lunes, 25 de mayo de 2009

¿Cómo empezó esto? (IV)

Varias instituciones financieras de los Estados Unidos han sufrido, durante esta crisis, la injusticia de las generalizaciones. Ahora sabemos, porque cada institución ya fue probada en medio de las turbulencias financieras de 2007, 2008 y 2009, que J. P. Morgan Chase y Bank of America, por ejemplo, siguieron una administración de riesgos más responsable que Citigroup, Merrill Lynch o Bear Stearns. Estas diferencias pueden parecer notables cuando se considera que todas jugaron, en términos de regulaciones y legislación, en la misma cancha de juego y con las mismas reglas, ¿por qué en unas entidades sí funcionó con alguna eficiencia la autorregulación y en otras no?

Tal vez la respuesta radique en el aprecio que el Consejo de Administración de cada una de ellas tuvo, o no tuvo, hacia la importancia de conservar una sólida reputación y, consecuentemente, a la propensión, o no, de privilegiar los resultados de largo plazo por encima de las oportunidades coyunturales.

Es, en el fondo, un asunto de buen gobierno corporativo y de que la administración tenga incentivos debidamente alineados con los objetivos de los accionistas.

Un ejemplo reciente, y local, de incentivos perversos: En noviembre de 2008 uno de los grandes bancos que operan en México (Santander) declaró que su estrategia sería disminuir su exposición al riesgo, especialmente en crédito al consumo, muy por debajo de los niveles promedio de sus competidores en el mercado mexicano. Suena bien. Empero, en mayo de 2009 – es, desde luego, un caso real y documentado- uno de sus clientes es informado de que, sin jamás haberla solicitado, se le ha otorgado una tarjeta de crédito con un límite de endeudamiento superior a 40 mil pesos. ¿Correcto? No, ¡terriblemente mal!, el cliente, cuya única relación con el banco era haber sido director general de una empresa cuya nómina manejaba ese banco, desde el fin de enero renunció a ese puesto directivo y no ha ingresado un solo centavo en esa cuenta, ¡el parámetro para darle un crédito a un “desempleado” (alguien en cuya “cuenta de nómina” ya no se ingresan depósitos es un “desempleado”), que jamás lo solicitó, fue el saldo promedio de una cuenta de cheques en la que no se había recibido un solo depósito en más de tres meses!

Esta pésima práctica sólo se explica por una administración incompetente, que seguramente padece de mala alineación de objetivos e incentivos. Ese mal acabará por corregirlo dolorosamente el mercado, pero las regulaciones deben contribuir a las sanciones del mercado, no obstruirlas.

Mañana seguiré con otros ejemplos.

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¿Cómo empezó esto? (III)

Se ha insistido, con razón, que también en el origen de esta calamidad jugó un papel decisivo una inadecuada regulación. Si lo que se quiere decir con ello es que las agencias reguladoras no hicieron bien su trabajo, la afirmación es totalmente cierta; si, en cambio, se quiere decir que faltó regulación o que el desastre se habría evitado con mayores regulaciones, la afirmación es totalmente errónea.

No faltaron regulaciones, ni agencias reguladoras. Por el contrario, la crisis en ciertos casos fue alimentada por el protagonismo de algunos reguladores actuando como brazo ejecutor de políticas ruinosas, el mejor ejemplo fue la presión de los reguladores hacia los bancos para impulsar el otorgamiento de hipotecas de baja calidad.

Por otra parte, la regulación falló también por estar mal diseñada en términos de incentivos. Es incuestionable que los bancos deben incrementar su capital y sus reservas conforme incrementan su exposición al riesgo; eso es lo que señalan los Acuerdos de Basilea (“Basilea II” en este caso), pero dicha regulación global tiene un diseño endeble que le permite a las instituciones financieras eludirla colocando activos de alto riesgo, como las hipotecas de baja calidad, fuera del balance del banco, por ejemplo en los llamados “vehículos estructurados de inversión” administrados por fondos de cobertura en los “bancos-no bancos”, o banca de inversión.

Todo mundo en el medio financiero sabía de la existencia de esa zona gris. Los reguladores la aceptaron tal vez suponiendo que las agencias calificadoras harían su trabajo y que serían ellas las que se encargarían de sancionar tales riesgos; si se trataba de activos de alto riesgo así los calificarían. Pero las calificadoras fallaron miserablemente, no hicieron su trabajo.
¿Por qué? Porque al igual que los bancos sus incentivos no están alineados con lo que pretende la regulación. El muy defectuoso diseño de las agencias calificadoras no es una novedad. Todos sus incentivos están alineados para complacer a los emisores y colocadores de valores en el mercado, no los intereses del inversionista-acreedor. Este último está indefenso frente a las fallas de las calificadoras. Aún ahora, después de su desastroso desempeño, siguen teniendo un exorbitante poder – sin contrapeso alguno - para premiar o castigar con sus calificaciones a los emisores (empresas, bancos, fondos, gobiernos y países). ¿Quién califica a las calificadoras?, ¿quién garantiza la integridad y solvencia de sus análisis? Gran asignatura pendiente.

