domingo, 15 de noviembre de 2009

Ya basta de ocurrencias

Además de ser un país de ilusos, perpetuamente desilusionados, la democracia mal entendida nos puede convertir en un país de ocurrencias nefastas surgidas de las más buenas intenciones.
Juan Ernesto Pardinas, un joven brillante que hoy es director de proyectos de finanzas públicas y gobierno del Instituto Mexicano de la Competitividad, lanza hoy, en un artículo de opinión en el diario "Reforma" una ocurrencia terrible nacida - sin duda - del deseo de aportar "una idea modesta que puede ayudar a mejorar la relación entre el fisco y los contribuyentes".
La "inocente" ocurrencia que ha lanzado Juan es tan sencilla como errada: "Primero se debería aprobar el presupuesto y después la Ley de Ingresos" (cita textual).
No faltará quien diga, así, a bote pronto: ¡Qué buena idea!
Pero hay que pensar las cosas dos veces. Hay que evitar el espejismo de que cualquier ocurrencia puede volverse una propuesta si se hace con "ánimo constructivo", "con la mejor de las intenciones" y escudado en que alguien (la sociedad, nuestros amigos, nuestros jefes, la opinión pública, el gobierno, el puesto público) nos ha dotado de una calificación que automáticamente nos da una posición de "autoridad moral".
(Paréntesis para explicar este asunto de la "autoridad moral": Si usted o yo, en una plática de sobremesa nos ponemos a pontificar acerca de la política fiscal es probable que digamos, al fragor de la discusión entre amigos, una que otra burrada nacida del apasionamiento, surgida de la ignorancia y de la necesidad de decir algo ingenioso y ocurrente o de no quedarnos callados. No hay mayor problema, porque no estamos haciendo públicas tales burradas, ni las estamos imponiendo moralmente a los demás detrás del poder persuasivo que aún tiene en nuestra sociedad la letra impresa, ni mucho menos apoyados en un título deslumbrante, que suele imponer respeto, digamos el título de director de proyectos de finanzas públicas del IMCO que, hay que confesarlo, tiene mucho mayor peso público, en términos de autoridad moral, que el título de "diputado federal". El asunto se agrava si, además, quien lanza la ocurrencia, tiene un merecido prestigio, como es la caso de Juan E. Pardinas, como estudioso serio y generalmente bien documentado de algunas de las lacras de nuestras finanzas públicas, por ejemplo, como es el caso de Juan, de la pasmosa opacidad en que se ejerce el gasto público en la mayoría de las entidades federativas, sin transparencia y sin mecanismos efectivos de rendición pública de cuentas. Termino el paréntesis: Es por eso que esta ocurrencia, que va mucho más allá de una "modesta aportación" a la discusión pública, me resulta de veras alarmante: No la hace ningún improvisado, no la hace Perico de los Palotes en una larga sobremesa salpicada de alcohol, tabaco y pullas entre amigos).
Bien, vamos al punto. Imaginemos que le hacemos caso a esta ocurrencia y en la próxima e inminente revisión de todo el entramado de nuestro sistema fiscal (revisión de la que surgirá, se dice, una reforma fiscal magna y casi definitiva) se incluye como propuesta seria y atendible y, peor aún, ¡se aprueba!
Sería la mejor receta para tener presupuestos desorbitados, sin límite alguno para satisfacer todas las necesidades y realizar todos los deseos que el dinero puede comprar. Lo que a su vez, daría la coartada perfecta para que, una vez aprobados los gastos sin la molesta sujeción a un "techo" o límite de gastos, una vez convertidos los gastos en "ley", los legisladores inventaran cuanto impuesto fuese necesario para satisfacer ese gasto sin límites, y peor todavía echasen mano de todos los artilugios conocidos para elevar la deuda y el déficit públicos. ¿Que el presidente quiere duplicar los recursos para combatir la pobreza? ¡Concedido!, ¿por qué habrían de oponerse los legisladores, incluso los que se oponen al gobierno en turno, si ellos también podrán tener todo lo que deseen?, si al presidente le duplicamos el gasto para "Oportunidades", ¿cómo nos vamos a oponer a quintuplicar el gasto para educación superior?, ¿quién va a tener argumentos para oponerse a que el gasto dedicado a carreteras en los estados crezca diez veces?, ¿quién será el desalmado que le negará unos cientos de millones de pesos a los "criadores" del cine nacional?, ¿quién el necio que se opondrá a que le demos miles de millones de pesos al campo que tanto los necesita?. ¿quién se atreverá a escatimarle otros miles de millones a la seguridad pública?
Ya se la respuesta: Se supone que los contrapesos y las objeciones a más gasto surgirán de aquellos que nos recuerden que todo eso hay que pagarlo, de una manera o de otra, los límites vendrán impuestos por los sensatos de la tribu que nos avisen: Ojo, que si seguimos planeando cómo gastarnos cantidades multimillonarias de dinero mañana no vamos a encontrar de dónde sufragarlas. En fin,se supone que habrá alguien, chocante, que nos va a recordar que no hay comidas gratis.
Sí, el problema es que a ese alguien nadie le hará caso.
Una receta infalible para el fracaso económico -y la quiebra- en la vida de una persona, de una familia o de una empresa es hacer primero el presupuesto de gastos, fijarnos un presupuesto conforme con la totalidad de nuestras necesidades y de nuestros deseos (desde la comida diaria hasta las vacaciones de verano recorriendo el mediterráneo) y después ponernos a buscar de dónde sacar el dinero para "cumplir nuestro presupuesto". ¿Resultado? La frustración y la amargura ("¡es imposible cumplir el presupuesto!" nos quejaremos) o la decisión de que hay que obtener el dinero a como de lugar; robando un banco, secuestrando a un ricachón o vendiendo cocaína.
Ojalá Juan, una persona de gran honestidad intelectual, retire su ocurrencia. No sólo los deja a él y al instituto en el que trabaja muy mal parados, sino que en una de esas ¡le hacen caso! porque alguien "razonará" que la ocurrencia servirá para que que no haya tanto pleito por el dinero entre partidos, instancias de gobierno, dependencias, necesidades y deseos. Claro que sí sería una fórmula para un terso proceso de aprobación del presupuesto, porque es legitimar el reino de las ilusiones: Que los recursos no eran escasos, y había todo para todos y al mismo tiempo...y que todos vivíamos felices porque no habría escasez, enfermedad o conflictos.
¡Ay de nosotros, no sólo ilusos, también ocurrentes!

