Un club de arrogantes, un poquito tontos
Cualquier periodista del mundo sabe que si se juntan los financieros con los políticos habrá “nota”. Sucederá, o al menos se dirá, algo “notorio”, digno de hacerse noticia y transformarse en comentario, análisis y crítica pública más o menos estentórea.
Ambos grupos – financieros y políticos – tienden a tener acerca de sí mismos una imagen más grandiosa de lo que les corresponde en la realidad.
El político cree, de veras lo cree, que lo que dice o lo que hace tiene repercusiones contundentes e inmediatas en millones de seres humanos. Pero pocas, muy pocas veces es así. La vida cotidiana sigue y en la mayoría de los casos “la gente” (es decir el 98 por ciento o más de las personas) ni se da por enterada, sigue trabajando, riendo, llorando, comprando, vendiendo, especulando, rezando, maldiciendo, criando hijos, consintiendo nietos, amando, cultivando gozos o amarguras. Y eso sin importarle un rábano lo que hagan o digan los políticos.
Algo similar sucede con los financieros. Se creen más de lo que son en realidad: Más poderosos, más influyentes, más decisivos para el cosmos. Pobres.
Hay un tercer grupo social, el de los periodistas, donde también somos extremadamente vanidosos; soñamos que el mundo se estremece cotidianamente al influjo de nuestros mensajes, pero poquísimas veces es así. Con un agravante: Alimentamos la vanidad y la grandilocuencia de políticos y de financieros.
Políticos, financieros y periodistas: Un club selecto que cree ingenuamente que domina al mundo.
Casey B. Mulligan, profesor de economía en la Universidad de Chicago, escribió en The New York Times algo muy sencillo y que debería resultar obvio: Salvar a los bancos NO es salvar al mundo.
Lo más probable, en medio de esta crisis político-financiera global, es que el mundo NO necesite ser salvado de la recesión o de la depresión económica. Y es un hecho, además, que políticos, financieros o periodistas no somos confiables como redentores.
Ni siquiera somos capaces de curar una gripa o de calmar un corazón atribulado. La economía sigue funcionando como siempre. Pregúntenle a la señora que fue al supermercado ayer y que ni siquiera sabe, ni le importa, que los accionistas de esa empresa están en medio de la peor tormenta financiera de los últimos 50 años.
Etiquetas: arrogancia progre, crisis, el miedo a la recesión, financieros, periodistas, políticos, tontería