Aun en dicho entorno de regulación fallida, hubo bancos que actuaron con mayor responsabilidad que otros.

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lunes, 20 de abril de 2009

El mal gusto de ser acreedor

A los políticos se les olvida que el universo “clientes de la banca” también incluye a los acreedores, es decir: a quienes depositamos dinero en esa instituciones. Sólo tienen ojos para los deudores, como si el dinero que se las prestó a los deudores hubiese salido de las bóvedas del odioso tío Rico McPato (Uncle Scrooge McDuck) y no de los bolsillos y ahorros de millones de anónimos depositantes.

Elizabeth Warren, presidenta del panel que nombró en noviembre pasado el Congreso estadounidense para que supervisase que los bancos usen bien los recursos públicos que hubieren recibido con motivo de la calamidad económica global que padecemos, se ha quejado de que algunos bancos estadounidenses han elevado sus comisiones y están cobrando elevadas tasas de interés en los préstamos al consumo.

Si me topase con la señora Warren, que también ha sido una profesora muy popular en varias universidades de Estados Unidos, podríamos tener un incómodo intercambio de opiniones; ella defendiendo los intereses de los deudores de los bancos; yo defendiendo los intereses de los acreedores, suplicando que no se los olvide que los acreedores no sólo somos avaros ricachones sino también trabajadores que llevan una vida frugal y que han confiado sus ahorros (diferencia entre ingresos y gastos) a los bancos.

También le preguntaría a la señora Warren si supone, acaso, que se les dio dinero público a ciertos bancos con la finalidad de que lo malgastaran y de que condujeran más rápido a esas instituciones a la quiebra.

Le preguntaría, en fin, si cree que los ahorradores-acreedores no somos también contribuyentes interesados en que los bancos regresen lo antes posible – mediante la generación de utilidades- los recursos públicos que han recibido.

Los acreedores en este mundo somos numerosísimos. Para empezar, todos los asalariados son acreedores (las empresas para las que trabajan desde el día 2 y el día 16 de cada mes ya les están debiendo dinero); todos los pensionados lo son; todo el que tiene dinero en un banco es un acreedor; todos los que trabajan por su cuenta y tienen que esperar uno, dos, tres o hasta más meses para que les paguen son acreedores.

La moneda tiene dos caras, pero los políticos ven sólo una cara de la moneda – la de los deudores- porque creen que eso les permite posar de redentores de los oprimidos. Farsantes.

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martes, 7 de abril de 2009

Evaluación serena del G-20 (2)

Tengo para mí que el resultado más importante y positivo de la reunión del G-20 fue que se lograse abortar la equivocada pretensión europea (principalmente de los gobiernos de Francia y Alemania) de crear una regulación financiera supranacional rígida, restrictiva, politizada y demagógica, que manejaría alguna burocracia internacional al estilo de la ONU. Eso es lo que festejaron los mercados financieros al final de la cumbre, más que la inyección de recursos en billones de dólares para estimular una recuperación.

No sólo se trata de que cada país y cada economía tiene peculiaridades que una regulación financiera supranacional no sabría entender ni atender, sino de que en materia de regulación los excesos siempre (repito: siempre) resultan más costosos que las omisiones. Sé que decir esto, en medio de una crisis global cuya principal causa parecen ser las omisiones de los reguladores en Estados Unidos, es políticamente incorrecto y parece un contrasentido, pero hay que saber ver un poquito más allá de lo reciente para analizar con objetividad la historia.

Invariablemente, el intervencionismo controlador ha generado más problemas que soluciones.

Aclaro que sí es preciso, y urgente, ampliar el perímetro de lo regulado (aplicar a los bancos-no bancos, como a las administradoras de fondos de inversión o de cobertura, o como a las sociedades financieras de objeto múltiple, para ponerlo en terminología local, los mismos parámetros estrictos de capitalización y de formación de reservas que se aplican a la banca convencional), pero ello lo debe hacer cada país y sin incurrir en un afán controlador que inhiba la creación de nuevos mecanismos para potenciar los efectos benéficos de la intermediación.

Lo que es un auténtico despropósito en materia de regulación es entrar a terrenos demagógicos, como ése de fijar topes a los salarios de los ejecutivos que trabajan para intermediarios financieros privados, como si fuesen servidores públicos, burócratas, y como si limitar sus ingresos los hiciese automáticamente más probos y mejores personas. Es odioso y repulsivo ese prurito de los políticos por convertirse en niñeras o en directores espirituales de las personas.

