lunes, 10 de agosto de 2009

Reformas estructurales e índices de precios

Hay que prestarle mayor atención a los índices de precios que recopila el Banco de México. Además del fenómeno inflacionario en sí - asunto en el que no debe quitarse el dedo del renglón -, los índices que miden las variaciones de diferentes precios (los de mercancías, los de bienes sujetos a factores de estacionalidad, los administrados y concertados por el gobierno o los gobiernos) nos dicen mucho acerca de las distorisones que padecen los mercados en México.

Los precios son la información más relevante para la toma de decisiones económicas.

Hace unos días, al revisar el Informe Trimestral sobre inflación de Banxico, me llamó la atención la gráfica que comparaba las variaciones anuales - mes a mes- de tres variables: el Índice Nacional de Precios al Consumidor (lo que conocemos popularmente como "la inflación en México"), la llamada inflación subyacente (conocida en Estados Unidos como "core inflation") que es la que corresponde a los precios de mercancías comerciadas libremente y que no padecen claros efectos estacionales y la llamada inflación no subyacente que son los precios de aquellos bienes sujetos a variaciones estacionales, como las frutas y verduras o el ganado, y de aquellos bienes y servicios cuyos precios NO fija el mercado, sino que son "administrados" (eufemismo equivalente a "fijados") por el gobierno federal y en ocasiones por gobiernos locales, como: gasolinas, electricidad, agua o "concertados" por los gobiernos (tarifas de transporte o tarifas de telecomunicaciones).

La inflación subyacente o "core inflation" es aquella en la que, en principio, se supone que los instrumentos de la política monetaria del banco central influyen directamente, como tasas de interés interbancarias, crecimiento de los agregados monetarios (especialmente el "dinero del alto poder", M1 y M2) y es la que más interesa, en principio subrayo, para detectar tendencias de alza generalizada en los precios, esto es: Para la inflación como fenómeno monetario.

Lo que me llamó la atención de la gráfica fue la gran volatilidad, en el transcurso de dos años, de la inflación no-subyacente, que iba de "cimas" de casi nueve por ciento anual a "valles" de casi dos por ciento anual, en contraste con la evolución, ligera pero claramente al alza, sin picos ni valles, de la inflación en general y de la inflación subyacente.

Uno presumiría que la volatilidad de la llamada inflación no subyacente obedece fundamentalmente a las variaciones estacionales y pronunciadas de la oferta de bienes agropecuarios, como verduras, legumbres, granos, así como de ganado en píe. Variaciones que obedecen a las estaciones del año en cada hemisferio y a factores muy difíciles de prever o predecir, como huracanes, plagas, sequías y demás.

Sin embargo, en el caso de México y en los últimos años ha influido más la variabilidad de los precios administrados y concertados (llamémosle precios de gabinete gubernamental como contrarios a precios de mercado) que la volatilidad de la oferta de bienes agropecuarios (volatilidad que, por otra parte, tiende a disminuir conforme hay más libertad de comercio en el mundo y los avances en transporte, almacenamiento y conservación de los alimentos permiten normalizar a lo largo de todo el año la oferta de dichos bienes y disponer, por ejemplo, de jugosas ciruelas chilenas durante el invierno en México).

De hecho, los precios de gabinete gubernamental pesan 17 por ciento en el INPC de México, en tanto que los precios de bienes agrícolas y ganaderos pesan sólo 8 por ciento en el mismo índice general de la inflación.

(Hay un interesante trabajo de investigación del propio Banxico respecto de pronósticos de índices de precios que comenta, aunque sea de forma lateral, algunos de estos aspectos, puede leerse haciendo clic aquí).

La siguiente gráfica muestra con claridad los pronunciados picos y valles de los "precios administrados y concertados" respecto de la trayectoria más regular del INPC, (la línea azul corresponde a los precios "administrados y concertados" y la línea color naranja al índice nacional de precios al consumidor), durante los últimos cinco años.



Ahora bien, ¿qué tiene que ver esto con las reformas estructurales de las que tanto se habla y, a veces, tan poco se comprende?

1. El hecho de que alrededor del 17 por ciento de los precios en México NO sean fijados por la oferta y la demanda en los mercados, nos revela una gran distorsión en la asignación de recursos. Los precios, repito, son el elemento clave de la economía porque permiten asignar los recursos eficientemente, cuando los precios son "administrados" o "concertados" desde una sala de juntas en el gobierno o desde una oficina donde unos cuantos oferentes de los bienes y servicios negocian ajustes con las autoridades, a despecho de la voluntad de los consumidores, nos confirma que los mercados en México están lejos de ser completamente libres y, por supuesto, muy lejos de ser eficientes.