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domingo, 14 de junio de 2009

Anulacionistas, no anulistas

Si se ha de especificar con algún adjetivo a los promotores de la anulación del voto ése neologismo debería ser "anulacionistas". Ejemplo: los promotores de la abolición de la esclavitud en Estados Unidos durante el siglo XIX fueron llamados "abolicionistas". La analogía gramatical es muy clara.
Desde otro punto de vista, el anulacionismo electoral deberá mostrar en los resultados (¿y cómo lo hará sin exégetas?) que es un verdadero movimiento y no efímera ocurrencia. Si es lo segundo, acuñar neologismos para adjetivar a sus seguidores es una pérdida de tiempo.
Por cierto, una inteligente, documentada y además divertida respuesta a los entusiastas del "anulacionismo" es la que publica hoy Alfredo C. Villeda en el diario "Milenio": El voto nulo: aullidos y carcajadas.

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martes, 9 de junio de 2009

“Lo que el anulador quiso decir es…”

Ya lo tengo: Lo que requiere el movimiento de los anuladores de votos para tener éxito es que en cada casilla electoral exista un exégeta de votos anulados o en blanco. Un exégeta (como palabra esdrújula, por favor) es la persona que interpreta un texto oscuro o de difícil comprensión.

Y es que ése es el problema con la ocurrencia de los anuladores: La interpretación del gesto. Menudo problema.
Los exégetas de cada casilla, ciudadanos elegidos al azar por las autoridades electorales (“insaculados” se dice en jerga burocrático-electoral), harían algo similar a lo de aquél vocero de aquél personaje que solía decir: “Lo que don Vicente quiso decir es…”.

En este caso, el exégeta tendría que ofrecer una lectura autorizada, oficial, del voto anulado: “Lo que quiso decir la señora al anular su voto es que está muy enojada porque en esta ocasión no le tocó candidatura”…, entonces se consignaría en el acta: “Voto anulado del tipo Dulce María Sauri”, o “lo que quiso decir el señor al escribir en la papeleta Esperanza Inútil quién sabe qué sea pero se clasifica como anulación tipo Sergio Aguayo o a ver a qué horas me dan la procuraduría de los derechos humanos…”

Y podríamos llevar la experiencia más allá, hasta la interpretación profunda de cada voto, incluso de los no anulados, para lo cual sería conveniente que los exégetas de casilla tomasen cursos rápidos de grafología: “Sin duda, el trazo de la X sobre el emblema del partido es titubeante, el elector no estaba totalmente convencido de su elección, propongo que este voto se contabilice como una fracción, digamos como 0.64 de voto”.