Por cierto, las conclusiones del G-20 no pudieron eludir esa ridícula concesión a la demagogia. Esperemos que sólo haya sido eso, una concesión retórica para consumo de la galería, que suele demandar chivos expiatorios y santas inquisiciones que quemen a tales chivos expiatorios en leña verde.

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miércoles, 11 de marzo de 2009

Dejen de manosear mi dinero

No sé con qué autoridad, moral o jurídica, algunos legisladores se han propuesto manosear el dinero que yo y cientos de miles de personas más le prestamos a los bancos. Ese dinero se lo prestamos a los bancos con la finalidad de que éstos, a su vez, lo presten, cobren intereses, obtengan utilidades y además nos paguen intereses a los depositantes o, en el peor de los casos, nos lo conserven a buen recaudo.

Es probable que los legisladores que quieren ponerle topes a las tasas de interés del crédito al consumo (tarjetas de crédito) ignoren que de cada peso que prestan los bancos cuando menos 76 centavos es dinero de los ahorradores, no de los banqueros. (Estoy usando el indicador más generoso que sería el índice total de capitalización de la banca mexicana respecto de los activos con riesgo de crédito, a diciembre de 2008, que es de 24.25, pero en realidad el porcentaje de dinero ajeno que prestan los bancos es mucho mayor). Si lo ignoran, se trata de una ignorancia culpable y de una (otra más) muestra de gran irresponsabilidad. Y si lo saben, no tienen vergüenza.

Si le quieren poner topes a las tasas de interés que los bancos le cobran a quienes usan el crédito al consumo (y tienen el mal hábito de no liquidar mensualmente esa deuda), obligarán automáticamente a los bancos a ponerle también topes a las tasas de interés pasivas, que son las que los bancos pagan a la mayoría de sus acreedores; los acreedores –les informo- somos todos los que tenemos dinero depositado en los bancos.

Obligarán también a que los bancos, para compensar riesgos, nos cobren comisiones más elevadas a quienes ahorramos.

A mí no me toman el pelo diciendo que con su ocurrencia le ponen límites a la ambición de los banqueros. Pamplinas. Su ocurrencia fastidia tanto a los acreedores como a los deudores de los banqueros.

A los acreedores nos fastidia porque pone en riesgo la rentabilidad, que ya de suyo es baja, que podemos obtener de nuestro ahorro. Y a los deudores porque obligará a que los bancos sólo le presten a quienes otorguen mayores garantías de pago, es decir: a quienes menos lo necesitan.

Así, pues, legisladores ínclitos (busquen en el diccionario y entenderán que uso el adjetivo como sarcasmo), ándense con cuidado y no se metan con mi dinero. ¿Así, o más claro?

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lunes, 2 de marzo de 2009

La crisis en pantuflas (1)

Las pantuflas son, como bien ilustra el diccionario, calzado que para mayor comodidad se usa para andar por casa. Tratemos de entender la presente crisis económica global “en pantuflas”, de forma tan cómoda, intelectualmente, que hasta un diputado o un locutor de radio o televisión pueda saber de lo que está hablando sin necesidad de parlotear incoherentemente acerca de asuntos que para su entendimiento (el entendimiento de ellos, desde luego, no el de usted, apreciado lector) son abismales.

Algunas estrellas del firmamento mediático (escuchemos: “déjeme le digo, le explico, le señalo, le reitero, aunque usted lo sabe, lo sabe bien, vamos bien, venga, vaya, más que bien…”), hacen el mismo papelón que la jovencita rusa que, en un concurso para descubrir tiernos talentos musicales, cantó con harto sentimiento algo sobre un tal “Ken Lee”, siendo que la letra original dice “I can’t live”, y cuando uno de los jurados le preguntó (con “mala leche”) que cuál era el idioma en que cantaba contestó “anglishki” (así se oye “inglés” dicho en ruso), tan quitada de la pena.

Bien, hagamos un servicio a locutores y políticos que sufren apuros para hablar sobre esta crisis y definamos, en lenguaje llano y cómodo, en pantuflas, algunos elementos básicos de esta calamidad financiera planetaria.

Empecemos por los bancos: ¿Qué es, en pantuflas, la esencia del negocio bancario? Prestar dinero que mayoritariamente, más del 90%, no es de los dueños del banco, sino de los depositantes; el dinero de los depositantes son “pasivos” para el banco.

Los préstamos acaban siendo datos en un archivo (papelitos en un cajón) y dicen por ejemplo: “Juan debe 100, los pagará en 15 años a una tasa anual de 8%, dio como garantía la casa que compró con los 100 que le prestamos”. Esos datos se llaman “activos en riesgo”. En riesgo ¿de qué? De que Juan no pague. Alguien no hizo bien su trabajo y supuso que la casa de veras valía 100 –que no los valía- y que en el futuro inexorablemente seguiría subiendo de precio.