2. En cada uno de los casos de precios administrados y concertados estamos hablando de insumos clave para toda la economía (energéticos, transporte, telecomunicaciones) por lo que las variaciones en dichos precios afectan directamente a toda la actividad económica, desde un banco hasta una tienda de abarrotes, desde una fábrica de maquinaria y equipo hasta una empresa de mensajería.

3. Si vemos con detenimiento la gráfica notaremos que los picos suelen situarse alrededor de noviembre a enero y los valles entre abril y junio, pero no de una manera uniforme todos los años, ni en los mismos periodos para cada año (si nos fuésemos más atrás, veríamos que los picos invariablemente se presentaban cada enero, como en los servicios de educación privada los picos de precios al alza se presentan invariablemente en septiembre), un elemento determinante de esta tendencia son las famosas "tarifas de verano" de la Comisión Federal de Electricidad, cuando entran en vigor el índice cae y cuando termina su vigencia el índice vuelve a subir, pero no es el único.

4. Un factor cada vez más decisivo para estas variaciones es la situación de las finanzas públicas. Esto, a mi juicio, tenderá a agravarse conforme los ingresos petroleros han caído estrepitosamente no sólo por el descenso de los precios internacionales, sino por la declinación inexorable de la plataforma de producción y exportación (la llamada reforma energética NO resolvió, ni por asomo, esta grave vulnerabilidad).

5. Lamentablemente los precios y tarifas del sector público - electricidad y combustibles, sobre todo- fueron "administrados" políticamente en años recientes para calmar a grupos de presión (véase el escándalo que puede hacer un puñado de adinerados negociantes por el precio del diesel), para complacer al electorado o por la errónea percepción de que un aumento de algunos precios (verbigracia, gasolinas) incendiaría a un país que se suponía (leen demasiados periódicos y ¡se creen todo lo que leen!) a merced de los caprichos de un iluminado que sentenció: "¡No al gasolinazo!", para regocijo de los amantes del ruido.

Concluyo, aunque el tema da para mucho más, que apenas estamos a tiempo para emprender reformas estructurales en serio y completas (fiscal, energética, de telecomunicaciones, educativa, laboral, entre otras), antes de que la dura realidad nos imponga escenarios catastróficos: Presiones inflacionarias por alzas desmedidas de precios "administrados y concertados" con toda su cauda de efectos en el resto de los precios, finanzas públicas al borde de la quiebra o escasez de veras grave de algunos bienes, por ejemplo: el agua, cuyos precios, fijados por los gobiernos locales, llegan a ser criminalmente irrisorios como en el Distrito Federal.

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miércoles, 11 de marzo de 2009

Dejen de manosear mi dinero

No sé con qué autoridad, moral o jurídica, algunos legisladores se han propuesto manosear el dinero que yo y cientos de miles de personas más le prestamos a los bancos. Ese dinero se lo prestamos a los bancos con la finalidad de que éstos, a su vez, lo presten, cobren intereses, obtengan utilidades y además nos paguen intereses a los depositantes o, en el peor de los casos, nos lo conserven a buen recaudo.

Es probable que los legisladores que quieren ponerle topes a las tasas de interés del crédito al consumo (tarjetas de crédito) ignoren que de cada peso que prestan los bancos cuando menos 76 centavos es dinero de los ahorradores, no de los banqueros. (Estoy usando el indicador más generoso que sería el índice total de capitalización de la banca mexicana respecto de los activos con riesgo de crédito, a diciembre de 2008, que es de 24.25, pero en realidad el porcentaje de dinero ajeno que prestan los bancos es mucho mayor). Si lo ignoran, se trata de una ignorancia culpable y de una (otra más) muestra de gran irresponsabilidad. Y si lo saben, no tienen vergüenza.

Si le quieren poner topes a las tasas de interés que los bancos le cobran a quienes usan el crédito al consumo (y tienen el mal hábito de no liquidar mensualmente esa deuda), obligarán automáticamente a los bancos a ponerle también topes a las tasas de interés pasivas, que son las que los bancos pagan a la mayoría de sus acreedores; los acreedores –les informo- somos todos los que tenemos dinero depositado en los bancos.

Obligarán también a que los bancos, para compensar riesgos, nos cobren comisiones más elevadas a quienes ahorramos.

A mí no me toman el pelo diciendo que con su ocurrencia le ponen límites a la ambición de los banqueros. Pamplinas. Su ocurrencia fastidia tanto a los acreedores como a los deudores de los banqueros.

A los acreedores nos fastidia porque pone en riesgo la rentabilidad, que ya de suyo es baja, que podemos obtener de nuestro ahorro. Y a los deudores porque obligará a que los bancos sólo le presten a quienes otorguen mayores garantías de pago, es decir: a quienes menos lo necesitan.

