martes, 29 de diciembre de 2009

"Tus amiguitos están equivocados", leer en "Semana inglesa"

"...No son escépticos sino desencantados que han hecho de su ignorancia su doctrina y dogma particulares..." Más o menos esto digo en la columna del sábado pasado en Excélsior, que pueden leer en mi bitácora SEMANA INGLESA (hacer clic en el vínculo).

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lunes, 4 de mayo de 2009

Obsesión por el empleo, relectura de Keynes (I)

Cada primer día del mes de mayo me pregunto lo mismo: ¿Por qué festejamos “el trabajo” con un “asueto” que además es “obligatorio”? El primero de mayo no celebramos el trabajo, sino el empleo subordinado, un concepto que la mayoría de los economistas, con arrogancia, hacen sinónimo absoluto de “trabajo” (quien no está “empleado” no “trabaja”). De ahí, por ejemplo, las dificultades que tienen para encajar otras ocupaciones en su esquema; como las de ama de casa, empresario, estudiante o las otrora ocupaciones “liberales” (médico, abogado, artista, escritor) en las que no hay salario, no hay patrón, no hay sindicato, no hay contrato colectivo o individual, pero sí hay generación de riqueza.

Tal vez la economía requiere de una sacudida desde sus cimientos, como la sucesión de sacudidas, sismos y cismas que experimentó la física a principios del siglo pasado con magníficos resultados.

Tomemos, por ejemplo, esa figura reverenciada por la ciencia económica y vuelta a poner en circulación en versiones condensadas, precocidas, “para llevar” y simplificadas por la ideología, que se llamó John Maynard Keynes y su obra insignia: “Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero” (originalmente: “The General Theory of Employment, Interest and Money”). A Keynes le habría encantado que se le tomase como un revolucionario de la ciencia semejante a Albert Einstein; nótese la “humilde” pretensión keynesiana de haber establecido una teoría “general” tal como Einstein en 1905, en uno de cinco brevísimos ensayos, estableció las bases de la teoría “general” de la relatividad y en otro las bases de la teoría “especial” de la relatividad. Nótese su insistencia, rayana en la terquedad, de que “su” teoría desmiente para siempre a los economistas “clásicos”.

Sin embargo: ¿Por qué no la “Teoría General del Consumo, el Trabajo y el Intercambio”?, ¿por qué la obsesión por el empleo remunerado y subordinado que es sólo una de las modalidades del trabajo y de la creación de riqueza?, ¿por qué hacer girar la economía alrededor del empleo y no alrededor de la riqueza o del esfuerzo humano para remediar la escasez?, ¿por qué no preguntarse si acaso tenía razón Aristóteles cuando decía que trabajamos para poder disfrutar del ocio (“estamos no ociosos – en el neg-otium – para poder estar ociosos”), y no a la inversa? Esta reducción del trabajo al empleo nos viene del tatarabuelo Hegel y hace de Keynes otro más de los hegelianos rudimentarios. (Seguiré mañana).

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jueves, 19 de febrero de 2009

Obama y su (tramposa) medida del éxito

Los mercados financieros no le creen a Barack Obama. No lo recibieron con entusiasmo el 20 de enero, no han festejado, en absoluto, la firma del multimillonario paquete de estímulos para reanimar la economía (ojo, ya no es de rescate) aprobado a jalones y estirones por el Congreso, ven con profundo escepticismo el programa de 75 mil millones de dólares recién anunciado por Obama para reducir los pagos mensuales que deben hacer los dueños de casas que hoy no están pagando sus hipotecas y para disminuir, así, el número de ejecuciones de esas garantías (foreclosure).

¿Están los mercados financieros equivocados?

No. Los inversionistas son pragmáticos y saben que muchas de las iniciativas de Obama hacen agua.

Tomemos, por ejemplo, el programa de reducción de pagos de las hipotecas en problemas. Obama y su equipo parten del supuesto de que la gente que no está pagando sus hipotecas – incurriendo en el riesgo de perder su casa- lo hace simplemente porque no puede pagar; conjeturan que si se disminuyen los pagos – digamos a un tercio de los ingresos de los acreditados en mora- el asunto se resolverá. Pero es probable que la realidad sea otra: muchos de los otrora "beneficiados" con hipotecas de baja calidad simplemente ya no quieren pagar por una hipoteca que cuesta mucho más que lo que vale su casa en el mercado (riqueza negativa). Preferible perder la casa (aun "ensuciando" su historial de crédito) que mantenerse atrapados en la ficción financiera. Dicho en "mexicano": Ya no quieren queso, sino salir de la ratonera.

El mismo Obama revela escepticismo al no comprometerse con una medida verificable y estricta que evalúe, en el futuro, si sus programas tuvieron éxito. Ayer Greg Mankiw, en su bitácora en la red, recordó que Obama ha tenido la astucia política de fijarse una ambigua medida del éxito: La medida del éxito, dijo Obama, es lograr "crear o salvar 4 millones de empleos". ¿Crear o salvar? Si el empleo sigue cayendo, Obama y su equipo siempre podrán decir que las cosas, de no ser por ellos, podrían haber sido peores. Los empleos nuevos se pueden medir, los empleos presuntamente "salvados" ¿cómo se miden?