Hoy nadie da por la casa de Juan más de 40, y Juan no puede, o no quiere, pagar. El banco no quiere quedarse con la casa porque su negocio no es rematar casas con pérdidas del 60 por ciento en un mercado deprimido. Y los políticos tampoco quieren que los bancos se pongan a rematar casas de deudores incumplidos, ¿por qué?
Mañana trataré de explicar por qué, pero en pantuflas.

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miércoles, 18 de febrero de 2009

Estos legisladores nos van a perjudicar

En la vida pública los actos deben juzgarse por sus resultados, no por las buenas o malas intenciones de quienes los ejecutan. Tal vez los legisladores (diputados y senadores) que desean poner topes a las tasas de interés activas estén llenitos – o llenitas, para no discriminar a nadie- de buenas intenciones hacia los deudores, pero los efectos de su ocurrencia, de llevarse a cabo, serán terribles para quienes requieren crédito, en particular, y para todos los mexicanos, en general.
Cuando, por ejemplo, un legislador señala que un banco que opera en México, pero cuya matriz está en Canadá, debe cobrar la misma tasa de interés a los deudores en México que la que cobra a los deudores en Canadá, está manifestando una gran ignorancia.
Primero, porque las monedas en cada caso – dólares canadienses y pesos mexicanos – son distintas; segundo, porque la morosidad, mayor o menor, que registran las carteras crediticias es diferente en cada país y, tercero, porque las leyes y la vigencia del Estado de Derecho en cada uno de esos dos países son diversas, lo que implica que la probabilidad de recuperación del crédito es diferente según se trate de Canadá o de México (por cierto, debe ser tarea de los legisladores mejorar el marco jurídico y su aplicación en México para, de esa forma, incidir con eficacia en un menor costo del crédito).
Las tasas de interés (en este caso, las tasas activas) reflejan esas diferencias. Si se pretende decretar una tasa máxima o tope lo que se provocará será que cada vez habrá menos crédito, hasta su extinción.
Por otra parte, los legisladores partidarios de ponerle un tope a las tasas de interés del crédito al consumo desdeñan el hecho, fundamental, de que el crédito personal al consumo NO tiene más garantía que la firma del acreditado. Es un principio elemental de la actividad bancaria en todo el mundo, y a lo largo de la historia, que las tasas activas están determinadas, entre otros factores, por la calidad de las garantías que respaldan los créditos.
Estos legisladores, tan prontos para hacer declaraciones populacheras y para fabricar propuestas voluntariosas, nos van a perjudicar a todos aun cuando nos juren otra vez amor incondicional (a la vista de las próximas elecciones) y aun cuando proclamen que están llenitos o llenitas de las mejores intenciones.

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lunes, 15 de diciembre de 2008

Competencia bancaria: Punto muerto

Otra vez, la pantalla de la TV como garrote
Hasta febrero, en el mejor de los casos, podremos saber para quién legislan, en materia de competencia bancaria y de defensa efectiva de los derechos de los usuarios de servicios financieros, los senadores y los diputados mexicanos.
Por lo pronto, el jueves pasado, 11 de diciembre, el senado apareció alineado con quienes desean poner barreras al acceso de millones de mexicanos a servicios financieros más o menos competitivos; acceso que se lograría con la modalidad de los corresponsales bancarios tal y como se había diseñado originalmente. Del mismo modo, el senado se opuso a brindar a los usuarios de servicios financieros una defensa más efectiva ante eventuales abusos de las instituciones bancarias: votó en contra de dotar a los dictámenes de la Comisión Nacional para la Protección y Defensa de los Usuarios de Servicios Financieros (Condusef) del carácter de títulos ejecutivos, lo que permitiría a las víctimas recuperar sus recursos mediante un procedimiento rápido y eficaz de ejecutoria mercantil.
Por fortuna los diputados no se doblegaron y se pusieron a favor de una mayor competencia bancaria y de una defensa más eficaz y expedita de los derechos de los consumidores de servicios financieros. Hay que reconocer, por sorprendente que parezca, que entre los primeros que se "fajaron los pantalones" ante las presiones estuvieron diputados del PRD.
Fue así como el asunto llegó a un punto muerto y habrá de dirimirse acaso hasta el próximo periodo ordinario de sesiones.
Lo que ha seguido es una campaña de desprestigio y vilipendios en las pantallas de cierta cadena de televisión (y en los espacios periodísticos que, con buenas o malas artes, controla el mismo consorcio) en contra de quienes no se allanaron a impedir una mayor competencia bancaria y una defensa más efectiva de los derechos de los usuarios financieros.
Ni hablar, cada cual cabildea con lo que tiene y hasta donde le permite su ética o su falta de escrúpulos.