Así, pues, legisladores ínclitos (busquen en el diccionario y entenderán que uso el adjetivo como sarcasmo), ándense con cuidado y no se metan con mi dinero. ¿Así, o más claro?

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jueves, 26 de junio de 2008

¡No le manden señales equivocadas al productor!

La solución al desorden en los mercados internacionales de alimentos y a los altos precios es desmantelar mecanismos proteccionistas (subsidios y barreras al comercio) y – sobre todo- dejar que los precios no manipulados informen a los productores que están ante una oportunidad única.



Hace algunos meses un buen amigo me hizo notar que la versión de que los altos precios de los alimentos obedecen a la demanda de China e India, cuyos habitantes de la noche a la mañana estarían comiendo mejor, no tiene lógica: No es verosímil que millones de chinos e indios hayan despertado todos el mismo día ganando dos o tres veces más que el día anterior y que ese mismo día decidieran que todos iban a comer más carne, tomar más leche y consumir más cereales. Esos cambios en el ingreso son graduales, llevan varios años y los mercados se acomodan a ellos.

El mecanismo mediante el cual los mercados se acomodan a un cambio en la demanda, generando una mayor oferta, demuestra la maravilla del sistema de precios: los precios altos avisan al productor que hay que sembrar más porque ése será un buen negocio.

Reproduzco el comentario que me hizo llegar un lector de Tamaulipas que vende agroquímicos: "Un pequeño productor de maíz (unas cuatro hectáreas) hace dos temporadas comenzó a utilizar maíces híbridos, hace una temporada fertilizantes y este año va a volver a utilizar híbridos y esta vez fertilizantes de alto desempeño.



"¿Acaso debemos ese cambio en favor del uso de tecnología a algún ambicioso programa de gobierno? ¿Algún "pacto", "alianza" o "cruzada" por la productividad en el campo? NO.



"Se lo debemos al mercado, específicamente al incremento al precio del maíz que se ha encargado de decirle de forma inequívoca: ¡produce más!



"Me aterra pensar que el gobierno pudiera estar a un paso de querer controlar los precios y decirle que deje de hacerlo".



La solución es producir más, con el incentivo de los precios altos, y que el gobierno de los Estados Unidos tenga la honestidad de reconocer que su ocurrencia, dizque ecologista, de subsidiar la producción de etanol a partir de maíz fue estúpida, antiecológica y generadora de hambre. Esa es la causa que explica la mayor parte de las distorsiones actuales en el mercado de los alimentos. ¡Dejen de subsidiar!

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miércoles, 27 de febrero de 2008

¿Ya se desinfló la burbuja?

El miedo a la recesión en pleno año de elecciones presidenciales en los Estados Unidos parece estar posponiendo, dolorosamente, el ajuste definitivo en los precios de las viviendas y, por ende, las pérdidas en los activos financieros que las viviendas respaldan.

El último martes de cada mes se difunden los índices S &P (Standard & Poor’s)/ Case- Shiller de los precios de las viviendas en 20 áreas metropolitanas de los Estados Unidos. Los índices dados a conocer el martes pasado correspondieron a los precios del cierre de 2007.

Sin duda los precios están sufriendo un ajuste acelerado a la baja. En el índice nacional trimestral se observa una caída en los precios de las viviendas en el cuatro trimestre de 2007 respecto del trimestre inmediato anterior de menos 5.4 por ciento y un decenso anual de menos 8.9 por ciento.

Sin embargo, y a pesar de que los precios han seguido bajando durante enero y febrero, sería precipitado concluir que la burbuja inmobiliaria ya se desinfló. Cabe pensar que la relajación de la política monetaria, así como los estímulos fiscales de emegencia, están posponiendo la caída final. Por su parte, el descenso en las tasas se entiende en los mercados, con toda razón, como anticipo tanto de una futura alza abrupta en las tasas – una vez desatada la inflación- como de una restricción crediticia severa.

El punto más alto de la burbuja inmobiliaria se alcanzó en el segundo trimestre del 2006 (189.94 puntos contra 170.64 puntos del cuarto trimestre de 2007), lo que significa que al cierre del año los precios habían caído 10.6% respecto de su punto más alto. Pero también al cierre de 2007 los precios de la vivienda seguían 20% arriba de los vigentes cuatro años atrás (último trimestre de 2003). Para darse una idea de la magnitud de la burbuja vale la pena recordar que en un solo año, 2005, los precios de la vivienda en Estados Unidos crecieron un impresionante 14.7 por ciento (viniendo de otra alza anual, 2004, de 11.5 por ciento).

