miércoles, 16 de septiembre de 2009

El déficit fiscal inhibe el crecimiento

Para muchos comentaristas la crisis económica mundial 2007-2009 (¿y contando para adelante?) ha roto el paradigma de la economía de libre mercado y ha reivindicado la intervención del Estado y de los gobiernos en la vida económica. Este es uno de los efectos más penosos de la crisis, desde el punto de vista intelectual, porque se diría que la crisis ha propagado la estulticia humana que, de suyo, desde antes de la crisis era mucho más abundante de lo deseable.

Una manifestación particularmente insidiosa de dicha estulticia - definición: necedad o tontería - es la creencia de que los déficit fiscales ayudan a estimular el crecimiento económico y la generación de empleos. No es así. Siendo benévolos podríamos conjeturar que esta creencia proviene de una confusión entre lo que son medidas extremas de emergencia para evitar un colapso del sistema financiero mundial (momento que sucedió hace exactamente un año, en septiembre de 2008, con la quiebra inesperada de Lehman Brothers y los rescates, incongruentes con el episodio de Lehman, de Fannie Mae, Freddie Mac y AIG, entre otras instituciones "demasiado grandes para dejarlas caer") con lo que es una política económica inteligente y "normal" para favorecer el crecimiento de la economía. Es una confusión tan lamentable como inferir que, dado que la amputación de una pierna le salvó la vida a una persona amenazada por la gangrena, las amputaciones de miembros deben hacerse a toda la población para mejorar la salud general.

Hay sólo tres formas de financiar el gasto de los gobiernos: 1. Impuestos, 2. Deuda colocada en los mercados, 3. Emisión de dinero. Confiemos en que nadie, a estas alturas de la historia humana, será tan estulto o tan ignorante como para pensar que la menos mala de esas tres opciones es la emisión de circulante. Quedémonos, pues, con las otras dos: Impuestos y deuda que sí paga intereses (la emisión de circulante podría entenderse como "deuda sin costo" -o sin pago de intereses para el emisor, que es el gobierno-, pero en buen castellano es sólo un robo: el Estado confisca arbitrariamente los bienes de los ciudadanos, dañando más a quienes sólo tienen su salario o su pensión como patrimonio, que suelen ser los más pobres).

Entre impuestos y deuda pública (mayor déficit fiscal), los primeros son menos malos que la segunda. Nótese que digo "menos malos" porque lo ideal es que el gasto del gobierno NO aumente. Estamos suponiendo, empero, que una profunda recesión hace indispensable ese mayor gasto, sea para "estimular" la economía, sea para atender necesidades impostergables; por ejemplo: una pobreza extrema que se agrava y que se ha decidido, por las razones que sean, atenuar o combatir con recursos públicos en un proceso de redistribución de riqueza (no entro a discutir ahora si esta idea de la redistribución es deseable moral y económicamente) o por necesidades ineludibles, como el pago de las pensiones que el Estado se obligó a pagar de forma contractual a trabajadores jubilados. En ese escenario los impuestos, como medio de financiamiento público, son una opción mejor (o mucho menos mala) que el incremento de la deuda.

¿Por qué? 1. Porque las deudas públicas contratadas hoy serán los impuestos que nos impondrán mañana...o que se les impondrán a las futuras generaciones (en el caso, improbable, de que dicha deuda pueda contratarse a un plazo suficientemente largo que posponga su servicio, pago de intereses, y su amortización por muchísimos años), lo que supone hipotecar un futuro que no nos pertenece, 2. Porque la contratación de una deuda debe prever la generación de recursos para darle servicio; no es lo mismo endeudarse para construir una carretera de peaje, que previsiblemente producirá los ingresos para pagar la deuda, que endeudarse para pagar pensiones o para dar subsidios a la población en extrema pobreza, y 3. Porque la deuda pública, especialmente en un periodo de restricción real del financiamiento privado como el que estamos viviendo (es decir: de escasez severa de fondos disponibles para el financiamiento de las actividades productivas) desplaza esos recursos escasos de la sociedad hacia el gobierno. Es decir: La deuda pública le quita, desde su contratación o su emisión, recursos disponibles a la sociedad. Lo cual demuestra, por cierto, que es ilusorio - una ilusión a la que sucumbe la generalidad de las personas- pensar que la deuda no nos cuesta hoy. No, también nos cuesta hoy.