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miércoles, 10 de diciembre de 2008

"Sacar tajada de desastres consentidos"

Una tasa de interés exorbitante tiene gran eficacia pedagógica: "No consumas por encima de tus ingresos o te costará carísimo".


Alguien dijo que el lunes pasado Carlos Slim Helú "salió a la defensa" de los usuarios de tarjetas de crédito. ¿De veras?
Se me hace que no le entendieron al ingeniero Slim. Su mensaje fue que si los bancos cobran tasas moratorias desorbitadas a quienes no pagan antes de la fecha límite la totalidad de sus consumos efectuados con tarjeta de crédito, lo que sucederá es que los usuarios de las tarjetas las usarán como las usa cualquier persona inteligente: sólo para financiar consumos que se tiene la certeza de pagar antes de un mes.
Si eso sucede, si cada vez más personas usan las tarjetas de crédito sólo como un financiamiento de cortísimo plazo (a liquidarse en su totalidad antes de la fecha límite), se cierra un negocio muy rentable para algunos bancos.
Entiendo que el ingeniero Slim está a favor de trasquilar a las ovejas, no de degollarlas, ya que una oveja muerta deja de dar lana. Por su parte, las ovejas, léase los usuarios de tarjetas de crédito, debemos cuidarnos incluso de ser trasquilados.
El ingeniero Slim no estaba en absoluto defendiendo a los usuarios del crédito al consumo, sino advirtiendo – en lógica de negociante- que si las tasas moratorias son excesivamente altas (digamos de más de 100% anual, en lugar de poco más de 60% anual que es la tasa que aplica el banco de Slim), cada vez menos personas estarían dispuestas a efectuar consumos endeudándose por encima de sus ingresos.
Fincar un negocio en cobrar intereses moratorios es "sacar tajada de desastres consentidos" (como dice la canción "Buenos tiempos" de Serrat). Por eso no me parece mal que, gracias a tasas moratorias exorbitantes, cada vez menos personas incurran en la pésima costumbre de vivir por encima de sus ingresos o de retrasar sus pagos.

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miércoles, 29 de octubre de 2008

Bancos: Lecciones locales de una crisis global

Algunos de los bancos globales que operan en México están generando perplejidad y enojo en la comunidad empresarial por cerrar abrupta y unilateralmente líneas de crédito a empresas que han sido sus clientes tradicionales. La súbita cerrazón incluso ha llegado para el refinanciamiento de deuda de gobiernos locales.

El pánico es mal consejero. ¿Es razonable que un banco le "ofrezca" crédito de corto plazo al gobierno del Distrito Federal a una tasa de TIIE más cinco puntos, esto es: más de 13% anual? Por supuesto, el "ofrecimiento" fue rechazado, pero revela que algo está funcionando mal en la operación local de algunos de los grandes bancos; especialmente, dicen los enterados, en aquellos cuyas matrices están en España.

Es algo más que un incremento de la aversión al riesgo, ya que el ejemplo citado arriba es de papel gubernamental con la misma calidad que la deuda pública federal; es decir, se trata de un riesgo que internacionalmente está sólo en 402 puntos base (digamos, una tasa en dólares de máximo 5% anual) y es axiomático en el negocio bancario, desde hace siglos, que "los gobiernos no quiebran"; también que el riesgo es casi cero cuando la deuda pública es en moneda local, como es el caso.

¿Qué es?, ¿miedo de los ejecutivos locales a contrariar criterios de sus matrices?, ¿señal de que también en la operación crediticia de dichos bancos en México hay cadáveres en los armarios; cadáveres que no hemos conocido todavía porque dichos bancos ya no cotizan en la bolsa de valores local?, ¿abuso?, ¿incompetencia?

Dichos bancos (repito: especialmente aquellos cuyo capital es de origen español, para evitar las peligrosas generalizaciones) no deberían apostar a la desmemoria de sus clientes mexicanos, ni deberían creer que bastará en el futuro con alguna campañita de relaciones públicas – a través de sus archiconocidos "comunicadores" adictos e incondicionales – para restañar las heridas. Mucho menos deben confiar que estas conductas anómalas pasarán desapercibidas para la opinión pública.

Un ejemplo de que los tiempos han cambiado – y de que el buen periodismo de finanzas y negocios poco a poco se está consolidando – fue la oportuna advertencia que hizo Samuel García – un periodista profesional que merece reconocimiento y que dirige "El Semanario" – de lo que estallaría poco después en la Tesorería de Comercial Mexicana. Tómenlo en cuenta.