Por supuesto todo esto es ridículo. Aunque no mucho más ridículo que las “lecturas” de los votos que nos prodigan los “expertos” una vez concluidos los comicios: “Yocrioque (sic) los electores nos han dicho muy claramente que quieren un Congreso dividido”. Lo cual deja estupefacto al atribulado elector de carne y hueso, porque cuando él fue a votar lo hizo por el candidato Zutano o por el partido Tal y punto. Pero así son los expertos y hay que ser comprensivos con ellos, si no ¿de qué van a vivir?, “¡también son mexicanos y también comen!”, como dice un comentarista financiero pidiendo subsidios para los vendedores de autos.

Es que, de veras, están viendo la tempestad y no se hincan.

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domingo, 7 de diciembre de 2008

Ocurrencias para “crecer

Esperan que digamos: “¡Hasta que se les ocurrió!”

Hay dos conductas que están profundizando la crisis y que la harán más prolongada:
1. La resistencia de los gobiernos y de los afectados por la crisis a sufrir los ajustes necesarios para que se restablezca la fijación de precios a través del mercado, y
2. Las ocurrencias de los políticos que han encontrado un escenario lo suficientemente confuso para proponer falsas soluciones mágicas, que no son más que reediciones de recetas fracasadas.
La primera conducta hace que se multipliquen las inyecciones de dinero público, las iniciativas de rescate y los descensos en las tasas de interés con cada vez peores resultados. Se interpreta – y así se dice- que la siguiente carretada de recursos públicos servirá, ahora sí, para que quienes tendrían que sufrir las consecuencias del estallido de una burbuja especulativa no las padezcan. Al comprobar los afectados y los mercados que el nuevo rescate no evitará la recesión, el pesimismo y la confusión se incrementan.
La segunda conducta consiste en que cualquier político a la busca de unas migajas de notoriedad propone ocurrencias mágicas. Un ejemplo particularmente lamentable ha sido la propuesta de legisladores del PAN para “enriquecer” la misión constitucional del banco central – que es única, y es la preservación de la estabilidad de precios – con el añadido de que el Banco de México, además, deberá propiciar el crecimiento y el empleo. No han reflexionado que sin estabilidad de precios es ilusorio el crecimiento y los empleos se desvanecen. Suponen, en cambio, que ante tales disparates habremos de exclamar: “¡Albricias!, hasta que alguien encontró la fórmula para crecer a tasas de 7% anual”. Patético.

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domingo, 1 de junio de 2008

Ocurrencia deshonesta y estúpida

La ocurrencia de promover una "consulta popular" acerca de la reforma de Pemex es típica de Marcelo Ebrard y de la troupe de López: Es deshonesta y es estúpida.


¿Es pertinente una consulta popular acera de las reformas que requiere, o no requiere, Petróleos Mexicanos?

¿Qué van a preguntarnos?, ¿cómo manejar una empresa petrolera?, ¿si compartimos el irracional mito del becerro de chapapote?, ¿nos preguntarán qué quisieron decir los redactores originales de la Constitución y qué quisieron decir los enmendadores de la Constitución al hablar de Nación, contratos, concesiones, subsuelo y recursos?, ¿nos van a consultar, acaso, si es buena idea echarle agua al pesado petróleo Maya para convertirlo en crudo ligero y así venderlo más caro?

Para los asuntos técnicos de todo tipo relativos a Pemex – de ingeniería, de sistemas, de finanzas, de mercado, jurídicos, de administración- las respuestas se conocen y no son materia de opinión popular, como no es materia de opinión popular el hecho de que la tierra que cuenta con sistemas de riego es cuando menos tres veces más productiva que la tierra de temporal.

Desde la deliberada confusión entre el universo de las verdades incontrovertibles de carácter técnico y científico y el universo de las opiniones, los mitos y los prejuicios, Marcelo Ebrard y la troupe de López muestran su arraigada deshonestidad intelectual. La ciencia y los conocimientos técnicos no requieren, para serlo, de consulta popular; es perverso y estúpido pretender que la muchedumbre o el gobierno de la chusma defina lo que es la verdad. Si así fuese, seguiríamos creyendo que el sol gira alrededor de la tierra.

Y las opiniones – "doxa"- son irrelevantes en este asunto. ¿Qué vamos a opinar?, ¿si es bonito o feo el logotipo de Pemex?

Queda una última opción: Preguntar asuntos obvios, como si estamos de acuerdo con que se combata la corrupción en Pemex o reforzar ignorancias míticas: "¿Usted cree, como debe hacerlo todo buen mexicano, que Pemex es parte de nuestra esencia nacional?"

La ocurrencia de la consulta – como lo sabe cualquier persona medianamente inteligente y honesta - es una tomadura de pelo, una estratagema tramposa que sólo dañará al país elevando - ¡más todavía! – el ruido sin sentido que provocan los renegados de la racionalidad y de la modernidad.

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