Pongamos un ejemplo simple: Hay una oferta de 100 millones de dólares disponibles (producto del ahorro privado) en el mercado de financiamiento, pero hay una demanda de financiamiento en el sector privado de 500 millones de dólares. Obviamente, la tasa de interés tenderá a subir o, en todo caso, el acceso al financiamiento será muy difícil (en términos de probabilidad, sin atender a otras variables, podríamos decir que nuestra probabilidad de lograr un crédito es de uno sobre cinco o de sólo 20 por ciento). Ahora, supongamos que el gobierno acude también al mercado de financiamiento y demanda 50 de los 100 millones de dólares disponibles en el mercado de financiamiento. Dado que la "calidad crediticia" de un gobierno suele ser más alta que la de un agente privado, por la presunción de que los gobiernos no quiebran (presunción sustentada en que los gobiernos son los emisores de la moneda con la que se solventan las deudas), es previsible que el gobierno logrará satisfacer su demanda lo que: 1. Reduce la oferta de crédito disponible para quienes NO son el gobierno a sólo 50 millones de dólares frente a una demanda de 500 millones, y 2. Eleva la tasa de interés para todos. Volviendo a nuestra ilustración en términos de probabilidad (haciendo a un lado todas las otras variables que pueden influir en la probabilidad de recibir o no un crédito) las probabilidades de tener acceso a un crédito han bajado a una entre diez, es decir al diez por ciento.

Si alguien sostiene que la deuda pública NO inhibe las probabilidades de crecimiento de la economía ese alguien sufre una intoxicación intelectual (conocida como keynesianismo ramplón) que le impide reconocer la realidad. ¿Es o no, pues, una manifestación de estulticia, proclamar que México, a imitación de otras naciones, debe "estimular" la economía contratando más deuda pública?

El déficit fiscal inhibe el crecimiento. Ya lo veremos en Estados Unidos, en la Gran Bretaña y en España. Y no tendremos que esperar mucho.

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jueves, 16 de julio de 2009

¿Estará asesorando Roubini a los presupuestívoros del PRI?

Roguemos que no. Lean lo que la nueva - y efímera - estrella del firmamento de los economistas favoritos de los medios propone para Estados Unidos. ¡Brrr!

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domingo, 10 de mayo de 2009

Déficit fiscal: ¿Listos para la “cruda”?

Durante los próximos años el principal problema de la economía de Estados Unidos y de la mayoría de las economías europeas NO será la recesión, sino el déficit fiscal.

Tomemos el caso del Reino Unido. Hace unos días Martin Wolf, columnista de Financial Times, citaba algunas estimaciones de la Comisión Europea que son para estremecerse: El año próximo, 2010, el gasto gubernamental en el Reino Unido será equivalente al 52.4 por ciento de su Producto Interno Bruto, mientras que los ingresos fiscales serán de sólo 38.7 por ciento del PIB. La conclusión es obvia: Un déficit fiscal gigantesco. Incluso si se ajusta cíclicamente el déficit fiscal será como de irresponsable “país bananero”: 12.2 por ciento del PIB.

Otros países europeos, como España, tendrán a la vuelta de la esquina descomunales déficit fiscales, lo que, junto a las elevadísimas cifras por desempleo (y contando), mostrará el estrepitoso fracaso del gobierno “socialista”. El problema, en España, es que no está claro que al actual Partido Popular, que es la única alternativa viable al PSOE, le funcione la brújula.

Algunas notas para la agenda:

1. Ningún déficit fiscal es inocuo. Invariablemente provocan inflación, mala asignación de recursos y pobreza.

2. Dada la mecánica que siguen las decisiones públicas en las democracias, y dada la desconexión en el discurso político entre los déficit y sus consecuencias, los déficit tienden a crecer y retroalimentarse. En menos de 18 meses el gobierno de George W. Bush y el Congreso (republicanos y demócratas, a la par) esfumaron el superávit y lo transformasen en un déficit fiscal que hoy es incontenible.