Pánico y silencio. Pésima combinación.

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jueves, 16 de octubre de 2008

¿Debe el gobierno reactivar el crédito a los corporativos?

Ahora que todos (o casi todos) volvimos a ser keynesianos y partidarios del “new-new-deal” varios corporativos mexicanos exigen que el gobierno haga “algo” para quitar obstrucciones en las tuberías del crédito. Sin embargo, ésa puede ser muy mala idea.

Desde hace semanas me atreví a calificar como “los años de la sequía” los que se iniciarán a partir de esta crisis financiera global. No era una figura retórica. La sequía ya la están sintiendo muchas empresas mexicanas a despecho de lo que digan las tasas de interés nominales, tal como lo reportarà mañana viernes El Economista en su nota principal.
La sequía que resienten quienes no pueden hoy colocar papel de deuda o no han podido hacerlo con las facilidades y los bajos costos del pasado – así como los fondos y los inversionistas institucionales que tampoco han podido fondearse con la misma soltura en el mercado secundario del papel comercial y de otros valores de deuda privados- es el aviso de que los tiempos del dinero fácil han terminado, aun cuando los bancos centrales parezcan vomitar todos los días inyecciones de liquidez.
Veamos las dos caras de la moneda: Quien quiere crédito de corto plazo está enojado porque los bancos de depósito han cerrado la llave y se resisten a tomar papel privado o a colocarlo con la misma facilidad con que lo hacían antes. Razonan que esto puede generar más miedo y hasta corridas cambiarias que no se podrán neutralizar a través de subastas de dólares.
Pero del otro lado de la mesa también tienen sus razones: 1. Los bancos de depósito deben ser cautelosos; en el pasado se les reprochó la soltura con que soltaron crédito, ¿por qué ahora se les reprocha actuar como prestatarios cautelosos?, 2. Los bancos de depósito, a diferencia de otras instituciones financieras, tienen que cuidar el dinero de sus depositantes, cumplir regulaciones más rigurosas (capital contra activos en riesgo) y volverse mucho más desconfiados a la vista de las malas experiencias.
El peligro es que ahora, cuando los gobiernos se han convertido al keynesianismo más rancio, alguien quiera añadir a las tareas del gobierno la de facilitar el crédito a los corporativos para que nadie sufra y nadie tenga que apretarse el cinturón.
La astringencia crediticia está dictada por el mercado. No le corrijamos la plana. Esas correcciones, ya deberíamos saberlo, siempre terminan mal.

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martes, 7 de octubre de 2008

La crisis del ensayo y el error

"Siempre puedes contar con que los americanos harán lo correcto; después de haber intentado todo lo demás": Winston Churchill.



Es el Troubled Asset Relief Plan (TARP, Plan de Alivio de los Activos en Problemas) o, si usted prefiere, el Gigantesco Fondo Público de Paulson & Co. para Administrar Activos Financieros Tóxicos. Decir que no es "la solución" a esta crisis global es decir una obviedad. En el mejor de los casos, y con mucha fortuna, servirá para poner algunos precios provisionales que podrían ayudar a combatir la parálisis de los mercados de crédito.

El TARP ha recibido tres tipos de críticas, pertinentes y contundentes:

1. Incrementa la pedagogía de la irresponsabilidad (riesgo moral) para los agentes económicos que incurrieron en las conductas temerarias que provocaron la actual crisis. Estos agentes económicos son: A. Los políticos que impulsaron – e impusieron en varios casos- el otorgamiento de créditos hipotecarios a personas no solventes, B. Los banqueros centrales que, por miedo a la recesión, inundaron el mundo de liquidez, C. Los intermediarios financieros que empataron artificiosamente deudas de largo plazo – sustentadas en un valor inflado de los bienes raíces y no en la capacidad de pago de los acreditados- con activos financieros de muy corto plazo, D. Las agencias calificadoras (¡otra vez fallaron las "murallas chinas" entre intermediarios financieros y calificadoras!), E. Los reguladores omisos, y F. Los acreditados que aprovecharon las gangas hipotecarias sin detenerse a evaluar su capacidad de honrar tales deudas.

2. El TARP no va a la raíz del problema, que es el precio inflado de las viviendas. Martin Feldstein ha propuesto un programa más sólido: apoyar la reestructura de las hipotecas, a partir de una revaloración, con descuento, del mercado de los bienes raíces; hoy, cerca del 30% de las viviendas hipotecadas en Estados Unidos tiene un valor de mercado inferior al valor nominal de la misma hipoteca…, y contando.

3. Tampoco atiende a otra raíz del problema, que es la insuficiente capitalización de las instituciones financieras. Urge que los bancos globales elevan su cociente de capital contra activos.