Llevadas las cosas al extremo, bastaría con que existan en el futuro 4 millones de personas con empleo en Estados Unidos para que Obama proclamase que ha tenido éxito.

Por cosas así, astucias de político, los mercados financieros no le están creyendo a Obama. ¿Usted le creería?

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jueves, 1 de noviembre de 2007

Supersticiones irrefutables

Una vez que han sido promulgadas – como si fuesen revelación divina-, algunas modernas supersticiones resultan tan irracionales como irrefutables.

Escuché por la radio decir a un conocido juez y profeta instantáneo que ya está “demostrado científicamente” que un trágico accidente en una plataforma petrolera – que cobró varias vidas- se debió al calentamiento global. Este visionario, tal vez usted lo haya escuchado, se caracteriza porque maniáticamente repite las palabras como si su auditorio fuese sordo o distraído.

Ha nacido, pues, una nueva causa última que lo explica todo: El calentamiento global.

Después de escuchar este monótono evangelio – y ¡ay de aquél que dude! porque será tachado de “negacionista” (sic)- leí en un periódico de inconfundible e incorregible sintaxis que: “Impacta el IETU el bienestar”. Vamos mejorando, se trata de una superstición más compleja. La fuente original de esta otra profecía es un comunicado del banco central que dice: “Existen riesgos adicionales para la inflación (sic). En particular, es previsible que algunas empresas intenten trasladar al consumidor el costo asociado a la elevación de la carga fiscal”. Además de que en buen castellano debería decirse que ése es un posible riesgo para la estabilidad de precios, NO para la inflación, la conjetura – que el diario convirtió en superstición dogmática- es poco probable, toda vez que la competencia en la mayoría de los mercados de los bienes comerciables impediría que el presunto intento tuviese éxito.
Pero eso no importa, porque estamos en el reino de las supersticiones irrefutables. Bertrand Russell en su ensayo “Un perfil de la basura intelectual” (An Outline of Intellectual Rubbish) escribió:

“Admiro especialmente a cierta profetisa que vivió a orillas de un lago al norte del estado de Nueva York en 1820. Anunció a sus numerosos seguidores que ella poseía el poder de caminar sobre las aguas y propuso que lo haría a las 11 horas de cierto día. Llegado el momento se reunieron miles de fervorosos seguidores alrededor del lago y ella les preguntó: ‘¿Están completamente convencidos de que puedo caminar sobre las aguas?’ A una sola voz la multitud replicó: ‘Lo estamos’. Entonces ella anunció: ‘En tal caso, no es necesario que lo haga’. Y todos ellos volvieron a sus hogares muy edificados”.

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miércoles, 17 de octubre de 2007

El negocio de la suspicacia

Hubo un tiempo remoto en el que se pensaba que el buen periodista debería ser escéptico; hoy el buen periodista está pletórico de “certezas” fundadas en la suspicacia. De Descartes a Otelo.

Para un grupo de periodistas mexicanos los lectores debemos creer a píe juntillas que el cardenal Norberto Rivera encubrió a un sacerdote que abusó sexualmente de varios menores.

¿Por qué debemos creerlo? Por varias razones: 1. Porque ellos, emisores cotidianos de condenas y absoluciones, así lo creen, 2. Porque ellos, y este es un valor sobreentendido, disponen de más elementos de juicio que nosotros (simples lectores distraídos), 3. Porque ellos, y ¡ay de aquél que lo dude!, siempre defienden las causas justas y condenan, desde su tribuna beatífica, a los villanos, aun cuando las leyes – imperfectas- no siempre acierten a dar un merecido castigo a los culpables.

Un periodista con oficio, Ciro Gómez Leyva, sentenció ayer desde su columna: “El cardenal será sospechoso por los siglos de los siglos, amén”. Ése fue el enunciado central del alegato en el que comentaba el hecho de que un tribunal de Los Ángeles “resolvió no enjuiciar al cardenal como presunto responsable (…) porque el supuesto delito se habría cometido en México y contra un mexicano”.

Más adelante, Ciro emite su inapelable sentencia: el cardenal “no conseguirá la absolución de una sociedad que tiene sobradas razones para pensar que la jerarquía católica mexicana reprodujo el patrón estadounidense y europeo de abusar de los menores y proteger a los abusadores”. ¡Ah!, ya entendí. De lo que se trata es que toda la jerarquía católica de todo un continente y de al menos dos países de otro ha sido, por axioma, abusadora y encubridora. Silogismo: “Todos los jerarcas católicos estadounidenses, europeos y mexicanos son o abusadores o encubridores o ambas. Norberto Rivera es jerarca católico en México. Luego: Norberto Rivera es culpable”. Implacable “razonamiento”. Sería formalmente impecable si aceptamos como axioma el prejuicio de la primera premisa.

Y, además, nos advierte el periodista: No lo digo yo, lo dice “la sociedad”. ¿Y cómo sabemos que ése y no otro es el juicio de la sociedad? Pues, obvio: Porque lo dice Ciro y otro axioma es que Ciro siempre sabe lo que piensa la sociedad y siempre lo dice. “No puede engañarse ni engañarnos”. Como Dios.

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