algo terrible: que el discurso político convencional de la competitividad es un fracaso.

¿Por qué? Porque le teme, como a la peste, a la productividad, a la competencia pareja y al individualismo liberal y capitalista (¡qué horror!, no deberían permitir esas malas palabras en un periódico; aunque en El Economista, no sólo las permiten sino que su director general, yo, las escribe).

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jueves, 24 de mayo de 2007

Liberalismo y cofradías

No pertenezco a ninguna cofradía de liberales; mi liberalismo no me lo permite.

El diccionario nos ofrece cuatro acepciones para la palabra "cofradía". Van desde lo piadoso – "congregación o hermandad que forman algunos devotos, con autorización competente, para ejercitarse en obras de piedad"- hasta lo reprobable: "Junta de ladrones o rufianes".

Ninguna de las cuatro acepciones – ni siquiera la más neutra: "Gremio, compañía o unión de gentes para un fin determinado"- me parece que case con "liberal" o con "liberalismo", mucho menos con "libertario".

Para haber cofrades debe haber, supongo, un catecismo doctrinario y más o menos dogmático que los una. Y encuentro que uno de los más grandes atractivos del liberalismo – en el sentido clásico, y europeo, del término no en el equívoco sentido en que se usa el adjetivo "liberal" en la política estadounidense-, es justamente el de no ofrecer catecismos dogmáticos que tengan respuesta para todo. Cosa que, por ejemplo, sí sucede con el marxismo que ejerce su atractivo, por el contrario, gracias a ser un sistema acabado que ofrece – una vez aceptados dos o tres dogmas básicos- una respuesta automática para encajar cualquier hecho en la totalidad del sistema.

Por eso me extraña que, de vez en vez, algún liberal critique las opiniones de otro espíritu libre de su misma especie no aduciendo argumentos racionales o demostraciones empíricas, sino acudiendo al recurso de las credenciales ("autorización competente") para ser liberal, tales como la pertenencia o no a tal asociación, tales como el aval o no de una institución liberal prestigiada, tales como las opiniones pretéritas de algún liberal del pasado que se desearían convertir en verdad revelada, no en verdad descubierta.

Sin embargo, se entiende. Los seres humanos somos gregarios y nos sentimos más cómodos en compañía afín que rodeados de personas hostiles. No se puede llevar el individualismo – requisito del ser liberal- al extremo del solipsismo.

No encuentro una deliciosa cita en la que Chesterton dice algo así como que creció admirando a los liberales y maduró cuando dejó a los liberales por el liberalismo. Lástima, porque estoy seguro de que lo dijo mucho mejor.

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lunes, 22 de enero de 2007

Gil Díaz y la actualidad del liberalismo en México

Durante el sexenio 2000-2006 fue el funcionario público que más decididamente defendió, en las palabras y en los hechos, la vigencia del liberalismo clásico. Sin duda hay una estrecha vinculación entre los espléndidos resultados de su gestión como Secretario de Hacienda y sus sólidas ideas liberales. Las ideas transforman al mundo.

Los principios del liberalismo representan la mejor guía no sólo para la formulación de políticas públicas que generen bienestar creciente entre los habitantes del planeta, sino – aún más importante- la mejor salvaguarda de la dignidad de la persona humana, constantemente asechada por la perniciosa intromisión de los gobiernos.

La libertad sigue siendo tanto o más amenazada en nuestros días que en siglos pasados.

De ahí la importancia de que existan inteligencias lúcidas e íntegras, aunque sean unos cuantos apenas, entre los protagonistas de la vida pública.

En numerosas ocasiones Gil Díaz, como Secretario de Hacienda, proclamó sus convicciones liberales. Destaco, por su riqueza conceptual, dos de sus intervenciones públicas: Una, el 30 de junio de 2004, al recibir la gran orden de la Reforma de la Academia Nacional, A.C. Otra, el primero de noviembre pasado, con motivo del 60 aniversario de la carrera de economía en el ITAM, bajo el título “El legado liberal de Benito Juárez”.

Ofrezco al lector apenas una cita de cada una de ellas, invitándole a leer los textos completos a partir de los vínculos señalados arriba.

De la primera:
“Hoy como en el siglo XIX el auténtico liberalismo es reformador. No pretende destruir lo existente para construir alguna utopía sobre las ruinas, sino estar atento a los avances del conocimiento humano para darle forma nueva a la misma sustancia, que eso y no otra cosa es reformar.
“No se trata de que el liberal sea un fanático del cambio por el cambio, sino de que está siempre abierto a todos los cambios que hagan a los hombres no sólo más prósperos, sino sobre todo más libres.
“Todo esto, porque el liberal sabe que para el ser humano sin libertad no hay prosperidad que valga la pena”.


De la segunda:
“Si nos miramos en ese espejo, si contrastamos nuestra organización económica con los requisitos de un arreglo liberal, si medimos el tamaño y lo pernicioso de nuestros monopolios, si meditamos sobre las reglas bajo las cuales se desenvuelven nuestros sindicatos, si hacemos cuentas de la cantidad de subsidios y la forma como alteran nuestro comportamiento, si enumeramos y estudiamos las numerosas trabas a los negocios y a la inversión, si reconocemos la anarquía en la que se desenvuelven las actividades económicas en las calles y en las banquetas, entonces podremos entender cómo nuestro atraso no tiene que ver con la adopción del modelo neo liberal, o de la economía de mercado, o de esa caricatura apodada Consenso de Washington. Podremos conocer también la enorme distancia que nos separa del ideal liberal y del potencial que estamos dejando pasar”.

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