Haciendo caso a la sabia frase de Churchill no hay que perder la esperanza. Tarde o temprano aplicarán la receta correcta, después de intentar (casi) todo lo demás. Esperemos que sea más temprano que tarde.

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martes, 30 de septiembre de 2008

¿Tuvieron razón?

Los legisladores que votaron el lunes en contra del rescate de activos financieros tóxicos, ¿hicieron lo correcto?

Los actuales legisladores de la Cámara de Representantes de Estados Unidos esperan ser reelectos el próximo 4 de noviembre. No debe sorprender que orienten su voto en función de los deseos de la mayoría de sus electores quienes se oponen, según las encuestas de opinión, al paquete de rescate propuesto por el gobierno de George W. Bush.

En lugar de culpar a los legisladores, que actuaron en todo caso conforme a lo que los electores esperan de ellos (así era la democracia, cuando me hablaron de ella), el atribulado equipo de rescate que encabeza el Secretario del Tesoro, Henry Paulson debe admitir que no ha persuadido al ciudadano común de que es indispensable firmarle un cheque en blanco.

De hecho, Paulson ha logrado convencer a muy pocos fuera de Wall Street y del gobierno. Varios economistas prestigiados, como Gary Becker, han criticado con sólidos argumentos la fragilidad de la propuesta, destacando entre otras cosas el inmenso estímulo a la irresponsabilidad de bancos e instituciones financieras – “riesgo moral” – que supone. Invito al lector a consultar las reflexiones de Becker y de Richard Posner aquí.

Decenas de economistas y de observadores, por ejemplo, critican que el plan de rescate proponga comprar “activos tóxicos” con dinero de los contribuyentes (una forma enrevesada e improbable de capitalizar a las instituciones en problemas), en lugar de obligar a la capitalización de los bancos con dinero fresco de los actuales accionistas o de otros inversionistas o de capitalizarlos directamente, mediante la compra de bonos convertibles en capital.

Esta propuesta – la de la capitalización- tiene mucha más lógica y probabilidades de éxito que la de endosar a los contribuyentes la compra de activos tóxicos cuyo valor es incierto (por eso son ilíquidos). Si el gobierno comprase esos activos en lo que hoy los valora el mercado NO resuelve nada, porque prácticamente estaría cambiando “nada” por “nada”. Si, como una forma tortuosa de capitalizar a los bancos, compra los activos tóxicos a un precio “inflado”, está regalándole el dinero de los contribuyentes a quienes administraron mal los bancos.

Vuelvo a preguntar, los opositores del lunes ¿tuvieron razón? A mí me parece que sí, y por partida doble. Como políticos en busca de la reelección y como ciudadanos defendiendo el dinero de los contribuyentes.

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domingo, 21 de septiembre de 2008

La tormenta perfecta, 101 años después (II y fin)

Después de la tormenta vendrá la sequía. Será sin duda una temporada de astringencia crediticia global, menores tasas de crecimiento y de reconstrucción del sistema financiero sobre bases más conservadoras. Pero por lo pronto la espiral del miedo continúa y la tormenta no cesa.



Un signo inequívoco de que aún hay mucha incertidumbre y confusión en los mercados financieros globales es que los políticos incrementan su cuota de declaraciones estúpidas. Ayer le tocó, ¡ay!, al candidato republicano John Mc Cain llevarse la palma al decir que él correría al presidente de la SEC y a todos los reguladores que permitieron "que los mercados fuesen usados como un casino".

Mc Cain obviamente no entiende ni lo que está pasando, ni mucho menos cuáles son las causas de la tormenta en los mercados financieros. Si quiere buscar culpables debería volver los ojos a la Casa Blanca, a la Reserva Federal y a otros bancos centrales que alentaron la fiesta de liquidez mundial en los últimos diez años. También tendría que hurgar en las no siempre transparentes relaciones de algunas calificadoras de valores con algunos fondos y bancos de inversión.

Una mayor regulación no soluciona nada. Los propios mercados habrán de purgarse y lo harán con mayor eficacia en la medida que la Reserva Federal y el Tesoro envíen señales claras de a partir de qué punto le pondrán un alto a los rescates apresurados y a las nacionalizaciones de facto, so pena de incentivar la formación de una larga fila de instituciones damnificadas mendigando ser salvadas por los contribuyentes.

Hay una clara tendencia hacia la extinción del negocio de la banca de inversión – o, si se prefiere, al estilo de banca de inversión de productos complejos, altos riesgos y altos rendimientos; negocio del que hoy se huye como de la peste-, y la precaria supervivencia de sólo dos de los grandes bancos de inversión (que algunos ignorantes confunden con los bancos de depósito tradicionales), marca por dónde seguirá la purga del mercado.

