viernes, 19 de marzo de 2010

¿Romper el termómetro o combatir la fiebre?

Se dice que tener un nivel de colesterol total superior a 200 es desaconsejable y que llegar a niveles de colesterol total superiores a 240 significa un alto riesgo de sufrir un ataque cardíaco.

Bien, imaginemos que un presunto “analista de la salud” anuncia que los problemas que millones de personas en el mundo tienen por su colesterol alto tienen un remedio sencillo e inmediato. ¿Cuál? ¡Subir los umbrales a partir de los cuales deba considerarse riesgoso el colesterol total en la sangre!

Es un disparate, obvio. Pero hay quienes proponen, con gran solemnidad, disparates similares en el ámbito de la economía. Por ejemplo, elevar los objetivos de inflación que los bancos centrales buscan sería, para estos “genios”, un remedio instantáneo para que dichos bancos centrales cumpliesen sus objetivos sin incurrir en “costos significativos”.

Cito: “…los bancos centrales deberían tomar en cuenta distorsiones de mercado a fin de determinar sus objetivos inflacionarios apropiados” (Alfredo Coutiño, director para América Latina de Moody’s Economy.com). ¿Objetivos “apropiados” para qué? Deben ser apropiados para hacer chapuzas, porque para combatir la inflación es claro que no servirían tales objetivos veleidosos, cambiantes.

Esa sugerencia es equivalente a proclamar que un método adecuado para combatir la fiebre es romper los termómetros, o a decir que, al considerar la afición del paciente a los “bifes de chorizo”, a los mariscos y a los huevos estrellados, el paciente debería fijarse una meta “menos ambiciosa” para su colesterol total en sangre – digamos, de 350 a 400-; una meta “consistente con su realidad”.

Por supuesto que hay muchos factores – en todas las economías del mundo- que propician presiones inflacionarias y que no está en manos de los bancos centrales combatir con instrumentos de política monetaria: falta de competencia en los mercados, falsa apertura comercial, intervencionismo del Estado en la economía fijando precios o concertándolos, prácticas oligopólicas, choques de oferta…Pero la tarea de los bancos centrales es propiciar la estabilidad de los precios, no solapar las ineficiencias estructurales de una economía.

Supongamos, sin conceder, que en determinadas circunstancias una política monetaria responsable implica “costos” que algunos no desean pagar; si no se desea incurrir en tales “costos” háganse entonces las reformas estructurales que requiere esa economía, en lugar de proponer la irresponsabilidad monetaria como política. Si la fiebre es síntoma de una enfermedad estructural, ¿qué clase de médico es el que se limita a romper el termómetro en lugar de atacar la enfermedad que origina la fiebre?

Para seguir con la analogía: los bancos centrales combaten la fiebre (digamos que son antipiréticos); a los gobiernos, incluidos los legisladores, corresponde combatir la enfermedad de origen (con antibióticos, por ejemplo, si se trata de una infección bacteriana) y a los analistas debería corresponder hacer diagnósticos y proponer soluciones un poquito más serias que ésa de romper los termómetros.

Síntoma claro del subdesarrollo perpetuo: cuando la única diferencia entre un “experto” y un chapucero común es que el primero estudió un doctorado para aprender diez formas rebuscadas de decir “no se puede” y, así, no cumplir con su trabajo.

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sábado, 12 de diciembre de 2009

Remedios contra la incertidumbre, columna de sábado en Excélsior

Hoy en Excélsior, y en la bitácora SEMANA INGLESA (pinchar en el nombre) abordo el asunto de las instituciones y su papel de remedios contra la incertidumbre. Todo ello, alrededor de las muchas tonterías que tiene uno que leer y escuchar en los últimos días, sobre la autonomía de los bancos centrales...

