martes, 30 de septiembre de 2008

¿Tuvieron razón?

Los legisladores que votaron el lunes en contra del rescate de activos financieros tóxicos, ¿hicieron lo correcto?

Los actuales legisladores de la Cámara de Representantes de Estados Unidos esperan ser reelectos el próximo 4 de noviembre. No debe sorprender que orienten su voto en función de los deseos de la mayoría de sus electores quienes se oponen, según las encuestas de opinión, al paquete de rescate propuesto por el gobierno de George W. Bush.

En lugar de culpar a los legisladores, que actuaron en todo caso conforme a lo que los electores esperan de ellos (así era la democracia, cuando me hablaron de ella), el atribulado equipo de rescate que encabeza el Secretario del Tesoro, Henry Paulson debe admitir que no ha persuadido al ciudadano común de que es indispensable firmarle un cheque en blanco.

De hecho, Paulson ha logrado convencer a muy pocos fuera de Wall Street y del gobierno. Varios economistas prestigiados, como Gary Becker, han criticado con sólidos argumentos la fragilidad de la propuesta, destacando entre otras cosas el inmenso estímulo a la irresponsabilidad de bancos e instituciones financieras – “riesgo moral” – que supone. Invito al lector a consultar las reflexiones de Becker y de Richard Posner aquí.

Decenas de economistas y de observadores, por ejemplo, critican que el plan de rescate proponga comprar “activos tóxicos” con dinero de los contribuyentes (una forma enrevesada e improbable de capitalizar a las instituciones en problemas), en lugar de obligar a la capitalización de los bancos con dinero fresco de los actuales accionistas o de otros inversionistas o de capitalizarlos directamente, mediante la compra de bonos convertibles en capital.

Esta propuesta – la de la capitalización- tiene mucha más lógica y probabilidades de éxito que la de endosar a los contribuyentes la compra de activos tóxicos cuyo valor es incierto (por eso son ilíquidos). Si el gobierno comprase esos activos en lo que hoy los valora el mercado NO resuelve nada, porque prácticamente estaría cambiando “nada” por “nada”. Si, como una forma tortuosa de capitalizar a los bancos, compra los activos tóxicos a un precio “inflado”, está regalándole el dinero de los contribuyentes a quienes administraron mal los bancos.

Vuelvo a preguntar, los opositores del lunes ¿tuvieron razón? A mí me parece que sí, y por partida doble. Como políticos en busca de la reelección y como ciudadanos defendiendo el dinero de los contribuyentes.

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domingo, 30 de marzo de 2008

Lo que cuesta parir un ratoncillo…

¿De veras será inevitable condición de la democracia mexicana la bajísima productividad?, ¿esa desproporción entre los recursos empleados, que parecen vastísimos, y los resultados logrados, los posibles nos dicen, que se antojan miserables?


Félix María Serafín Sánchez de Samaniego. Con ese dilatado nombre, que hoy podría ser de galán de telenovela o, mejor, de eterno aspirante perdedor – rijoso, altanero y desbocado - a gobernar Tabasco o, por poco que lo apuren, el país entero, anduvo por el mundo, allá entre 1745 y 1801, el más popular fabulista español. Tan popular, y tan conspicuo huésped de los textos escolares de la primaria, que hasta algunos políticos verbosos podrían hallar – en sus agujeradas memorias- retazos de alguna de sus versificadas fábulas.

Por ejemplo, la fábula del “parto de los montes” que, hay que reconocerlo, tiene algunos endecasílabos memorables como el del inicio:

“Con varios ademanes horrorosos”

Aquí, el lector contemporáneo, si además ha sido espectador de los desfiguros de la política en México, puede imaginar al predicador tabasqueño -eso sí: “legítimo” predicador (“cuídese de las imitaciones”, “no tenemos sucursales”)-, exhortando a sus femeniles “fascios de combate” y “escuadrones de acción” a defender el petróleo nacional de las asechanzas de los malvados. No faltará, en la escena, a la vera del predicador, el presunto intelectual que manufactura una ocurrencia palabrera – “el petróleo hace patria” – como coartada moral para la fragorosa batalla contra los fantasmas. Pero volvamos a las siguientes líneas de la fábula de Samaniego:

“Los montes de parir dieron señales;
“Consintieron los hombres temerosos
“Ver nacer los abortos más fatales.
“Después que con bramidos espantosos
“Infundieron pavor a los mortales,
“Estos montes que al mundo estremecieron,
“Un ratoncillo fue lo que parieron”.


Tal parece que con “bramidos espantosos”, con “ademanes horrorosos”, con premoniciones de tremendos terremotos y otras descomunales amenazas (o promesas, dependiendo el punto de vista) de grandes transformaciones, al final – si bien nos va- tendremos “un ratoncillo” como reforma de Pemex. Eso sí, a un costo – medido en gritos, sombrerazos, desgaste neuronal y emocional, derroche de palabras vanas- que se antoja inconmensurable.

Me pregunto, como al principio, ¿tiene que ser, inevitablemente, tan baja, miserable, la productividad reformadora en una democracia?

¿Será posible que el traficante de ruido imponga sus condiciones de inflación verbal y desvalorización eidética?, ¿tendremos ratoncillo y no reforma?

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miércoles, 13 de febrero de 2008

¿Por qué las minorías mandan?

Las minorías pesan más que los consumidores en el diseño del marco institucional porque están organizadas. Y están organizadas porque la utilidad que obtienen al orientar el marco institucional en su beneficio supera con creces el costo de organizarse. A los consumidores, dispersos, desorganizados y con intereses diversos, les sucede lo contrario.

El libro “La lógica de la acción colectiva” del economista Mancur Olson se publicó en 1965 y fue parte de la revolución copernicana de la ciencia política ya que despojó a la democracia de su halo romántico para mostrarla como en realidad es: Un arreglo político lleno de defectos y de riesgos que, sin embargo, tiene la enorme virtud de ser menos malo que los otros arreglos conocidos: dictadura, despotismo, anarquía o guerra permanente.

El principal hallazgo de Olson fue que en una democracia las minorías organizadas en torno a un interés único suelen prevalecer sobre las mayorías desorganizadas con intereses dispersos. Y que tales minorías pagan los costos de organizarse porque los beneficios que obtienen al influir en el diseño de leyes y políticas públicas resultan mucho más altos que los costos. Por el contrario, la utilidad que las mayorías obtendrían a cambio de informarse y organizarse para influir en las decisiones políticas no compensa los elevados costos en que incurrirían. El arquetipo de la mayoría desorganizada (y desatendida por los políticos y los gobiernos) somos los consumidores.

Todos somos consumidores, pero en esa condición tenemos mucho menos peso político que como productores, miembros de un sindicato o de un partido o socios de un gremio profesional. En las urnas cada voto pesa lo mismo, pero en el Congreso Juan pesa mucho más si se presenta como miembro del sindicato de petroleros que si lo hace mostrando su credencial de elector.

El político tiende a satisfacer las demandas de esas minorías organizadas porque, a diferencia de la mayoría anónima, esos grupos sí le pueden retribuir sus esfuerzos por complacerlos. Ésa es la razón de fondo por la que suelen estar tan mal defendidos los intereses del consumidor en las instancias que diseñan el marco institucional: Congresos y gobiernos.

A 43 años de distancia el hallazgo de Olson sigue opacado por la romántica leyenda de que la democracia es el gobierno del pueblo y para el pueblo. No del todo, no siempre.

Mañana: Colección de ejemplos mexicanos.

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