Para los mortales comunes, como usted y yo, todo esto significa que 2009 será un año difícil, en el que conviene tener liquidez (o estar en un negocio que la genere), tener muy pocos pasivos e invertir en incrementar la productividad, medida con indicadores duros de rendimiento real de cada peso invertido y de cada hora trabajada.

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domingo, 14 de septiembre de 2008

Necesitamos más lucro y menos "benefactores"

Los bancos debieran ser los primeros interesados en promover la educación y la cultura financieras, pero no por fingido altruismo sino porque un mercado financiero educado e informado es lo mejor para su negocio.



Hace días tuve la fortuna de participar, como expositor, en un seminario de educación económica y financiera. Fue una experiencia aleccionadora porque a un grupo de tres comunicadores irreverentes nos tocó discutir justo después de que el auditorio había escuchado a tres insospechados "filántropos" a sueldo de dos bancos privados y de un organismo gubernamental.

Mi primera sorpresa es que los funcionarios bancarios hablaron como misioneros entregados a la tarea de llevar desinteresadamente la luz de la educación financiera a las masas. No me sorprendió tanto que el funcionario gubernamental adoptase el mismo tono porque ya se sabe que la mayoría de los políticos y funcionarios de gobierno suelen hablar en público como apóstoles consumidos por el celo de servir a los demás.

Entiendo que un banco comercial esté sumamente interesado, en un país como México, en promover la educación y la cultura financieras porque una sociedad que conozca mejor los entresijos de la economía y los beneficios de la intermediación financiera será una sociedad que recurrirá con mayor frecuencia e intensidad a los servicios bancarios.

¿Por qué no decirlo así?, ¿por qué el tono de las exposiciones de estas personas nunca fue el de quien está proponiendo a su auditorio un negocio en el que ambas partes ganarán?

La razón es porque en México el lucro tiene una pésima prensa y, en cambio, los redentores reciben aplausos, premios y hasta candidaturas a la Presidencia.

Pero un punto de partida crucial, para cualquier educación económica que valga la pena, es reconocer que los seres humanos nos movemos por incentivos y que en la mayoría de los casos tales incentivos son egoístas. Ni el banco está para regalarme nada, ni yo estoy para regalarle nada al banco. Los bancos son útiles y necesarios porque son un negocio; en la medida que actúan en un entorno de libre competencia y ajustándose a reglas sencillas (al cumplimiento estricto de los contratos, por ejemplo) obtienen beneficios para sus accionistas y benefician también a sus clientes, quienes no acudimos al banco para ver en qué les podemos servir a los banqueros, sino en qué nos pueden servir ellos a nosotros. Y viceversa.

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El crédito y la productividad (12 de agosto)

El crecimiento del crédito puede ser una formidable palanca para el desarrollo, pero también puede ser la ruina de cientos de proyectos productivos y el detonante de una crisis sistémica. La diferencia entre uno y otro escenario estriba en evaluar la productividad de los proyectos.



Como reportó El Economista el lunes 11 de agosto, muchos bancos mexicanos están incrementando sus provisiones ante un aumento de la cartera vencida, especialmente del crédito al consumo. Sin embargo, también hay que atender lo que pasa con el crédito a las empresas.

No hace mucho, algunos banqueros decían con optimismo que un aumento de la cartera vencida es la consecuencia inevitable, y manejable, de bancarizar; proceso por el cual, define el diccionario, se propicia que cada vez más actividades sociales y económicas se realicen a través de la banca.

Tal "argumento" es falaz, ya que pasa por alto que la cartera vencida es un cociente del total de los créditos, un número relativo y no absoluto; por lo tanto, un alza significativa de la cartera vencida no se explica porque aumentó el monto total del crédito otorgado sino porque aumentó la proporción de créditos de baja calidad respecto del total.

El problema de la cartera vencida tiene que ver con una de las más grandes carencias que padece la economía mexicana: el desdén hacia la productividad.

No pocos acreditados creen que obtener un crédito significa que los bancos ya han hecho una evaluación de la productividad de los proyectos y los han encontrado satisfactorios. Error. Los bancos en México evalúan las garantías y los colaterales del solicitante de crédito, no la productividad de los proyectos (o la racionalidad de quienes consumen a crédito).

El negocio de los bancos no es el negocio de los acreditados. Son estos últimos los que deberían evaluar, en términos de la productividad que se obtendrá o no de los recursos, si vale la pena contraer un pasivo.

Por lo demás, no es extraño ese desdén hacia la productividad en un país en el que persisten grandes mercados en los cuales no hay competencia, sino arreglos mercantilistas para la apropiación de excedentes que corresponderían al consumidor; y en un país en el que la clase política parece incapaz de entender algo tan obvio como la productividad negativa (desperdicio) de gastar el dinero público para que el Estado opere refinerías de petróleo.

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