3. No hay soluciones mágicas: O aumentas impuestos o recortas gastos; probablemente ambas. Los déficit fiscales que hoy se enfrentan provienen sobre todo de un gasto descontrolado.

4. Las clientelas del gasto tendrán que sufrir los recortes y el doloroso reacomodo político. El problema político-social no es menor, dado que los propios programas de gasto “temporal y extraordinario” crean clientelas permanentes; así sucederá en Estados Unidos con el “paquete” de estímulos fiscales.

5. ¿Se acuerdan de “la dama de hierro”, Margaret Thatcher? Pues deberían acordarse, porque la previsión de Wolf es que el siguiente Primer Ministro de la Gran Bretaña tendrá que ser aún más duro y draconiano que Thatcher…

6. Conclusión: Las borracheras keynesianas pasan rápido, lo que dura años, y es inolvidable, es la cruda para remediarlas.

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lunes, 4 de mayo de 2009

Obsesión por el empleo, relectura de Keynes (II y final)

Se dice que en 1927, con la formulación del principio de incertidumbre por Werner Heisenberg, la ciencia tomó un rumbo insospechado, que la alejó del determinismo mecanicista y del positivismo. No basta con que contemos con un modelo racionalmente coherente para afirmar que hemos aprehendido la realidad. Por el contrario, el mismo afán del científico racionalista puede alejarlo del conocimiento de la verdad, al encorsetarlo en esquemas de los cuales la realidad se escapa. Es preciso la constante confrontación de las teorías con los datos que arroja la experiencia, aun cuando ello nos confine a la incertidumbre.

J. M. Keynes -en su teoría general del empleo, el interés y el dinero – pretende formular una “teoría del empleo” sustentada en un recurso argumentativo (los supuestos) que ha dado motivo a un cáustico chiste acerca de los economistas que dice así:
“Un economista naufraga en una isla desierta y cuenta, entre lo que se ha salvado del naufragio, con varias latas de alimentos en conserva, ¿cómo resuelve el problema de abrir las latas para poder comer? Muy sencillo: el economista postula: ‘supongamos que tenemos un abrelatas’”.


Keynes “supone” la existencia de sucesivos “abrelatas” para que su teoría camine. El “supuesto” básico de Keynes es el de una “ley psicológica fundamental” que “explica” la propensión marginal a consumir (es decir que ante un aumento del ingreso, el consumo crece, pero menos que lo que ha crecido el ingreso), lo que a su vez “explica” a juicio de Keynes porqué antes de que se alcance el “máximo volumen de empleo” los empresarios dejan de invertir, lo que a su vez se traduce en que la demanda agregada siempre será insuficiente a menos que, ¡y aquí es a donde Keynes quería llegar!, el gobierno la estimule mediante intervenciones fiscales (gasto) o monetarias (descenso deliberado de la tasa de interés).

En realidad Keynes no explica – en el sentido de revelar la realidad – nada. Ha elaborado un itinerario de “supuestos” para llegar a su meta prefijada: el Estado debe intervenir en la economía para garantizar el pleno empleo. La “ley psicológica fundamental” ni es ley, ni es psicológica, ni tiene fundamentos en la realidad.

Eso sí, la teoría keynesiana resultó una de las mayores delicias para los políticos que nos siguen vendiendo el “pleno empleo” como el nuevo paraíso terrenal.

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jueves, 2 de abril de 2009

Hablando de “voracidad” en el G-20

Barack Obama dice cosas muy chistosas para ser Presidente de los Estados Unidos.

Habla, con frecuencia, como si fuese un predicador puritano que fustiga los dispendios, los excesos y las desmesuras; lo cual podría estar muy bien si Obama no fuese la cabeza de un gobierno que se ha embarcado en el que podría ser el mayor despilfarro fiscal de la historia de la humanidad.