Los precios actuales parecen todavía muy altos para que la ejecución de las hipotecas (“foreclosures”) sea viable y se encuentren compradores de los inmuebles que tendrían que rematarse (con pérdidas para los tenedores de vehículos de inversión estructurados, donde están dichas hipotecas).

Va para largo.

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lunes, 28 de enero de 2008

Reforma energética, ¿para quién?

Desde el punto de vista de millones de consumidores y contribuyentes mexicanos – que no es, desde luego, el punto de vista que les interesa a los políticos- la reforma energética ideal es muy sencilla: Que en el mercado nacional de energéticos exista plena competencia, en condiciones de libre oferta y demanda, entre el mayor número posible de oferentes.

Resulta chocante que las minorías rectoras de este país centren la discusión energética en cuál va a ser el futuro de PEMEX.

Uno pensaría que lo más importante en una reforma energética debería ser el interés de más de cien millones de consumidores de energéticos en México, varios millones de los cuales somos también contribuyentes a quienes nos afecta, para bien o para mal, que el monopolio petrolero del gobierno aporte una tercera parte de los recursos fiscales.

Lo que debería definirse es qué hacer para que en México los consumidores dispongamos de un abasto oportuno y suficiente de energéticos con precios competitivos – iguales a los del mercado global de los energéticos en nuestra zona geográfica-, sin que en el mercado energético mexicano se generen “ruidos” fiscales (subsidios o sobre precios). Además: Definir cómo y cuánto gravará el gobierno las externalidades negativas derivadas del consumo de tal o cual energético.

Eso se llama “mercado con un gran número de oferentes en competencia al que concurren millones de consumidores a elegir libremente la oferta energética que más les convenga”.

¿Sobrevivirían a esa competencia las empresas gubernamentales dedicadas a suministrar energéticos: PEMEX, CFE y Compañía de Luz? Tal vez sí, si consideramos que para hacer esa reforma no hay que tocar el asunto “sagrado” de la propiedad de los recursos en el subsuelo. O tal vez no, pero ése no es el problema de los consumidores ni de los contribuyentes.

Hace mucho dejé de creer en esa superstición de que PEMEX es una empresa que me pertenece por el hecho de que soy mexicano. Por eso, porque no soy accionista de PEMEX, para mí lo más importante es qué va a pasar con los consumidores ¿Algún día podremos elegir entre muchas ofertas en competencia?, ¿algún día pagaremos por los energéticos los precios que dicte el encuentro de oferta y demanda en un mercado competido o seguirán siendo precios “administrados”, a veces por arriba y a veces por debajo de los precios en el mercado global?

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martes, 18 de diciembre de 2007

Remedios contra el alza de precios

El alza en los precios mundiales de los alimentos continuará. El mejor remedio para enfrentar esta realidad es aumentar la oferta, lo que significa: Mayor apertura comercial y una política económica que busque, obsesivamente por así decirlo, incrementar la productividad. Los precios mentirosos sólo empeoran las cosas.

Los dos factores principales que están induciendo en el mundo un alza en los precios de los alimentos son: 1. La elevación de los niveles de bienestar en China e India lo que implica una mayor demanda de alimentos y 2. La perversa política de subsidios a la producción de combustibles a partir de maíz que lleva a cabo el gobierno de Estados Unidos.

México nada puede hacer para eliminar esos factores. El segundo es indeseable y económicamente irracional; el primero – el mayor consumo por persona de calorías, grasas y proteínas en China e India- es alentador porque muestra que la pobreza no es una fatalidad -ni para los países ni para las personas-, y que la productividad es la llave para salir de la trampa del subdesarrollo.

Para algunos países con grandes ventajas comparativas en la producción de granos y de carne, como Argentina, esta situación podría ser promisoria (tontamente el gobierno argentino, por razones demagógicas, ha tomado el camino erróneo de los precios mentirosos y de las restricciones comerciales; por ejemplo, al prohibir la exportación de carne), pero ése no es el caso de México. Admitamos que en la producción de granos – maíz y trigo, por ejemplo- NO tenemos las ventajas comparativas y competitivas de Estados Unidos, Argentina o Rusia.

Ante ello, el mejor remedio es aumentar la oferta mediante una liberalización comercial generalizada, al tiempo que se establecen condiciones básicas que incentiven la productividad, ésa, no otra, debe ser la tarea del gobierno en sus distintos órdenes y en todas sus áreas.

Lo peor que se puede hacer – en cambio- es ceder a la tentación de los precios mentirosos, mediante controles de precios, sean compulsivos o “pactados” mediante coerción, y ceder a las presiones de los grupos de buscadores de rentas que han vivido del proteccionismo comercial y que se oponen a una liberalización comercial sin reservas.

Sería terrible que el asunto de los precios también fuese víctima de las competencias entre políticos para ver quién es más populista.