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miércoles, 17 de diciembre de 2008

Sorpréndeme, Ben, sorpréndeme

¿Qué es lo que sucede cuando los políticos le añaden al mandato del banco central, que es preservar la estabilidad de la moneda, el mandato de estimular el crecimiento y la creación de empleos? Sucede que los banqueros centrales se transforman en políticos y cometen errores garrafales. Como el que cometió ayer, ávida de mostrar que está haciendo algo espectacular en medio de la crisis, la Reserva Federal de los Estados Unidos.
Si lo que Ben Bernanke y su banda querían era sorprender – y complacer- al presidente electo, probablemente lo lograron. Merecen un diez como políticos astutos y un cero como banqueros centrales responsables.
También sorprendieron – y complacieron, al menos en el corto plazo- a los mercados bursátiles, que festejaron un tremendo error de política monetaria como si fuese una maravillosa noticia (“esto sí es exuberancia irracional, ¿no lo cree, mister Greenspan?”). Como agudamente señaló John Authers, columnista de Financial Times, si de veras la situación es tan desesperada como para que el banco central queme sus naves y agote todas sus municiones, significa que pasará muchísimo tiempo antes de que una empresa genere de nuevo utilidades. En realidad la situación no es desesperada, pero se necesitaba un espectacular golpe de efecto político con miras al 20 de enero, fecha en que asumirá el mando Barack Obama.
Del mismo modo, sorprendieron y complacieron de veras a los bancos en problemas, los que ahora podrán cambiar en la Fed sus préstamos malos por dinero, apalancarse diez veces o más (generar diez dólares de activos por cada dólar de capital), endeudarse a una tasa anual de 0.25% o menos e invertir en bonos de empresas y en papel comercial que les rendirán 8% o más.
Sin embargo, y sorpresas aparte, la decisión de la Reserva Federal sólo hará más prolongada la crisis. Leyeron mal un descenso en los precios y se imaginaron una terrible deflación. No hay tal. Una vez que se ha ubicado en el rango del cero al cuarto de punto (0 a 0.25) a la Fed sólo le quedará, para repetir el numerito, anunciar que le pagará a la gente para que se endeude. La locura.

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domingo, 7 de diciembre de 2008

Ocurrencias para “crecer

Esperan que digamos: “¡Hasta que se les ocurrió!”

Hay dos conductas que están profundizando la crisis y que la harán más prolongada:
1. La resistencia de los gobiernos y de los afectados por la crisis a sufrir los ajustes necesarios para que se restablezca la fijación de precios a través del mercado, y
2. Las ocurrencias de los políticos que han encontrado un escenario lo suficientemente confuso para proponer falsas soluciones mágicas, que no son más que reediciones de recetas fracasadas.
La primera conducta hace que se multipliquen las inyecciones de dinero público, las iniciativas de rescate y los descensos en las tasas de interés con cada vez peores resultados. Se interpreta – y así se dice- que la siguiente carretada de recursos públicos servirá, ahora sí, para que quienes tendrían que sufrir las consecuencias del estallido de una burbuja especulativa no las padezcan. Al comprobar los afectados y los mercados que el nuevo rescate no evitará la recesión, el pesimismo y la confusión se incrementan.
La segunda conducta consiste en que cualquier político a la busca de unas migajas de notoriedad propone ocurrencias mágicas. Un ejemplo particularmente lamentable ha sido la propuesta de legisladores del PAN para “enriquecer” la misión constitucional del banco central – que es única, y es la preservación de la estabilidad de precios – con el añadido de que el Banco de México, además, deberá propiciar el crecimiento y el empleo. No han reflexionado que sin estabilidad de precios es ilusorio el crecimiento y los empleos se desvanecen. Suponen, en cambio, que ante tales disparates habremos de exclamar: “¡Albricias!, hasta que alguien encontró la fórmula para crecer a tasas de 7% anual”. Patético.

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martes, 7 de octubre de 2008

La crisis del ensayo y el error

"Siempre puedes contar con que los americanos harán lo correcto; después de haber intentado todo lo demás": Winston Churchill.



Es el Troubled Asset Relief Plan (TARP, Plan de Alivio de los Activos en Problemas) o, si usted prefiere, el Gigantesco Fondo Público de Paulson & Co. para Administrar Activos Financieros Tóxicos. Decir que no es "la solución" a esta crisis global es decir una obviedad. En el mejor de los casos, y con mucha fortuna, servirá para poner algunos precios provisionales que podrían ayudar a combatir la parálisis de los mercados de crédito.