La víspera de la reunión económica global (G-20), en Londres, Obama lanzó una advertencia que, con toda razón, The Washington Post calificó de “inusual”. Cito el párrafo original escrito por Anthony Faiola tal como lo recibí del servicio digital de noticias del Post:

“LONDON, April 1.-On the eve of a global economic summit here, President Obama delivered an unusual warning Wednesday for an American leader: The “voracious” U.S. economy can no longer be the sole engine of global growth”.

Escuchar al Presidente de los Estados Unidos calificar de voraz a la economía de su país debe haber sido como miel para los oídos de algunos de mis viejos profesores jesuitas, quienes parecían más aficionados a leer a Antonio Gramsci que a Tomás de Aquino.

El adjetivo “voraz” tanto en inglés como en español connota una condena moral a la glotonería, a la rapacidad, a la desmesura, a la incontinencia. Así pues mister Obama condena el apetito insaciable de sus compatriotas.

Todo lo cual es bastante discordante con el keynesianismo en boga en el propio gobierno de Obama – que cifra sus esperanzas de recuperación precisamente en estimular la demanda con pantagruélicas cantidades de dinero público-, pero además suena, dirigido al resto del mundo, como un feo regaño a europeos y chinos, entre otros, porque están esperando que el febril consumismo estadounidense los saque del aprieto, mientras que ellos (ojo, Unión Europea) no le dan rienda con la misma alegría que en Obama Country al gasto público y al déficit concomitante. (¿O no tendrán cómo hacerlo?).

Tal vez esa última fuese la intención del discurso de Obama, pero ¡vaya que lastimó a todos sus compatriotas! utilizando un adjetivo impertinente (voraz) para describir el consumo de un pueblo que sí, gasta y se endeuda, a veces mucho, en los tiempos bonancibles, pero que tiene la virtud encomiable de ajustarse de inmediato a la frugalidad y al ahorro en los malos tiempos, como hoy sucede.


Voraz, lo que se llama voraz e insaciable es el apetito de los políticos (incluido Obama) para disponer de los recursos de los contribuyentes.

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miércoles, 4 de febrero de 2009

Los mitos de FDR y el "New Deal"

Encontré un ejemplar, en una venta de libros usados, del segundo tomo de la obra "La era de Roosevelt" del historiador estadounidense Arthur M. Schlesinger junior, que trata de "La llegada del Nuevo Trato" (The coming of the New Deal 1933-1935), a un precio de ganga. Lo empecé a leer con la sincera intención de convertirme en un admirador de Franklin Delano Roosevelt (FDR) y del famoso New Deal que la sabiduría dizque progresista suele tipificar como el arquetipo del buen gobierno que derrotó a la Gran Depresión.

Schlesinger no oculta su admiración por Roosevelt. Finaliza la obra (página 563) con este panegírico: "Vivió, de acuerdo con su exultación, en los horizontes lejanos y en los mares desconocidos. Fue esto lo que le mereció la confianza y la lealtad en una época atemorizada (…) esto y la convicción de la gente sencilla de que les había dado su mente y su corazón y que no cesaría de luchar por su causa".


Sin embargo, lo que antes ha reseñado Schlesinger a lo largo de la obra, no se conduele con la imagen heroica de un gobernante ejemplar, sino con la de un amasijo de contradicciones, voluntarismo político, arrogantes experimentos intervencionistas, demagogia, impericia técnica, transacciones políticas inconfesadas con los poderosos…Lo que salvaría al personaje es que invariablemente dijo estar a favor de la "gente sencilla" y en contra de la odiosa "derecha". Esto es: el mito del "pueblo bueno" al que invariablemente recurren los populistas.

