martes, 15 de septiembre de 2009

Democracia en déficit

La política económica no se desarrolla en el vacío o en una especie de medio estéril, sino dentro de un marco institucional (arreglos o acuerdos) que influye decisivamente en las decisiones de gobiernos y de políticos. Esto se ve claramente en la política fiscal.

John Maynard Keynes parece suponer, en su Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero, un marco institucional que no es una democracia sino el gobierno autócrata de un grupo reducido de sabios benévolos. En ese marco artificial, de la elite de sabios gobernando sin someterse a los caprichos del populacho, puede confiarse en que el gobierno no abusará del expediente del déficit fiscal (deuda pública), sino que juiciosamente compensará, a lo largo del tiempo, los periodos de déficit con periodos más largos de superávit para mantener las finanzas públicas en orden.

Ese marco institucional, de la elite de sabios gobernando, no existe, porque no somos gobernados por ángeles o espíritus puros. Mucho menos dicho marco institucional - que está en los supuestos de Keynes, quien jamás se detuvo a examinar los arreglos políticos y jurídicos en los que se desenvuelve la política económica en el mundo real-, se aviene con lo que sucede en una democracia.

En una democracia, los políticos tenderán a incrementar el gasto antes que a reducirlo y tenderán a preferir el financiamiento del gasto mediante deuda, antes que incrementar impuestos. ¿Por qué? Porque eso complace a los electores y es popular. También por eso, los políticos, los periodistas, los académicos y, en general, los electores tienden a ser keynesianos más o menos silvestres, en la medida que suponen - desean suponer- que puede haber beneficios sin pagar costos. Un incremento en la deuda pública genera la ilusión de un ingreso sin costo, ya que el elector no ve de inmediato los costos, pero sí puede recibir de inmediato los beneficios, lo mismo que el político que genera la deuda probablemente no será quien tendrá que afrontar, en el futuro y como gobierno, los costos que implicarán su servicio y su eventual amortización. Así, Keynes y su apelación al déficit fiscal como herramienta para contrarrestar los ciclos económicos, resultan miel para los oídos de los políticos ávidos de popularidad.

Hoy en "Asuntos Capitales" se publica un insólito artículo de Juan Pablo Roiz (puede leerse haciendo clic aquí) que, me parece, debe ser resultado de un inteligente análisis del marco institucional en el que se desenvuelven la política económica y, específicamente, la política fiscal.

Es un análisis, conjeturo, tributario de las agudas observaciones de Knut Wicksell en 1896 y de los postulados de la escuela de la elección pública que encabeza James M. Buchanan. (Para leer un poco más sobre Wicksell recomiendo este sitio en la red. Y para mayor información sobre la escuela de la elección pública remito al lector a este otro sitio). Justamente, el título del comentario de hoy (Democracia en déficit) rinde homenaje a un gran libro de divulgación de Buchanan, escrito junto con Richard Wagner en 1977, que lleva ese título.

Roiz advierte que el programa económico para 2010 que está proponiendo el Presidente Felipe Calderón es, en términos de política fiscal, insólitamente responsable y, por ello, impopular. La responsabilidad fiscal - preferir los recortes al gasto público y los aumentos de impuestos para subsanar huecos fiscales, como el inmenso que ha dejado la caída de la producción petrolera en México -, no es popular. También los electores, en una democracia, tendemos a preferir el gasto sin costo, el recurso al déficit, no los impuestos.

Cada renglón de gasto tiene su clientela. Basta escuchar hoy, en la comparecencia del Secretario de Hacienda en la Cámara de Diputados, a los distintos legisladores hacer malabares retóricos para exigir que se gaste más en esto o en aquello a la vez que protestan, vehementes, contra los odiosos impuestos.

Una conclusión adicional a las que anota Roiz en su comentario, sería que, pese a su impopularidad, el programa económico propuesto por Calderón recibirá el apoyo de los priístas (al menos de los más inteligentes) porque es el programa ideal para que el gobierno de Calderón pague los costos y un futuro gobierno del PRI, acaso en el 2012, coseche los beneficios.

En todo caso, Calderón obtendría también el beneficio de pasar a la historia como un presidente reformador y valiente que no dudó en tomar decisiones impopulares pero responsables (aquí hay otro patrón interesante en México, los expresidentes recientes más respetados hoy no son aquellos que parecían muy populares en su momento, como Carlos Salinas o Vicente Fox, sino los que mal que bien, como Ernesto Zedillo o Miguel De la Madrid, tomaron decisiones impopulares, pero responsables).

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viernes, 24 de julio de 2009

El recorte es "el" mensaje

El recorte al gasto público anunciado ayer es un claro mensaje del gobierno mexicano con tres obvios e importantes destinatarios.

El mensaje dice:
"El gobierno federal ratifica su compromiso de tomar todas las medidas necesarias y utiliza todos los instrumentos a su disposición para mantener la estabilidad de las finanzas públicas…, condición necesaria para que México entre en una senda de crecimiento económico acelerado y sostenido”.

Los destinatarios del mensaje son:
1. Las agencias calificadoras.
2. Los futuros integrantes de la Cámara de Diputados y los dirigentes de los partidos políticos.
3. El público y todos los agentes económicos: inversionistas, negociantes peticionarios de recursos públicos, los consumidores, las empresas y hasta los integrantes del mismo gobierno.

Por lo pronto, las calificadoras deberán reconocer que, con todo y recesión global, las finanzas públicas no son, para el gobierno, cosa de juego y que en México no vamos a jugar a "los aprendices de brujo".