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martes, 25 de septiembre de 2007

"¡Queremos más precios mentirosos!"

¿Qué porcentaje de los recursos públicos queremos que se destine a obras de infraestructura y qué porcentaje queremos que se gaste en afeites, maquillaje, disfraces y cremas "anti-edad"?

La buena economía siempre lleva malas noticias a los románticos que se dicen de izquierda. La buena economía parte de un hecho brutal y poco comedido con nuestros deseos, pero no por ello menos real: la escasez. Si algunos políticos "progre" llenecitos de buenas y verdes intenciones decidieron en Estados Unidos subsidiar la producción de etanol a partir del maíz, más temprano que tarde ello repercute en precios más altos para el propio maíz, las tortillas, y, en cadena, para el trigo – bien sustituto – y el pan, para el sorgo, para el huevo, para la carne (gallinas, vacas y cerdos también comen)…Se llama "pendiente negativa de la curva de la demanda" (Gary Becker) y es una ley tan férrea como la ley de la gravedad.

Pero a los "progres" les encanta el arte teatral – de ahí viene, de los teatros franceses en el siglo XVIII, la palabra maquillaje- y consideran que la tarea de los gobiernos no es reconocer la realidad, sino eludirla con el maquillaje.

En estos días nuestros próceres locales del pensamiento "progre" han mostrado su frívola afición no sólo por las revistillas de la ilusión envidiosa – que por lo visto son su mejor fuente de información-, sino por los afeites y el maquillaje. No les parece mal que el precio de la gasolina sea mentiroso en México, sino que deje de serlo; lo mismo el precio del agua, el de los boletos del Metro, el de la energía eléctrica, el del maíz o el del trigo. Los negociantes piden precios mentirosos para el gas natural; los charlatanes ofrecen mentirosos "seguros" para desempleados; los de la televisión lamentan que se les acaben las facturas por propaganda electoral (la venta de los otros productos "milagro" de maquillaje y ornato a cargo de partidos y candidatos), mientras que los legisladores saborean los millones que, en un juego de manos que llaman reforma electoral (un poco de colorete para disimular las verrugas), les quitaron a los de la tele.

Vivan los precios mentirosos. ¿Querían un mundo de ensueño? No hay problema, se los dibujo. Eso es la política progresista: Arte de modistillas y de peinadoras de salón.

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El Metro y la parábola de la incuria

El Metro de la ciudad de México ejemplifica cómo la incuria puede fastidiar una magnífica inversión en infraestructura. Tan sólo su deuda equivale a 3.6 años de la totalidad de sus ingresos propios.

Una de las ventajas de viajar en el Metro de la ciudad de México es que la probabilidad de toparse con el jefe de gobierno en uno de los atestados vagones es prácticamente igual a cero. Salvo que se trate de una esporádica excursión, calculada para salir fotografiado en los periódicos del día siguiente, Marcelo Ebrard no se aventura por tales sitios.

Esa es una ventaja emocional que no arroja muchas enseñanzas. Otra de la ventajas de viajar en el Metro, que sí es didáctica, es comprobar en carne propia el deterioro de una magnífica obra de infraestructura debido a la incuria de los gobiernos que la han tenido bajo su responsabilidad. Saltan a la vista el descuido en que se mantienen las instalaciones, así como la precaria situación financiera que padece. En justicia debería compartir con el cuerpo de bomberos el adejtivo de "heroico", dado que su funcionamiento "normal" se antoja una hazaña sobrehumana.

Cuando se inauguraron las dos primeras líneas del Metro – en los años 1969 y 1970- simbolizaban la modernidad de un país en desarrollo, que aún gozaba de los frutos del llamado "milagro económico". Más que suficiente para las necesidades de la capital, el Metro era un medio de transporte seguro, limpio, eficaz y sostenible financieramente. Pero llegó la docena trágica de LEA y JLP (1970-1982) y empezó el desastre…

Algunas cifras para estremecerse: En el primer semestre de este año el Metro transportó más de 604 millones de pasajeros y tuvo ingresos propios por transporte (no incluye otros ingresos diversos) de $1,348.4 millones de pesos (promedio de ingresos por usuario de $2.23 pesos), pero sus egresos para operar fueron de $3, 003.4 millones de pesos; para que el precio del boleto cubriese sólo el gasto de operación cada viaje tendría que costarle al usuario $4.96 pesos.

A esto hay que sumar los costos financieros de una deuda de $9,834 millones de pesos, cuyo servicio cuesta como $928 millones de pesos cada año (34% de los ingresos propios), y la cifra no es mayor gracias a que la "nefasta" política económica del gobierno federal logró abatir las tasas de interés de 1996 a la fecha.