Si Barack Obama pretende resucitar en los albores del siglo XXI los mitos de FDR y del "New Deal" ha empezado con el pie derecho (o con el izquierdo, para aquellos que llevan la ideología hasta los píes), pero eso significa, también, que no hay que abrigar esperanzas de que Estados Unidos supere con rapidez esta crisis. Intervencionismo gubernamental a granel, rescates y socorros multimillonarios, mucha retórica y sofismas (basta seguir hoy los alegatos falsamente académicos de keynesianos redivivos contra neoclásicos en los diarios y en las bitácoras de la red), proteccionismo comercial aderezado de xenofobia y de solidaridad con la "gente sencilla" que perdió su empleo, nos dirán, por culpa de la codicia de Wall Street, del libre comercio y de la invasión de indocumentados de pelo oscuro y grasoso que hablan español. Prepárense.

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lunes, 2 de febrero de 2009

La estupidez proteccionista

"If we buy american, no one else will". Esa es la demoledora afirmación que encabeza la colaboración del profesor Douglas A. Irwin en The New York Times del sábado pasado. Traducción libre: "Si seguimos el mandato de 'compra sólo productos manufacturados en Estados Unidos', nadie más en el mundo los comprará".

La advertencia del profesor Irwin, quien es autor del libro "Free trade under fire" (El libre comercio en peligro) y profesor de economía en Dartmouth, no sólo es pertinente sino de suma urgencia, dado que la mayoría demócrata en la cámara de representantes de Estados Unidos ha logrado introducir, en el paquete multimillonario de estímulos fiscales aprobado la semana pasada, la provisión "buy american" en el gasto público destinado a reanimar la alicaída economía de los Estados Unidos. Es un error gigantesco que tendrá nefastas consecuencias no sólo para los contribuyentes de ese país, sino para la economía mundial. Además es un error que manifiesta una pasmosa ignorancia de los legisladores demócratas acerca de la experiencia histórica.

Cualquier estudiante de economía más o menos aplicado sabe que la oleada proteccionista con la que Estados Unidos intentó hacer frente a la depresión de los años 30 – simbolizada en el acta Smoot-Hawley de 1930 que elevó los aranceles a las importaciones a niveles prohibitivos – profundizó la depresión económica, redujo la riqueza mundial y generó, en respuesta, invencibles obstáculos fuera de Estados Unidos a las exportaciones e inversiones de ese país.

El principal efecto de cualquier iniciativa proteccionista es la reducción de la riqueza global; nos empobrece a todos, empezando por quienes aplican las iniciativas proteccionistas. ¿Por qué, entonces, los legisladores demócratas insisten?

1. Porque no sólo son ignorantes sino arrogantes,
2. Porque quieren complacer a los cabilderos de la industria siderúrgica estadounidense (exactamente la misma tontería en que incurrió el gobierno de George W Bush), y
3. Porque tienen una noción idealizada y falsa del "New Deal" de Franklin D. Roosevelt, que en realidad fue un amasijo desastroso de intervencionismo gubernamental y colectivismo y quieren repetir la experiencia, confiados en que algún falsificador de historias los inmortalizará como héroes populares, tal como se hizo con F.D.R.

En contraste, empresas como General Electric y Caterpillar se oponen al estúpido "buy american" porque saben que sólo les cerrará las puertas en países como China y la India que tienen ambiciosos planes de inversión pública.

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lunes, 15 de diciembre de 2008

