jueves, 24 de enero de 2008

La falacia de la competitividad

La competitividad, entendida como mejorar la posición del país o de las empresas nacionales en tal o cual listado mundial, se suele convertir en una coartada para reforzar el intervencionismo del gobierno y el fracasado modelo mercantilista. Lo que debe importarnos es la productividad que se mide muy fácil: Mayor bienestar para los consumidores.

No se trata de un prurito semántico o de carácter académico, sino de distinguir entre dos modelos económicos radicalmente distintos. Competitividad no es lo mismo que productividad. Sobre todo, la diferencia entre uno y otro concepto se vuelve abismal cuando en algunos países la competitividad se entiende, en el discurso público, como sinónimo de ganar mayor participación en el mercado global (exportaciones) o mayores crecimientos en los márgenes de utilidad de las empresas, con la ayuda de regulaciones gubernamentales o de dinero público.

Con gran desparpajo muchos negociantes imploran que el gobierno les dote de mayor "competitividad", otorgándoles créditos en condiciones especiales, cerrando fronteras mediante barreras al comercio (arancelarias o no), subsidiando precios y tarifas públicos, condonando impuestos, poniendo barreras de ingreso a la inversión extranjera, encareciendo la entrada a tal o cual rama de actividad mediante regulaciones y controles. Incluso, todavía hay quienes piden "devaluaciones competitivas".

Pongo un ejemplo común: Los precios y las tarifas de los energéticos en un entorno en el cual la producción, el suministro y la comercialización de la energía son monopolio del gobierno. Muchos negociantes razonan que el hecho de que el gobierno subsidie dichos precios incrementaría la competitividad de su país (la típica extrapolación: "si me va bien a mí, quiere decir que le va bien al país"). El razonamiento es simple: "Si mi empresa paga menos por la energía, estoy en mejores condiciones para competir globalmente". ¡Viva la competitividad!

El gran engaño es que dicha mejora en la "competitividad" – temporal y hasta ilusoria- se ha pagado en detrimento de la productividad del país y de los consumidores y contribuyentes porque gravita sobre las finanzas públicas. La competitividad alcanzada mediante políticas y regulaciones que nos hacen retroceder en la productividad sólo refuerza el mercantilismo que ha lastrado el desarrollo de América Latina.

Una mejora productiva, para seguir con el ejemplo, sería abrir el sector energético a la competencia global. Terminar con el monopolio. Punto. Lo demás es volver al viejo juego de las complacencias mutuas entre gobiernos y cazadores de rentas.

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jueves, 16 de agosto de 2007

Misterios de la (in)competencia en México

¿Qué tanta chamba le ahorra a la Comisión Federal de Competencia el artículo 28 de la Constitución? Un montón.

La Comisión Federal de Competencia (CFC) surgió en 1993 para “Proteger el proceso de competencia y libre concurrencia mediante la prevención y eliminación de prácticas monopólicas (sic, debería decir: monopolísticas) y demás restricciones al funcionamiento eficiente de los mercados, para contribuir al bienestar de la sociedad”.

En principio es mejor tener una comisión así, que no tenerla. El problema es tener una comisión que parte de unas restricciones constitucionales a la libre competencia – artículo 28- gigantescas. Si a esas restricciones constitucionales le sumamos las meta-constitucionales, que van desde las que impone la corrección política al uso hasta las que se derivan de los criterios personales de los comisionados – en términos de conveniencia de actuar o no en determinados casos-, pasando por un sistema judicial en el que el amparo es el instrumento más socorrido por las empresas en materia tributaria y de competencia, nos queda una CFC con un impacto muy disminuido en el bienestar de los consumidores.

Me parece muy bien que la CFC se preocupe y se ocupe de que ninguna empresa productora de refrescos le imponga restricciones a un estanquillo de abarrotes, pero me da una profunda tristeza que la CFC no tenga nada que decir acerca del monopolio de PEMEX o respecto de la nula competencia en el mercado de la energía eléctrica o en varias otras actividades “estratégicas y prioritarias” (para emplear la fórmula política venerable) para el bienestar de los consumidores.

La situación es más deprimente si uno lee el artículo 28 de la Constitución – ¿por qué forma parte del capítulo de las “garantías individuales”, cuando es más restrictivo de las libertades de los ciudadanos que garante de ellas? - y encuentra que, tras prohibir tajantemente los monopolios y prometer castigar “severamente” las prácticas que impidan la competencia (los dos primeros párrafos), enumera en los siguientes ¡diez párrafos! toda suerte de restricciones a la libre competencia: Desde los monopolios que sí se valen (la estratagema jurídica es decir que no se considerarán monopolios) hasta establecer una anchísima avenida para la intervención discrecional del Estado en los precios y en los mercados.

Toda prevención es poca: No vaya a ser que un día de estos nos vayamos a volver un país competitivo, ¡qué horror!