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jueves, 23 de agosto de 2007

Argentina: Hundidos en la nostalgia (II, III, IV)

II. La necedad ideológica del matrimonio Kirchner-Fernández está orillando a la Argentina a un futuro por demás incómodo y humillante: Ser un satélite más de la dictadura petrolera de Hugo Chávez en Venezuela. Un destino similar al que enfrentan, por ahora, Bolivia o Ecuador.

Tal vez el más fuerte argumento electoral de Cristina Fernández ante las "sensibilidades progresistas" es que ella fue, en los años 70 del siglo pasado, más comprometida aún que su marido, Néstor Kirchner, con el peronismo de "izquierda" afín a los montoneros y a los movimientos inspirados en la llamada teología de la liberación.

Se supone que "el segundo Perón", el que regresó a la Argentina en 1973 prácticamente proclamado presidente por aclamación, les falló a los jóvenes que habían reescrito el peronismo en clave marxista: Esos jóvenes esperaban el regreso de Perón como si fuese a llegar un Fidel Castro argentino y se encontraron con una caricatura de Francisco Franco. Nunca entendieron que ambos personajes – Castro y Franco- son las dos caras de la misma moneda.

El viejo Perón prohijó a los corruptos sindicalistas del peronismo e incluso a febriles anticomunistas como José López Rega. A la muerte de Perón, en julio de 1974, le releva su viuda María Estela Martínez ("Isabelita") y el poder de López Rega y los paramilitares anticomunistas de la triple AAA – Alianza Anticomunista Argentina- se acrecienta. Se agudiza la llamada "guerra sucia" con la complacencia de buena parte del ejército y de la armada en contra de los guerrilleros del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), abiertamente marxista, y de los montoneros que se proclamaban peronistas auténticos.

En esas aguas mezcladas de justicialismo, marxismo y teología de la liberación abrevaron Cristina Fernández y Néstor Kirchner…y ahí siguen, a despecho del paso del tiempo.

Para ellos no ha caído el muro de Berlín, Fidel Castro sigue siendo un referente admirable y, con aderezos de los años 70, creen que el catecismo peronista original habrá de transformar a la Argentina y al mundo con sus recetas añosas de mercantilismo, proteccionismo, intervención obsesiva del gobierno en la vida económica, sustitución de importaciones, control de precios, democracia dirigida o simulada, manipulación de las variables económicas, corporativismo…

Las consecuencias de esta inflexibilidad mental – atados a los sueños juveniles de los años 70- han sido nefastas para la Argentina.

III. Argentina se ha convertido en los últimos meses en un país fantástico. Con el entorno internacional más favorable en décadas – con precios extraordinariamente altos para muchas exportaciones argentinas- el gobierno de Kirchner está empecinado en la economía ficción.

El rosario de salvajadas económicas que ha cometido el gobierno de Néstor Kirchner para mantener la ilusión de un país pujante que está saliendo de sus problemas parece interminable.

A un escándalo ha seguido otro. A la insólita y unilateral decisión de desconocer su deuda con aquellos tenedores de bonos argentinos que no aceptaron las ruinosas condiciones de renegociación y que permitió de un plumazo borrar unos 25 mil millones de dólares del registro de la deuda gubernamental, (ver cálculos de la consultoría económica privada Espert, en la "newsletter" de junio de 2007), siguió la escasez de gas natural por una desastrosa política de precios reprimidos, más tarde el escándalo de la prohibición de exportar carne – con la ilusión de que ello frenaría el alza en los precios al consumidor- y después el escándalo de acusar a los profesionales del instituto de estadísticas económicas de conspirar contra el gobierno, por rehusarse a "dibujar" la inflación en lugar de registrarla, y el supuesto cambio de metodología – en realidad, la fabricación de índices inflacionarios bajo pedido- que ha hecho de las cifras oficiales de inflación en Argentina un mal chiste. (Por ejemplo, un reciente reporte de Credit Suisse anota que la inflación auténtica supera el 15% a despecho de que el índice oficialista la ubica abajo del 9% anual).

Y más escándalos que el gobierno de Kirchner ("somos un país serio", "no somos una republiqueta") ya no sabe como ocultar: la abultada suma de dinero en efectivo hallado en el baño del despacho de la ministra de Economía, Felisa Miceli, hoy renunciada, y que nadie en el gobierno ha sabido explicar y la cereza en el pastel: el maletín con casi 800 mil dólares en efectivo que un negociante venezolano simpatizante de Hugo Chávez trató de introducir a Argentina en un vuelo privado fletado por la petrolera estatal argentina Endarsa y que, se especula, tal vez eran para financiar la campaña a la presidencia de la esposa de Kirchner.