El TARP ha recibido tres tipos de críticas, pertinentes y contundentes:

1. Incrementa la pedagogía de la irresponsabilidad (riesgo moral) para los agentes económicos que incurrieron en las conductas temerarias que provocaron la actual crisis. Estos agentes económicos son: A. Los políticos que impulsaron – e impusieron en varios casos- el otorgamiento de créditos hipotecarios a personas no solventes, B. Los banqueros centrales que, por miedo a la recesión, inundaron el mundo de liquidez, C. Los intermediarios financieros que empataron artificiosamente deudas de largo plazo – sustentadas en un valor inflado de los bienes raíces y no en la capacidad de pago de los acreditados- con activos financieros de muy corto plazo, D. Las agencias calificadoras (¡otra vez fallaron las "murallas chinas" entre intermediarios financieros y calificadoras!), E. Los reguladores omisos, y F. Los acreditados que aprovecharon las gangas hipotecarias sin detenerse a evaluar su capacidad de honrar tales deudas.

2. El TARP no va a la raíz del problema, que es el precio inflado de las viviendas. Martin Feldstein ha propuesto un programa más sólido: apoyar la reestructura de las hipotecas, a partir de una revaloración, con descuento, del mercado de los bienes raíces; hoy, cerca del 30% de las viviendas hipotecadas en Estados Unidos tiene un valor de mercado inferior al valor nominal de la misma hipoteca…, y contando.

3. Tampoco atiende a otra raíz del problema, que es la insuficiente capitalización de las instituciones financieras. Urge que los bancos globales elevan su cociente de capital contra activos.

Haciendo caso a la sabia frase de Churchill no hay que perder la esperanza. Tarde o temprano aplicarán la receta correcta, después de intentar (casi) todo lo demás. Esperemos que sea más temprano que tarde.

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jueves, 17 de julio de 2008

Pedagogía de la irresponsabilidad

Cada vez hay más semejanzas entre la actual crisis financiera en Estados Unidos y la crisis de México que se incubó durante 1994: Los contribuyentes terminarán pagando billones de dólares para premiar la incompetencia de los reguladores, la laxitud del banco central, la venalidad de los intermediarios financieros y la irresponsabilidad de los deudores.


Sólo pasa en el mundo de la política: Si el regulador falló miserablemente, los legisladores lo premian dándole más atribuciones reguladoras – que inhiben los correctivos que imponen los mercados- así como si alguna entidad gubernamental no ha cumplido su trabajo, la “solución” es aventarle más carretadas de dinero de los contribuyentes.

En inglés se le conoce como “moral hazard” y se suele traducir al español como “riesgo moral”. En realidad se trata de aquellas conductas irresponsables que las autoridades estimulan al rescatar una y otra vez a quienes han incurrido en pérdidas derivadas de su propio desempeño incompetente, inmoral, incluso fraudulento.

Durante sus 95 años de existencia, como escribía ayer en las páginas de The Wall Street Journal Allan Meltzer, la Reserva Federal de Estados Unidos ha acumulado un desastroso historial como regulador financiero. Falló, recuerda Meltzer (autor de la más completa historia de la Reserva Federal), con la crisis de las “punto com”, falló con la crisis de las hipotecas de baja calidad, por sólo mencionar dos de los yerros más recientes. Como “premio” a ese historial ahora se propone que la Reserva Federal también regule a los bancos de inversión.

Esas nuevas facultades reguladoras entorpecerán el funcionamiento de los bancos de inversión pero son, además, un claro aviso: En caso de incompetencia, irresponsabilidad o fraude, también los bancos de inversión acabarán siendo rescatados.

Rescatar es un verbo que hace salivar de gusto a los políticos, especialmente si son legisladores, porque los políticos viven de vestirse de superhéroes al rescate de los atribulados. Se alimentan de problemas y provocan más problemas por si acaso faltasen. Nada mejor para estimular conductas que terminarán en tribulaciones que la pedagogía de la irresponsabilidad: “No te preocupes, actúa irresponsablemente, aquí está el Estado como asegurador y regulador universal”.

Al igual que México pagó una dura penitencia en 1995-1996, la salida de la crisis financiera para Estados Unidos inevitablemente se pagará con menor crecimiento, pérdida de empleos, restricción crediticia y aceptación de pérdidas. Mientras más se tarden en corregir, más doloroso será el remedio.

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martes, 1 de enero de 2008

Crisis hipotecaria: Un riesgo gigantesco

Muy rápido debo atemperar mi optimismo acerca del futuro de la economía mundial. Un amigo lector, excelente economista, me hace notar que la crisis de las hipotecas de baja calidad puede tener consecuencias desastrosas si los bancos centrales de Estados Unidos y Europa suponen, ¡como lo están haciendo hasta ahora!, que dichos préstamos valen, en dinero contante y sonante, lo que no valen.

