domingo, 28 de octubre de 2007

La peligrosa cursilería “progresista”

Cristina Fernández de Kirchner según todos los indicios será presidenta de Argentina. ¿Qué le añadirá a la gestión de su marido? Un poco más de cursilería, el sello de la casa “progresista” en América Latina. A este paso también perderemos el siglo XXI.


Ojalá mañana lunes, después de las elecciones en Argentina, aún permanezca la página oficial en la red de la candidata Cristina Fernández de Kirchner (CFK). Es un monumento “kitsch” de mercadotencia política – que de suyo tiene una tendencia irrefrenable a lo “kitsch” como advirtió Milán Kundera- que abreva en los charcos del “progresismo” sentimentaloide de los años 70 del siglo pasado.

La “biografía” de la candidata es una secuencia de fotografías que muestran a Cristina en distintas etapas de su vida, como los videos que algún artista aficionado realiza en honor de la festejada en las celebraciones de quince años. Las imágenes de Cristina se van desgranando – han de perdonar los lectores el verbo; la cursilería es contagiosa- mientras se escucha la voz de Mercedes Sosa, con un bonito acompañamiento de guitarra, cantando “La canción es urgente” de Teresa Parodi: “…quiero darte la hora, con las ganas que tengo, con el nombre de todos los que no se rindieron…que si vamos cantando no podrán detenernos… que es la hora del pueblo, que es la hora del grito, que es la hora del pueblo… que tu voz la levante…y que suene a victoria cuando rompa el silencio…”.

Que eso sea lo más memorable del sitio en Internet de CFK ya es toda una definición. Unos gramos más de emotividad y CFK tendrá que copiar la consigna del Plan de Desarrollo Económico y Social de Hugo Chávez en Venezuela, cuya meta es lograr “la suprema felicidad social”.

¿Cuánto cuesta sostener estas ilusiones? En los últimos cuatro años en Argentina ha costado un incremento de más de 220 por ciento en el gasto público, financiado por los altos precios del trigo, de la soya y del petróleo, entre otros bienes primarios exportables. Ha costado falisificar el índice de precios, prohibir las exportaciones de carne, repudiar gran parte de la deuda, incumplir con el suministro de gas a Chile, truquear las cifras del balance fiscal...(ver "171,000 millones de razones para votar" de José Luis Espert aquí).

¿Cuánto va a durar la ilusión? Nadie lo sabe, pero no es eterna. ¿Si vamos cantando no podrán deternos? ¡Qué lindo!

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sábado, 5 de mayo de 2007

Ya tenemos nuestros “tontos en pelotas”

Se desnudan gratis pero en muchedumbre. La tontería no alcanzaría el grado de sublime si lo hiciesen por paga y en solitario.

Lo encontré. Es uno de los artículos más divertidos que he leído. Se publicó el 11 de junio de 2003 en el diario ABC de España y lo escribió Alfonso Ussía. Se llama “Tontos en pelotas” y puede encontrarse en la hemeroteca del diario en Internet. Léanlo, es gracioso de principio a fin.

Ussía se pitorrea de las siete mil tipas y tipos que en Barcelona por aquellas fechas posaron desnudos para el fotógrafo Spencer Tunick, quien ha encontrado una minita de oro en esa afición por el despelote masivo y gratuito, revestido – vale la paradoja- de arte, de expresión de pulsiones primigenias, de rebeldía antisistema y demás patrañas que se les ocurran.

De tan sencillo el método de Tunick parece increíble: Anunciar su arribo a una ciudad, venderle a las autoridades “progre” de la aldea – nuestro afrancesado remedo de alcalde, por ejemplo, o el progre rector de la maximísima casa de estudios- la propuesta de que vestiría – que vale la paradoja- mucho a la Ciudad un “evento” tan encomiado por la progresía planetaria, como este de los tontos en pelotas posando para la cámara, abrir un sitio en la red para que se inscriban los multitudinarios tontos que desean encuerarse pero les da pena hacerlo en solitario, y les daría aún más pena cobrar por ello, y negocio hecho…para el fotógrafo y para las progre-autoridades que suman el despelote masivo a otras conquistas progresistas, como el baile de las quinceañeras, los areneros gigantes para soñar con las playas o los paseos en bicicleta de los primeros lunes del mes (versión progre de la reaccionaria costumbre de la comunión de los primeros viernes; con ambas se pueden hacer hermosos ramilletes espirituales).