IV y Final. Una constante de los gobiernos argentinos, desde mediados del siglo pasado, ha sido la "viveza" para manipular la economía, generar un efímero bienestar colectivo y pasar la cuenta del desastre al siguiente gobierno.



Hoy varios de los observadores más sensatos en Argentina recuerdan por enésima vez la famosa sentencia de Lord Acton: "El poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente", tratando de explicar las causas de la descomposición moral que exhibe desde hace años la política en ese país.

El reciente episodio de la valija con casi 800 mil dólares en efectivo, procedentes de Venezuela, que subrepticiamente se pretendió introducir al país en un vuelo fletado por la empresa petrolera estatal, parece haber colmado el plato.

El gobierno reacciona indignado ante las críticas, como si el escrutinio de los asuntos públicos y de la conducta de los funcionarios fuese una grosera violación de la impunidad que – presumen- les otorgó la "democracia" en las urnas. Lo cual, a su vez, se explica porque el nuevo escándalo estalló en el momento menos oportuno para los intereses sucesorios de Kirchner, es decir: para la candidatura a la presidencia de su esposa; cuyo triunfo muchos ya dan por descontado.

¿Será que mientras el bolsillo de los habitantes, casi ciudadanos, no sufra mucho, éstos toleran, como parte de la idiosincrasia nacional, la corrupción y hasta eventualmente se complacen en ella?

Lo cual conecta con la raíz originaria de la corrupción, en la medida que la democracia argentina carece hoy de eficaces contrapesos – salvo en ocasiones el poder judicial - y el gobierno goza de una posición hegemónica que le permite hacer salvajadas económicas que disfracen la realidad y por un tiempo mantengan más o menos satisfecho el estómago de los electores.

El gobierno de Kirchner ha desconocido deudas, ha reprimido precios, ha manipulado el tipo de cambio (algo tan argentino como la milonga), ha aumentado escandalosamente el gasto, ha falsificado el índice de precios, ha prohibido exportaciones e importaciones según dicten las circunstancias políticas, ha establecido trámites y controles de forma sectaria – para beneficiar a unos y perjudicar a otros- como sólo puede hacerse en una democracia sin eficaces contrapesos de poder.

A ojos vistas el país pierde competitividad pero la "viveza" para manipular la economía permitirá postergar la hora de rendir cuentas. Esa es la apuesta de Néstor Kirchner y Cristina Fernández.

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jueves, 16 de agosto de 2007

Misterios de la (in)competencia en México

¿Qué tanta chamba le ahorra a la Comisión Federal de Competencia el artículo 28 de la Constitución? Un montón.

La Comisión Federal de Competencia (CFC) surgió en 1993 para “Proteger el proceso de competencia y libre concurrencia mediante la prevención y eliminación de prácticas monopólicas (sic, debería decir: monopolísticas) y demás restricciones al funcionamiento eficiente de los mercados, para contribuir al bienestar de la sociedad”.

En principio es mejor tener una comisión así, que no tenerla. El problema es tener una comisión que parte de unas restricciones constitucionales a la libre competencia – artículo 28- gigantescas. Si a esas restricciones constitucionales le sumamos las meta-constitucionales, que van desde las que impone la corrección política al uso hasta las que se derivan de los criterios personales de los comisionados – en términos de conveniencia de actuar o no en determinados casos-, pasando por un sistema judicial en el que el amparo es el instrumento más socorrido por las empresas en materia tributaria y de competencia, nos queda una CFC con un impacto muy disminuido en el bienestar de los consumidores.

Me parece muy bien que la CFC se preocupe y se ocupe de que ninguna empresa productora de refrescos le imponga restricciones a un estanquillo de abarrotes, pero me da una profunda tristeza que la CFC no tenga nada que decir acerca del monopolio de PEMEX o respecto de la nula competencia en el mercado de la energía eléctrica o en varias otras actividades “estratégicas y prioritarias” (para emplear la fórmula política venerable) para el bienestar de los consumidores.

La situación es más deprimente si uno lee el artículo 28 de la Constitución – ¿por qué forma parte del capítulo de las “garantías individuales”, cuando es más restrictivo de las libertades de los ciudadanos que garante de ellas? - y encuentra que, tras prohibir tajantemente los monopolios y prometer castigar “severamente” las prácticas que impidan la competencia (los dos primeros párrafos), enumera en los siguientes ¡diez párrafos! toda suerte de restricciones a la libre competencia: Desde los monopolios que sí se valen (la estratagema jurídica es decir que no se considerarán monopolios) hasta establecer una anchísima avenida para la intervención discrecional del Estado en los precios y en los mercados.

Toda prevención es poca: No vaya a ser que un día de estos nos vayamos a volver un país competitivo, ¡qué horror!