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miércoles, 15 de agosto de 2007

La austeridad como estrategia vital

Un ejemplo: La mayoría de los automovilistas en México desperdiciamos recursos energéticos escasos. Si esperamos a que una política pública corrija esa tendencia suicida será demasiado tarde.

El aviso pertinente, detrás de las turbulencias en los mercados financieros mundiales, es que más temprano que tarde los precios se ajustan para reflejar el auténtico valor de las cosas. Podemos engañarnos pensando que los recursos energéticos pueden abaratarse por decreto, en lugar de hacerlo por productividad; o pensando que tiene alguna lógica económica adornar la ciudad con un gigantesco rascacielos para oficinas, cuando salta a la vista la sobreoferta de espacios y la irracionalidad, en términos de oferta y demanda, de dicho sueño de políticos lunáticos; podemos creer que la liquidez en los mercados tiende al infinito y que es inteligente que los bancos centrales, de Estados Unidos y de Europa, le den “una ayudadita” a la economía mundial bajando las tasas de interés; podemos tragarnos el cuento de que extender el programa “Hoy no circula” a los fines de semana ayudará a reducir la emisión de contaminantes y el desperdicio de energéticos, en lugar de agravar ambos fenómenos.

Incluso podemos conjeturar que “alguien” en el lugar adecuado tomará las providencias necesarias en el momento preciso y corregirá los desajustes en sus causas, por ejemplo: permitiendo una auténtica competencia en el mercado de la energía a despecho de los mitos constitucionales, que se proclaman intocables con un fervor que envidiaría un fanático de cualquier credo.

Pero la realidad seguirá ahí. Alguien tendrá que asumir las pérdidas por créditos hipotecarios impagados que se otorgaron en Estados Unidos, pero ese alguien es tal vez un incauto pensionado europeo; alguien tendrá que pagar por las crecientes e irracionales importaciones de gasolina que hace México (un costoso homenaje a las sacrosantas prohibiciones constitucionales y a la falta de agallas de los políticos); alguien pagará por la demagogia ambientalista que, en lugar de encarecer los combustibles para desalentar el dispendio, se agota en desplantes ciclistas y en costosas puestas en escena con el político “pop” de moda, Al Gore.

La respuesta efectiva no está en los políticos – es pedirle manzanas a los nopales- sino en lo que de veras sí está en nuestras manos. Valga la metáfora: ¿Usted cree que las hormigas acumulan recursos para los malos tiempos usando camionetotas SUV para desplazarse?

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miércoles, 1 de agosto de 2007

¿Por qué damos las gracias al comprar y vender?

Por supuesto que damos las gracias por elemental educación, pero también porque sinceramente – cuando estamos en un mercado libre con varios competidores- agradecemos un intercambio en el que hemos ganado.

La escena es cotidiana: Llega un cliente a una cafetería pide un café de tal o cual tamaño y con tales o cuales características, recibe su café, paga y da las gracias al dependiente, quien, a su vez, también da las gracias al cliente al recibir el dinero.

No sólo es cortesía, el cliente está satisfecho de deshacerse de una parte de su dinero a cambio de obtener un café, y el dependiente – o el dueño- del establecimiento también está agradecido de recibir dinero a cambio de deshacerse de una porción de sus existencias de café. Los dos, comprador y vendedor, agradecen porque perciben una ganancia en el intercambio.

Esta observación, que sólo es en apariencia trivial, la hizo hace algunas semanas uno de los autores del muy recomendable blog “Café Hayek” y desde entonces ha estado dando vueltas en mi cabeza confirmándome lo maravilloso que resulta el libre comercio como un juego cotidiano de ganar-ganar.

Los beneficios del comercio libre los disfrutamos todos, aun aquellos que juran que en este mundo sólo hay ejercicios y juegos de “suma cero”, en los que alguien sólo puede ganar a costa de hacer perder a otro. Psicológicamente, esa incapacidad para entender que hay diversidad de preferencias – mientras yo prefiero el café, el señor de la cafetería prefiere el dinero- y que eso es lo que permite intercambios provechosos, hace a ese tipo de personas amargadas y poco agradecidas.

Sería terrible que permitiésemos que un déspota benevolente decidiese quién debe ganar y quién debe perder en un intercambio. Pero eso – la intervención del déspota benevolente en nuestras vidas así sea en forma velada- es lo que sucede cuando nos enfrentamos a un monopolio o a un oligopolio o a un control de precios.

Por eso los mexicanos jamás recibiremos una cartita de fin de año de parte de PEMEX diciéndonos: “¡Gracias por su preferencia!”.

¿Gracias por mi preferencia?, ¿cuál preferencia, si no me han dejado elegir? No, en ese caso no hay nada qué agradecer y sí hay mucho que lamentar.

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