Lo único malo es que las progre-autoridades de la capital mexicana sufrieron un inopinado ataque de pudor derechoso y cerraron todos los accesos a la plaza para evitar el arribo de mirones. ¡Qué chiste! Te encueras en la plaza y sólo el fotógrafo Tunick le puede sacar provecho al asunto.

¿O sería, en lugar de pudor, una barrera de entrada para que eventuales competidores de Tunick no pudieran aprovecharse de la oferta de los tontos en pelotas? El negocio es el negocio.

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viernes, 9 de marzo de 2007

El Estado y su monopolio de la "bondad"

El legendario Scrooge ahuyenta de mal modo a los pedigüeños: "¡Ya pago impuestos!", como si les recordase: "Pídanle al munificente Estado la compasión que me expropió".


La tradicional virtud judeocristiana de la caridad, merced a la absorción y anulación de las virtudes personales en el gran e impersonal colectivo del Estado, acabó en un sucedáneo de ínfima calidad, rebautizada como "sensibilidad social".

El Estado de Bienestar significa en el fondo que la bondad – en una versión diluida en retórica vacua – se ha vuelto otro de los monopolios del omnipresente Estado. No hay más virtud individual, el hombre se redime dejándose arrastrar por la corriente colectiva y todo lo que se le pide es que se adhiera con más o menos fervor a la consigna dictada por los políticos: "No soy nada sin el Estado".

A diferencia de la que ejercían las abnegadas religiosas y religiosos dedicados, para mayor gloria de Dios, a socorrer el prójimo, la compasión se ha funcionarizado. La ejercen funcionarios a sueldo, como la enfermera – bien o mal pagada por el Estado- que despacha apresurada un medicamento mientras observa inquieta el reloj para no llegar tarde a la asamblea sindical en la que se discutirán las próximas demandas salariales que le harán al "patrón" – que es el Estado- y que habrá de pagar el contribuyente o el beneficiario de la "seguridad social" que es, tal vez, ese mismo paciente a quien se le escatimó una palabra de consuelo porque no estaba estipulada en el contrato colectivo.

Como un residuo de la olvidada caridad – asunto de cada cual con su conciencia o con Dios- abominar del interés, se convierte en el santo y seña de la "conciencia social", del "ser de izquierda", de la "sensibilidad progresista". Paradójicamente, la búsqueda del interés – en un mercado libre en el cual la competencia se hace con reglas iguales para todos- resulta más eficaz para desperdigar el bienestar que toda la fastidiosa retórica colectivista.

¿Por qué será que en las sociedades en las que el Estado se ha abrogado la ejecución de toda virtud, la filantropía desfallece?

Hay que releer a Dickens: El legendario Scrooge tiene la coartada perfecta, ahuyenta a los pedigüeños recordándoles que él paga impuestos. Como si les dijese: "Vayan y pídanle al Estado la compasión para huérfanos y enfermos de la que gentilmente me despojó".

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domingo, 4 de marzo de 2007

Al Gore y la venta de indulgencias verdes

Si usted quiere quemar combustibles fósiles en proporciones “inconvenientes” lo que hace es pagar sus culpas comprando una cobertura de carbón a un pobre diablo que, quiera o no, sí restringe su consumo de energéticos contaminantes.

La flamante estatuilla del Oscar que recibió Al Gore fue abollada sin misericordia por una ONG de Tennessee que reveló que la mansión de este paladín de la moralina ecologista consume más energía eléctrica en un mes de lo que un hogar promedio en Estados Unidos consume en un año.

A esta inconveniente revelación se sumó otra: Para mantener agradablemente cálida su alberca el señor Gore quema cada mes tanto gas natural como para pagar una factura de $500 dólares.

Las revelaciones del Tennessee Center for Policiy Research tuvieron rápido eco en la prensa mundial y en The Wall Street Journal (WSJ) del primero de marzo ironizaron acerca de la “inconveniente alberca” del ex vicepresidente.