Por lo pronto, también, el gobierno ya hizo su primera movida, muy clara, para marcar la pauta de las negociaciones del presupuesto 2010, a entregarse a más tardar el próximo 8 de septiembre a los flamantes diputados federales: Prácticamente todo es negociable, salvo la salud y la viabilidad de las finanzas públicas a futuro.

Habrá que ver cuál es la "lectura" que hacen los políticos devoradores de presupuestos, pero en el gobierno parecen saber que la responsabilidad fiscal tiene costos y están más que dispuestos a pagarlos. Recuerdo, les dijo ayer el Secretario de Hacienda a un puñado de columnistas financieros, lo que me dijo Paco Gil cuando me llamó a la subsecretaria del ramo en el año 2000: "A la Secretaría de Hacienda no se viene a hacer amigos".

¿Así o más claro?

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miércoles, 5 de septiembre de 2007

La ética del político: Debe haber un límite

¿Todo es negociable? No. Cierto que la ética del político no puede ser sólo ni prioritariamente la ética de la convicción, pero cierto también que, aun poniendo entre paréntesis algunas convicciones, el político no puede eludir la responsabilidad por las consecuencias de sus actos u omisiones.

Max Weber planteó, como modelo explicativo de las diferencias de conducta entre el científico y el político, la antinomia teórica entre la ética de la convicción, aquella que pone la verdad ante todo y siempre sin medir consecuencias prácticas, y la ética de la responsabilidad, propia del político, que en la esfera pública pone por encima de todo las consecuencias de sus decisiones.

Por supuesto, se trata de una antinomia sólo teórica, ya que en la vida real ambas éticas resultan complementarias y no hay “convencidos irresponsables” o “responsables sin convicción”. Raymond Aron escribió al respecto:

“Un político debe ser al mismo tiempo convencido y responsable. ¿Pero cuál es la elección moral cuando es preciso mentir o perder, matar o ser vencido? La verdad, responde el moralista de la convicción; el éxito, responde el moralista de la responsabilidad. Las dos elecciones son morales con tal de que el éxito que este último quiere sea el de la ciudad y no el suyo propio. La antinomia me parece esencial, aun cuando en la mayor parte de los casos la prudencia sugeriría un compromiso razonable”
.

Bajemos ahora a nuestra prosaica realidad: México, septiembre de 2007. ¿Acaso el confuso juego de intercambios negociadores que presenciamos es sólo una muestra de dicha ética de la responsabilidad?, ¿es ése “compromiso razonable” del que habló Aron? No lo parece. Primero, está la confusión introducida deliberadamente por actores políticos que presionan sin piedad pero no dan la cara y sólo susurran: “Si quieres que apoye la reforma tal concédeme tu apoyo para este ajuste de cuentas entre mafias”.

¿Dónde está el límite para negociar? Yo ya me habría bajado de ese tren que parece ir hacia cualquier lugar indeseable. Pero yo no soy político y me acechan otros demonios, no los del poder.

Weber cita, al describir los límites éticos del “éxito” al que aspira el político, la famosa frase de Martín Lutero ante la dieta de Worms: “Aquí me detengo; no puedo proceder de otro modo. Que Dios me ayude”.

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viernes, 23 de febrero de 2007

Moral, economía y libertad

Intersección de la economía y de la moral: la libertad de elegir ante la escasez.

El dato fundacional de la economía es la escasez. En un universo en el que los recursos – empezando por la vida – fuesen ilimitados la economía no tendría razón de ser. Y en dicho universo hipotético, de abundancia absoluta, la libertad humana no sería tal como la conocemos. Se puede especular que ante la presencia de la abundancia absoluta – es decir, del Ser por sí mismo subsistente, como los teólogos y múltiples filósofos definen a Dios- la voluntad humana se doblegaría y elegiría por necesidad (valga la paradoja) dicho bien, sin considerar siquiera alguna alternativa.

Pero ya sea que creamos que un día estaremos cara a cara frente a Dios o que no lo creamos, el hecho es que vivimos ahora en un mundo precario, que se acabará (con o sin “calentamiento global”), que somos contingentes y que constantemente nos vemos precisados a elegir entre bienes igualmente precarios (que no son eternos). Ese es el terreno de la libertad y ese es el terreno de la moral. Sin libertad, sin capacidad de elegir, no hay moral. Nadie puede imputarle inmoralidad a un tigre por matar a su presa y seguir por instinto la programación inmemorial que le hace ser tigre. El tigre no elije, cumple el programa de todos los tigres que han sido y que serán.

Por contraste, ¡nada menos!, el ser humano siempre elije. Aun privado de su libertad física es capaz de elegir la actitud que asumirá ante esa privación: rebelarse, aceptarla, humillarse, mantener su señorío, su dominio de sí. Los campos de concentración nazis y soviéticos en el siglo pasado nos legaron una colección de biografías que abarca el abanico de opciones de la libertad ante un cautiverio brutal.

Por su parte la economía pretende encontrar la mejor asignación para recursos escasos entre destinos alternativos en competencia y ha encontrado, la ciencia económica, que la persona libre es quien mejor elije – en términos de costo contra beneficio- la asignación de sus propios recursos. Y hace la mejor elección aun cuando se equivoque porque quien ha de padecer las consecuencias de esa mala elección es justamente aquél que la hizo. Eso significa ser responsable. Hacerse cargo de lo que se decide libremente, de sus consecuencias: buenas o malas en términos económicos y también – buenas o malas consecuencias- en términos morales.

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