La crisis de las hipotecas de baja calidad – "subprime" – tiene todas las características de las crisis financieras típicas en las que la expansión del crédito, avalada en última instancia por el poder de los bancos centrales para crear dinero, lleva a la sobrevaloración de los activos en riesgo y de sus colaterales (las propiedades que garantizan la eventual recuperación de los préstamos) hasta que la burbuja estalla…con dos agravantes:

1. Nadie conoce a ciencia cierta la magnitud de los activos emproblemados porque están fuera de los balances bancarios tradicionales y se han convertido en una suerte de "commodities" financieros presuntamente homogéneos gracias a la magia de la ingenieria financiera y al aval de las agencias calificadoras, y

2. Hasta ahora los bancos centrales de Estados Unidos y Europa han usado su exorbitante poder de otorgar crédito – que en el fondo es el poder para crear dinero – con el fin de evitar un quebranto mayúsculo en grandes bancos comerciales; esto significa que, en breve, han tomado como "buenos" los préstamos "malos" y la burbuja no ha estallado en toda su magnitud; sigue pendiendo sobre nuestras cabezas como una guillotina.

Con suerte la burbuja se desinfla gradualmente, porque la llamada economía real está suficientemente sana y vigorosa para ir descontando las pérdidas en etapas sin ocasionar reacciones en cadena. Con suerte, pero también puede suceder que la crisis se vuelva epidémica y entonces veríamos una caída abrupta de la demanda en las economías industrializadas, una caída de los precios de las materias primas y del petróleo y una muy severa contracción del crédito.

Es un riesgo probable que no se puede desestimar y mi amigo corresponsal tiene absoluta razón al respecto. La causa última: La capacidad de los bancos centrales de crear dinero de la nada – dinero fiduciario- entraña un gran riesgo moral (pedagogía de la irresponsabilidad) para que las instituciones financieras actúen imprudentemente acicateadas por el incentivo de obtener utilidades exorbitantes respecto de su capital.

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jueves, 1 de noviembre de 2007

Supersticiones irrefutables

Una vez que han sido promulgadas – como si fuesen revelación divina-, algunas modernas supersticiones resultan tan irracionales como irrefutables.

Escuché por la radio decir a un conocido juez y profeta instantáneo que ya está “demostrado científicamente” que un trágico accidente en una plataforma petrolera – que cobró varias vidas- se debió al calentamiento global. Este visionario, tal vez usted lo haya escuchado, se caracteriza porque maniáticamente repite las palabras como si su auditorio fuese sordo o distraído.

Ha nacido, pues, una nueva causa última que lo explica todo: El calentamiento global.

Después de escuchar este monótono evangelio – y ¡ay de aquél que dude! porque será tachado de “negacionista” (sic)- leí en un periódico de inconfundible e incorregible sintaxis que: “Impacta el IETU el bienestar”. Vamos mejorando, se trata de una superstición más compleja. La fuente original de esta otra profecía es un comunicado del banco central que dice: “Existen riesgos adicionales para la inflación (sic). En particular, es previsible que algunas empresas intenten trasladar al consumidor el costo asociado a la elevación de la carga fiscal”. Además de que en buen castellano debería decirse que ése es un posible riesgo para la estabilidad de precios, NO para la inflación, la conjetura – que el diario convirtió en superstición dogmática- es poco probable, toda vez que la competencia en la mayoría de los mercados de los bienes comerciables impediría que el presunto intento tuviese éxito.
Pero eso no importa, porque estamos en el reino de las supersticiones irrefutables. Bertrand Russell en su ensayo “Un perfil de la basura intelectual” (An Outline of Intellectual Rubbish) escribió:

“Admiro especialmente a cierta profetisa que vivió a orillas de un lago al norte del estado de Nueva York en 1820. Anunció a sus numerosos seguidores que ella poseía el poder de caminar sobre las aguas y propuso que lo haría a las 11 horas de cierto día. Llegado el momento se reunieron miles de fervorosos seguidores alrededor del lago y ella les preguntó: ‘¿Están completamente convencidos de que puedo caminar sobre las aguas?’ A una sola voz la multitud replicó: ‘Lo estamos’. Entonces ella anunció: ‘En tal caso, no es necesario que lo haga’. Y todos ellos volvieron a sus hogares muy edificados”.

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