Pero el señor Gore está tranquilo – aun cuando esto, junto con su frenética quema de combustibles fósiles en sus frecuentes viajes en jet, parezca desmentir sus prédicas acerca del “calentamiento global”- porque paga “compensaciones de carbón” a cambio.

Se trata de un floreciente mercado de coberturas y bonos de carbón alrededor del mundo que permite a empresas y hasta a países contaminantes intercambiar “x” contaminación aquí por “y” proyecto de protección al ambiente acullá: Una fábrica lanza toneladas de bióxido de carbono a la atmósfera, pero patrocina un proyecto ecológico en la selva del Amazonas. Este mercado, como informaba recientemente Luis Miguel González en el periódico “Milenio”, tiene su versión a escala para particulares con sentimientos de culpa ecológica.

Un viaje redondo en avión Ciudad de México - Londres genera 2.56 toneladas de bióxido de carbono, pero usted puede conservar impecable su historial ecologista – y calmar cualquier cosquilleo en la conciencia- pagando a Climate Care 19.4 libras esterlinas.

Todo esto suena mucho como la venta de indulgencias que tanto indignaba a Martín Lutero y que, entre otras causas, dio origen a la llamada reforma protestante. Los cínicos cavilamos que no sería descabellado que la razón por la que algunos predicadores de hoy le inyectan tanto alarmismo a sus predicciones sobre el infernal calentamiento del planeta, no es otra que la de encarecer el precio de las “indulgencias verdes”. ¿Será?

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martes, 27 de febrero de 2007

Migración y comercio: Nudo de incoherencias

Es absurdo estigmatizar la libre migración de trabajadores al tiempo que se cantan alabanzas retóricas al comercio libre. Esta conducta esquizofrénica – común entre los políticos estadounidenses y europeos- revela que los prejuicios más reaccionarios se han instalado cómodamente en las propuestas de quienes presumen de progresistas.

Hace unos días The New York Times (NYT) trataba de dilucidar una presunta incógnita acerca del Tratado de Libre Comercio de Norte América: ¿Por qué, se preguntaba el diario, el TLCAN no ha frenado la migración de trabajadores mexicanos hacia Estados Unidos?

Se supone que el NYT representa la visión “progresista” y de “izquierda” en Estados Unidos. El solo hecho de plantear una pregunta tan absurda – como si la virtud del libre comercio fuese ser el antídoto contra la libre migración- confirma hasta qué punto el supuesto “progresismo” estadounidense (mal identificado en Estados Unidos como “liberal”) está infectado de prejuicios reaccionarios, así como de análisis y de información sesgados y defectuosos.

Otro tanto sucede en la Unión Europea con las posiciones presuntamente “progresistas”.

Las contradicciones y argumentos falaces del reportaje del NYT son analizados desde una perspectiva estrictamente académica en el espléndido weblog “Politics of Immigration and Trade” de Mariana Medina Garciadiego.

Sin entrar en el análisis académico, hay que anotar que este incoherente enfoque hacia el comercio y la migración – en el que la ultraderecha y los socialistas de diverso linaje acaban por coincidir, para explotar electoralmente los sentimientos xenófobos- no sólo es común, sino que representa uno de los mayores obstáculos que el mundo desarrollado está poniendo al progreso de los países pobres y en desarrollo.

Prejuicios, por otra parte, que por desgracia encuentran su paralelo exacto dentro de la retórica contra el libre comercio que aún persiste entre los líderes supuestamente “progresistas” de los propios países en desarrollo.

En América Latina los gobiernos están dejando pasar una oportunidad preciosa para construir nuevos liderazgos globales alrededor de una lucha decidida a favor del libre comercio y la libre migración.

Sorprendentemente han sido los gobiernos de los pequeños países de la región centroamericana, como en el caso de El Salvador, los pocos que han visto todo el potencial de esta rendija de oportunidad – exigir a los países “ricos” genuina libertad de comercio y libertad migratoria auténtica- como palanca eficaz para lograr la prosperidad y combatir la pobreza.

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