Recortar impuestos para crecer más

No gasten más; quítenle menos a los que gastan mejor
La típica creencia keynesiana señala que para estimular la demanda agregada es más eficaz incrementar el gasto público, por ejemplo en infraestructura, que recortar impuestos.
Por su parte, la inevitable propensión de los políticos a gastar más dinero del público refuerza poderosamente esta creencia. Pero sólo es eso: Una creencia en cuyo auxilio no puede aportase ninguna evidencia empírica contundente.
Por elemental honestidad intelectual sería deseable que los políticos y quienes diseñan las políticas públicas examinasen con más rigor crítico esta creencia keynesiana.
Esto es lo que propone el economista Greg Mankiw de la Universidad de Harvard a Barack Obama y a sus asesores en materia de economía y políticas públicas para hacer frente a la crisis, y eso es lo que propongo yo al gobierno mexicano y a nuestros legisladores: Armarse de humildad y examinar los resultados empíricos para decidir con honestidad cuál de las dos políticas públicas – incrementar el gasto público o reducir impuestos- tiene mayor efecto multiplicador en materia de inversión y crecimiento.
En su popular bitácora en la Internet, Mankiw menciona los resultados de diferentes investigaciones acerca del asunto. En contra de la creencia keynesiana, mientras que el multiplicador del gasto público es de uno (un dólar de gasto público en infraestructura genera un dólar de avance del PIB, según Susan Woodward y Robert Hall) el multiplicador de un recorte de impuestos es de tres a uno (tres dólares de avance en el PIB por cada dólar de recorte de impuestos, según una investigación de Christina D. Romer y David H. Romer de la Universidad de Berkeley en California).
Digan lo que digan los keynesianos este hallazgo tiene toda la lógica del mundo, ya que siempre asignamos con mayor eficiencia nuestro dinero que el dinero ajeno (que es lo que hacen los gobiernos: gastarse el dinero de otros). Y es aún más lógico, si el gasto público es deficitario ya que en tal caso el gasto está inhibiendo activamente la inversión privada. Piénsenlo sin trampas.

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lunes, 8 de diciembre de 2008

¿Rescate o fuga?

La receta populista: Volver a inflar las burbujas.
Aquí nadie debe sufrir. Rescatar a las tres grandes productoras de automóviles de Estados Unidos, algo que apoya sin titubeos Barack Obama, describe claramente que más que resolver la crisis global, atendiendo a sus causas, lo que se busca es una espectacular fuga hacia delante, desempolvando todo el arsenal de falsos remedios keynesianos, para que nadie sufra los efectos del ajuste…por ahora.
El razonamiento keynesiano es tan simplista como popular: Hay que gastar a toda costa para que la máquina no se detenga. Es la “idea fatal” que desenmascaró Friedrich A. Hayek. “Idea fatal” que dice: El desempleo se debe a una insuficiencia de la demanda global respecto del total de salarios necesarios para el pleno empleo.
¿Por qué es una “idea fatal”? Porque de ahí se deriva que lo importante no es asignar eficientemente los recursos escasos, sino fingir que la escasez no existe.
La verdadera causa del desempleo es la mala asignación de los recursos. Si los fabricantes de automóviles no pueden conseguir compradores para sus autos ineficientes y caros, la lógica indica que deberían fabricar autos competitivos o retirarse del negocio, pero eso es doloroso e impolítico, porque implica reconocer que los recursos – por ejemplo, el factor trabajo- se asignaron mal y hacer tal reconocimiento generará desempleo. ¡Horror! Hay que evitar tales cosas porque son veneno para la política. ¿Qué hacer? Estimular la demanda, para que la gente compre lo que no necesita o para que la gente vea como “barato” lo que en realidad es “caro”. Inflar la demanda, a la vez, supone devaluar el medio de cambio: el dinero.
¿Habrá que perder toda esperanza? Tal parece. Obama reclutó un estupendo equipo de economistas a quienes ahora exigirá que hagan las cosas mal. La política manda. Este keynesianismo reeditado les ofrece a los políticos la gran oportunidad de ofrecer curas milagrosas, baratas e indoloras: “Hermanos, ¡ya paren de sufrir!”.

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martes, 11 de noviembre de 2008

Gasto público, desempleo e inflación

En una crisis como la que hoy padecemos, ¿un incremento en el gasto público deficitario es eficaz para disminuir el desempleo? No. Por el contrario, un mayor gasto público generará una más deficiente asignación de recursos y, a la postre, mayor inestabilidad y mayor desempleo.

Nadie duda que estamos ante una situación económica global extraordinaria que exige soluciones de emergencia. La pregunta es si estamos diagnosticando bien la crisis y específicamente si estamos ante una caída brutal de la demanda agregada que justifique políticas fiscales y monetarias expansionistas como las que se están impulsando. Temo que la respuesta es no.