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miércoles, 8 de agosto de 2007

Electricidad: ¿Están locos en Europa?

Tres modelos: Libre competencia, monopolios privados regulados políticamente por el gobierno o monopolio gubernamental secuestrado por un sindicato. Berlín, Buenos Aires, ciudad de México.

En la Unión Europea la autoridad comunitaria presiona para que los precios – ojo: precios, no tarifas- que ofrecen las empresas a los usuarios de electricidad reflejen una auténtica competencia. Hay una guerra de precios y los consumidores con gran facilidad se cambian de proveedor según les convenga.

En Argentina el gobierno regula severamente las tarifas – no son precios- que cobran las empresas privadas a los consumidores, quienes sólo pueden “disfrutar” los servicios del monopolio privado que les tocó en suerte. Subsiste el mito de que la industria eléctrica es un “monopolio natural” y que la competencia es antieconómica. Dado que el gobierno no ha permitido la actualización de las tarifas (inflación reprimida por decreto), las empresas carecen de incentivos para mejorar el servicio. Algunas empresas “ya no quieren queso, sino salir de la ratonera”.

En México el consumidor padece, según donde viva, a un monopolio gubernamental malo y deficiente o a un monopolio gubernamental – de hecho secuestrado por un sindicato- pésimo. El segundo, Luz y Fuerza del Centro, es tan nefasto que hace lucir al primero, Comisión Federal de Electricidad, como si fuese un dechado de eficiencia y productividad; que no lo es. Las tarifas, jamás precios, son fijadas por el gobierno, son más altas que en otros países y aún así se requieren cuantiosos subsidios para mantenerlas a raya. El servicio es proverbialmente malo y si el consumidor corre con suerte recibirá un amplio catálogo de pretextos para justificar las frecuentes fallas: “Nos tienen asfixiados con el presupuesto” (pretexto sindical), “hemos mejorado mucho en la atención de quejas” (pretexto de la empresa).

Por eso es tan absurdo el espantajo de la privatización de la industria eléctrica que esgrime el Sindicato Mexicano de Electricistas para sus grillas estridentes, un día sí y otro también. Para empezar, ni quien quiera comprar ese monstruo cargado de pasivos laborales; monumento a la improductividad.

Mejor que las cosas se queden como están. Así le ahorramos chamba a la Comisión Federal de Competencia…

Y que ningún berlinés le venga a presumir que allá sí hay competencia. Usted sabe, esos europeos están locos; ya no saben qué inventar.

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miércoles, 1 de agosto de 2007

¿Por qué damos las gracias al comprar y vender?

Por supuesto que damos las gracias por elemental educación, pero también porque sinceramente – cuando estamos en un mercado libre con varios competidores- agradecemos un intercambio en el que hemos ganado.

La escena es cotidiana: Llega un cliente a una cafetería pide un café de tal o cual tamaño y con tales o cuales características, recibe su café, paga y da las gracias al dependiente, quien, a su vez, también da las gracias al cliente al recibir el dinero.

No sólo es cortesía, el cliente está satisfecho de deshacerse de una parte de su dinero a cambio de obtener un café, y el dependiente – o el dueño- del establecimiento también está agradecido de recibir dinero a cambio de deshacerse de una porción de sus existencias de café. Los dos, comprador y vendedor, agradecen porque perciben una ganancia en el intercambio.

Esta observación, que sólo es en apariencia trivial, la hizo hace algunas semanas uno de los autores del muy recomendable blog “Café Hayek” y desde entonces ha estado dando vueltas en mi cabeza confirmándome lo maravilloso que resulta el libre comercio como un juego cotidiano de ganar-ganar.

Los beneficios del comercio libre los disfrutamos todos, aun aquellos que juran que en este mundo sólo hay ejercicios y juegos de “suma cero”, en los que alguien sólo puede ganar a costa de hacer perder a otro. Psicológicamente, esa incapacidad para entender que hay diversidad de preferencias – mientras yo prefiero el café, el señor de la cafetería prefiere el dinero- y que eso es lo que permite intercambios provechosos, hace a ese tipo de personas amargadas y poco agradecidas.

Sería terrible que permitiésemos que un déspota benevolente decidiese quién debe ganar y quién debe perder en un intercambio. Pero eso – la intervención del déspota benevolente en nuestras vidas así sea en forma velada- es lo que sucede cuando nos enfrentamos a un monopolio o a un oligopolio o a un control de precios.

Por eso los mexicanos jamás recibiremos una cartita de fin de año de parte de PEMEX diciéndonos: “¡Gracias por su preferencia!”.

¿Gracias por mi preferencia?, ¿cuál preferencia, si no me han dejado elegir? No, en ese caso no hay nada qué agradecer y sí hay mucho que lamentar.

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