Se supone que ante una caída brutal de la demanda agregada ya estaríamos viendo en diversos bienes y servicios una auténtica deflación, una caída de precios. Hemos visto en las semanas recientes una fuerte caída de precios –en dólares y en los mercados internacionales- para el caso de los "commodities", como el petróleo, el cobre, el maíz. Burbujas que se desinflan. Pero no vemos una caída concomitante en el nivel general de precios al consumidor, esto es: en la inflación.

Por el contrario, y me refiero específicamente a México, la inflación anual al término de octubre de 2008 fue de 5.78%, esto es ¡más de dos puntos porcentuales por encima de la inflación anual registrada un año antes, que fue de 3.74 por ciento! En 24 meses – de octubre de 2006 a octubre de 2008- el nivel general de precios al consumidor en México creció ¡9.74 por ciento! ¿Esto anticipa alguna próxima deflación? No lo parece.

Desde luego, el mes de octubre pasado fue, para la economía global, un mes terrible y en el caso de México se verificó una devaluación acelerada del tipo de cambio, lo que hizo que varios precios finales al productor, medidos en pesos, registrasen brutales alzas mensuales en octubre, por ejemplo: 8.19% en productos metálicos, maquinaria y equipo (autos y computadoras, entre otros); 6.86% en electricidad y gas; 6.53% en otras industrias manufactureras o 6.02% en papel y sus productos, imprentas y editoriales.

En este entorno inflacionario, priorizar el estímulo a la demanda – con la peregrina esperanza de incrementar el empleo- mediante gasto público deficitario es jugar con fuego e invocar ese monstruo que se ha bautizado en inglés como stagflation (estanflación, en español), el peor de los escenarios: inflación al alza con desempleo al alza.

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jueves, 16 de octubre de 2008

¿Debe el gobierno reactivar el crédito a los corporativos?

Ahora que todos (o casi todos) volvimos a ser keynesianos y partidarios del “new-new-deal” varios corporativos mexicanos exigen que el gobierno haga “algo” para quitar obstrucciones en las tuberías del crédito. Sin embargo, ésa puede ser muy mala idea.

Desde hace semanas me atreví a calificar como “los años de la sequía” los que se iniciarán a partir de esta crisis financiera global. No era una figura retórica. La sequía ya la están sintiendo muchas empresas mexicanas a despecho de lo que digan las tasas de interés nominales, tal como lo reportarà mañana viernes El Economista en su nota principal.
La sequía que resienten quienes no pueden hoy colocar papel de deuda o no han podido hacerlo con las facilidades y los bajos costos del pasado – así como los fondos y los inversionistas institucionales que tampoco han podido fondearse con la misma soltura en el mercado secundario del papel comercial y de otros valores de deuda privados- es el aviso de que los tiempos del dinero fácil han terminado, aun cuando los bancos centrales parezcan vomitar todos los días inyecciones de liquidez.
Veamos las dos caras de la moneda: Quien quiere crédito de corto plazo está enojado porque los bancos de depósito han cerrado la llave y se resisten a tomar papel privado o a colocarlo con la misma facilidad con que lo hacían antes. Razonan que esto puede generar más miedo y hasta corridas cambiarias que no se podrán neutralizar a través de subastas de dólares.
Pero del otro lado de la mesa también tienen sus razones: 1. Los bancos de depósito deben ser cautelosos; en el pasado se les reprochó la soltura con que soltaron crédito, ¿por qué ahora se les reprocha actuar como prestatarios cautelosos?, 2. Los bancos de depósito, a diferencia de otras instituciones financieras, tienen que cuidar el dinero de sus depositantes, cumplir regulaciones más rigurosas (capital contra activos en riesgo) y volverse mucho más desconfiados a la vista de las malas experiencias.
El peligro es que ahora, cuando los gobiernos se han convertido al keynesianismo más rancio, alguien quiera añadir a las tareas del gobierno la de facilitar el crédito a los corporativos para que nadie sufra y nadie tenga que apretarse el cinturón.
La astringencia crediticia está dictada por el mercado. No le corrijamos la plana. Esas correcciones, ya deberíamos saberlo, siempre terminan mal.

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